Estar sin estar
Columna
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Montse, la estrella que ilumina su eternidad

Se pasó de nube en nube la noticia de que Montse Pecanins se acababa de ir de este mundo y nadie que la haya conocido podría creerlo

Una ilustración de Jorge F. Hernández.
Una ilustración de Jorge F. Hernández.

De madrugada en las ramblas, un ligero viento helado quiso secar restos de rocío sobre las flores; eran lágrimas y no hay nada que hacer. Minutos después, más de un poeta y artista plástico sintió –ya en el sueño o en la cena—la ligera sacudida trasatlántica: se pasó de nube en nube la noticia de que Montse Pecanins se acababa de ir de este mundo y nadie que la haya conocido podría creerlo… hasta que se confirmó científicamente que el milenario movimiento de rotación de esta Tierra sobre su propio eje tuvo un casi imperceptible parón en seco. La Tierra gira hoy con unas milésimas de segundos menos que ayer a la misma hora –Believe it or Not!—por el triste y doloroso luto que le profesamos a quien en realidad, ya se queda para siempre.

Hermana de hierro, madre como pilar o ciprés, abuela modelo, amiga entrañable y compañera de vida… estas líneas lloran para abrazar a Brian y a las hijas, las sobrinas y sobrinos, los nietos y todos y cada uno de los amigos –vivos y muertos—que giran hoy mismo en una dimensión desconocida, rodeados de pequeñísimas lucecitas, rodeados de bataclanas en pendejuelas, lentejuelas en colores chillantes donde cada una de las vedettes llora lágrimas negras de maquillaje, aunque de fondo se escuche el piano feliz de un niño-genio, volando desde Holanda, para celebrar la hermosa vida de Montse Pecanins… La mayor de Las Pecas, ya reunida finalmente con su hija Beba y sus hermanas gemelas, y tantos fantasmas adorables con quien mantuvo siempre la taquicardia contagiosa del Amor con mayúsculas.

La cultura hispanoamericana debe a las hermanas Pecanins la dualidad increíble de las galerías de arte que hicieron navegar en la Ciudad de México y en Barcelona (siendo la primera galería puramente mexica en pleno Barrio Gótico) y es por ellas que se multiplicaron tertulias y festejos, insomnios y delirios, un maravilloso jardín psicodélico y en minifaldas, con el fleco sobre los párpados, donde bailan Carlos Fuentes y Luis Buñuel, Joan Miró y Gabriel García Márquez… Todo el arte grande catalán allende su estelada en plena Zona Rosa de un México que no merecía amanecer en Tlatelolco… y luego, renacer por la energía y vitalidad, el valor y el desparpajo y eso que llamamos amor al arte con el que Montse Pecanins y sus Pecas fertilizaron, acompasaron y acompañaron el arte grande de Manuel Felguerez o Joy Laville… y allí está Montse haciendo reír a Jorge Ibargüegoitia y haciendo pensar a Octavio Paz o a Ramón Xirau y a todos, absolutamente todos los que la evocaremos siempre con emocionada gratitud.

La veo al filo de una paella de arroz tostado y sobre las manos con las que parece moldear un pedazo de migajón. La escucho en todos los albures de México que adoptó en su alma, los retruécanos y greguerías como pequeños pasitos que daba casi en silencio para ir y venir de la cocina a los libros, de la conversación al filo del piano, de un lado del mundo al otro. Siempre tendiendo puentes de conversación y siempre hilando afectos que se han multiplicado por obra y gracia de su hermosa voz ronca y sutil o por esa magia verbal con la que catalanizaba la palabra Popocatépetl e insistía en la ilógica necedad del inglés, desde que supo que techo se dice roof… “¿Dime, tú: qué tiene de ruf un techo?”.

Férrea sin ser agresiva, puntual y contundente, Montse es una encarnación de la ternura y una forma palpable de la gracia que simplemente se ha evaporado ahora en poemas y pinturas. Pienso en unas formas de azul añil, disformes como alas de mariposa, con las que quizá un artista inglés logró captar la energía de esta luminosa mujer. Pienso en los retazos de hilos de seda y cajones repletos de botones y botoncitos con los que un sastre invisible intenta vestir a la hermosa muñeca intemporal, la del pelo más negro que la noche de los tiempos, la del fleco como telón de la sonrisa… la dama de la carcajada y el apoyo incondicional a los demás, la que tendía la mano suave y era capaz de hacerme llorar con un breve saludo por teléfono al otro lado del mar.

Montse se llamará la estrella que ahora ilumina su eternidad, donde podrá reírse ya para siempre de todas las pendejadas que señaló con el dedo y de todas las ocurrencias que pueblan su biografía. Montse, la estrella luminosa que se ganó el firmamento entero, habiendo soportado con una entereza indescriptible los peores dolores y ausencias a su alrededor, los vacíos de silencio que ella llenó con solo respirar las ideas con las que pintores, escultores, escritores y poetas quedaban insuflados del ánimo, ese aliento contagioso de su energía incombustible… esas ganas de moverlo todo y movernos a todos, sacudir todas las artes y eso que llaman cultura, irónicamente en los leves instantes en que se detuvo el giro del mundo, para despedirla con un beso.

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