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El voto bumerán

Las enormes pifias de Morena y, sobre todo, la obsesión autoritaria por satanizar y criminalizar a sus críticos elevará a las nubes el costo de lo que se les pide votar a sus simpatizantes

Una protesta feminista contra Salgado Macedonio, en febrero.
Una protesta feminista contra Salgado Macedonio, en febrero.Eduardo Verdugo / AP

Votar en México es como jugarse una partidita de ruleta rusa. Igual de sensato. La probabilidad de que nuestro sufragio se nos revierta, en forma de decisiones erradas y acciones vergonzosas de los políticos en favor de los que cruzamos la boleta, es enorme.

Esto, que en realidad es una tragedia que desvirtúa el sentido de la democracia, sucede por un motivo muy simple: nuestra clase política podrá desgañitarse jurando que tal partido o candidato “son diferentes” y “representan el cambio”, pero en el fondo se trata de la misma gente que da vueltas en círculos, de bancada en bancada, de gabinete en gabinete, y que, por medio de redes de familia, amistad y negocios, se las arregla para mantenerse en el juego (una maquinaria que funciona desde hace decenios y convierte a cada nuevo militante en un recluta acrítico, ladino y lambiscón en tiempo récord). No son “chapulines” a ciegas: saltan de un grupo de poder a otro para alcanzar a sus parientes, cuates y socios según convenga a sus intereses.

La ideología de los políticos nacionales se limita, pues, al pragmatismo y el oportunismo: son críticos implacables de los dichos, las iniciativas y los resultados de aquellos que ostentan los cargos que ambicionan, y persisten hasta que sucede algo más grave de lo habitual, la gente se encabrita y vota para desalojar al gobierno de la silla. Pero una vez instalados en el poder, se resignan a hacer lo que les pegue la gana, justo como sus antecesores. Total: el voto popular los respaldó para eso, ¿no?

Vaya democracia hemos construido: creemos castigar en las urnas a los políticos que cometen salvajadas, se corrompen o son simplemente ineptos, pero al final los afectados por ese “voto de castigo” que ha dominado los procesos electorales de este siglo somos los propios electores. Creemos que el voto es la piedra con que vamos a replicarle al poder y al lanzarla se nos convierte en un bumerán que vuelve y se nos estampa en mitad de la cabeza.

El que votó por Calderón en 2006 (y recordemos que él se vendía como “el hijo desobediente” del PAN, el que iba a hacer todo aquello que el foxismo no se atrevió…) validó, queriéndolo o no, la “guerra contra las drogas” y la política de seguridad que nos ensangrentó la vida diaria. Del mismo modo, quien le dio su voto a Peña Nieto en 2012 (y cuánta tinta corrió para justificar aquel “cambio”) puso en la silla al gobierno de “La estafa maestra”, Ayotzinapa, los multimillonarios escándalos en la concesión de obra pública, la Casa Blanca, etcétera.

Esa acumulación de dislates y vergüenzas dio forma a la apabullante victoria de López Obrador en 2018. Entonces, millones de personas votaron por aquellos que decían “no ser los mismos” y “representar el cambio”. Y ya les están pagando con la amarga moneda habitual: votar por Morena dio pie a la pésima gestión de la pandemia (llevamos casi 200.000 muertos, las vacunas no están llegando al ritmo necesario y el responsable del tema ya van dos veces que se contagia, pero sigue paseándose sin cubrebocas, como si nada), a una torpeza política y económica injustificable, a la satanización del disenso. Y, por si fuera poco, también al decidido apoyo oficial a la candidatura en Guerrero de Félix Salgado Macedonio, acusado de abusos sexuales.

Dada la dimensión de su victoria en 2018 y su base “dura” de seguidores, lo lógico es esperar que Morena gane las elecciones del próximo 6 de junio. Pero sus enormes pifias y, sobre todo, la obsesión autoritaria por satanizar y criminalizar a sus críticos (sean estos el feminismo, la prensa, la academia, etcétera) elevará a las nubes el costo de lo que se les pide votar a sus simpatizantes. Porque, lo quieran o no, apoyarlos será darle un espaldarazo a las turbiedades respectivas de Félix Salgado Macedonio, Manuel Bartlett o Hugo López-Gatell. ¿Están dispuestos a pagar ese precio?

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