Morena: la criatura de mil cabezas se adapta a los tiempos de Sheinbaum
El partido mayoritario de México afronta un nuevo momento con el cambio en la dirigencia impulsado por la presidencia tras el fracaso de la dupla Alcalde-López Beltran. Con el horizonte en las elecciones de 2027, la formación guinda busca superar los conflictos internos y la pérdida de mística tras la marcha de López Obrador

Luisa María Alcalde saca su celular y abre WhatsApp para mostrarle algo a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. La escena ocurre en Palacio Nacional, en una reunión a finales del año pasado. La mandataria le ha preguntado a la máxima dirigente de Morena cómo va su relación con Andrés Manuel López Beltrán, secretario de Organización del partido e hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador. A Sheinbaum le había llegado que los dos dirigentes se llevaban mal, pese a que expresamente les había pedido estar en armonía y trabajar juntos para “ser invencibles”. Alcalde no responde de inmediato a la pregunta. Necesita un soporte elocuente. En su celular busca el chat que tiene con López Beltrán y, poniendo el aparato ante la mirada de la presidenta, recorre con el dedo una secuencia de mensajes suyos sin respuesta. “Mire”, le dice a la mandataria. El secretario de Organización, el segundo cargo más importante del partido, no le contesta a su dirigente. Simple y llano. Sheinbaum aparta la vista del teléfono y hace con la cabeza un gesto de reprobación. La presidenta decide, aparentemente, mantenerse al margen del pleito, hasta que advierte que el partido llega a un punto vulnerable de cara a la elección intermedia de 2027. Es hasta este mes de abril cuando Sheinbaum aparca la posición de neutralidad que había mantenido respecto de Morena y, en un nuevo golpe de autoridad, hace un recambio en la cúpula para poner orden: acota a los actuales dirigentes y aúpa a dos de sus más cercanas colaboradoras, Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, a posiciones estratégicas para blindar el reparto de candidaturas y las alianzas.
La escena del WhatsApp surge de múltiples conversaciones durante meses, con más de una docena de fuentes, con las que EL PAÍS reconstruye el momento que atraviesa Morena, una criatura de mil cabezas, nacida a imagen y semejanza de su fundador y que ahora se adapta a la de la presidenta de México. Son esas mismas fuentes quienes apuntan a que la ruptura en la dirigencia partidista, hoy de salida, viene del verano de 2025, a raíz del escándalo por el costoso viaje de vacaciones de López Beltrán a Japón. Fotografías de él en tiendas y en restaurantes lujosos, e incluso facturas de sus gastos, se filtraron a los medios. Él, en un intento por justificarse, lanzó un comunicado en el que defendió su derecho al descanso, y, en un impulso de franqueza, reveló el costo real de su estancia en el hotel: 7.500 pesos por noche. Dentro y fuera de Morena se cuestionó que el hijo de López Obrador, distinguido por su sencillez y su discurso de lucha por los pobres, despilfarrase el dinero. “No puede ser que lo que gastes en una noche de hotel equivalga al sueldo mensual de nuestros operadores territoriales”, reflexiona una exlíder de Morena. El escándalo golpeó a la familia del expresidente, a la imagen del partido y a la gestión de la poco experimentada dupla dirigente. López Beltrán, oyendo voces de discordia desde dentro de Morena, se convenció de que la filtración de su viaje a los medios provino del entorno de Alcalde. Fue cuando crujió todo. Los meses siguientes, ambos líderes trabajaron por su cuenta, con una agenda propia, como si no se tratara de militantes de la misma formación.

Para marzo, la situación era insostenible. En el Consejo Nacional morenista donde se aprueban las reglas internas que regirán los comicios de 2027, los máximos líderes del partido tienen la certeza de que el tándem Alcalde-López Beltrán no funciona y deben abandonar la dirigencia antes de que arranque el proceso electoral. “La renuncia era lo único que se comentaba en los pasillos”, comparte un consejero. Esta es solo una estampa de la deriva que atraviesa el partido y que ha forzado la intervención de Sheinbaum y la salida de Alcalde. Tras el retiro de López Obrador, hace un año y medio, el partido apostó a un proceso de institucionalización para autogestionarse más allá de la potente figura del líder. Esa labor no se ha consolidado. La búsqueda de una nueva manera de organizarse ha mostrado, al contrario, las muchas fracturas internas de uno de los mayores partidos de América, al que no pocos consideran una versión contemporánea del PRI, que gobernó durante siete décadas México.
Sheinbaum, si bien no ejerce el control vertical e inapelable que su antecesor, no ha soltado del todo la operación política discreta, como demostró el reacomodo que hizo en la cúpula morenista a mediados de abril y culminó esta misma semana. La primera jugada fue la de colocar a Citlalli Hernández al frente de la estratégica Comisión de Elecciones y Alianzas. De manera oficial se dijo que Citlalli Hernández, que ya había sido secretaria general de Morena (de 2020 a 2024), regresaba a la formación por “invitación” de la dirigencia para “apoyar”, y que el cambio había tomado por sorpresa a la presidenta. En realidad, según personas al tanto de los enroques, fue la propia mandataria quien pidió a Alcalde hacerse a un lado y dar paso a Ariadna Montiel, titular de la poderosa Secretaría de Bienestar, que controla los programas sociales del Gobierno, y a Hernández, que encabezaba la Secretaría de las Mujeres.
Un año y medio después de aupar a Alcalde y López Beltrán, la presidenta apuesta ahora por dos militantes que no provenían de una dinastía y que construyeron su carrera política desde los cimientos, dos hormigas trabajadoras. No fue fácil que Alcalde aceptara los términos de Sheinbaum, que le ofreció, a cambio, la Consejería Jurídica presidencial. La mandataria no la presionó y le dio algunos días para asimilar los cambios. En cuanto a López Beltrán, las jugadas de la presidenta no han afectado su rol como secretario de Organización. Sin embargo, personas del entorno cercano del hijo de López Obrador refieren que está pensando en retirarse un tiempo de la política.
La jugada de la presidenta ha sido una intervención directa en un problema que le pareció urgente atender. “Le preocupaba el partido. La idea [con la designación de Montiel y Hernández] es que deje de preocuparle”, describe una operadora al tanto de las jugadas de ajedrez de Sheinbaum. Sus apuestas por Montiel y Hernández tienen sentido políticamente. Hernández no solo tiene experiencia en la gestión de las mil pugnas que atraviesan a Morena: también demostró capacidad para hacer a un lado sus propias tensiones con Mario Delgado, que fue líder de la formación en el mismo cuatrienio que ella. “No eran amigos, pero trabajaban juntos. Los dos recibían a los compañeros, cada uno tomaba decisiones y el otro las respetaba”, señala una persona que les acompañaba. Por su parte, Montiel se ganó la confianza de Sheinbaum desde que apoyó su candidatura presidencial por encima de Marcelo Ebrard, la otra carta fuerte de Morena en la contienda interna de 2023. Pero, más allá de su cercanía, la llegada de Montiel al partido es crucial porque ella tiene a su cargo el poderoso ejército de Servidores de la Nación, los funcionarios que visitan puerta por puerta a los ciudadanos para inscribirlos en el padrón de beneficiarios de ayudas sociales. La gran mayoría de esos servidores públicos proviene de las filas de Morena; de hecho, en periodos electorales, han trabajado como promotores del voto de los candidatos oficialistas. Es por ello que la oposición, atinadamente, suele lanzar críticas a esa estructura difusa entre partido y Gobierno.
Una batalla por la identidad
La crisis de identidad, sin embargo, va más allá de quién lidera el partido. También ocurre que las bancadas en el Congreso no siempre se alinean a la agenda del Ejecutivo de Sheinbaum; los gobernadores acumulan enorme poder y actúan como los caciques de antaño; la presidenta no confía en la probidad de sus operadores legislativos —“los considera un mal necesario”, según un diputado y un senador cercanos a Palacio Nacional—; algunos líderes desafían abiertamente las directrices de Alcalde y de Sheinbaum, por ejemplo, en lo relativo a conducir su vida con austeridad. No han faltado los desplantes de soberbia hacia la oposición, que ha quedado muy disminuida, pero también hacia sus propios aliados electorales, que se sienten atropellados —“están borrachos de poder; tienen fiesta y no se dan cuenta de que el vecino ya está enojado”, ilustra un líder del PT—. Para coronar la polémica, varias figuras han amasado una fortuna inexplicable o han sido vinculados a actos de corrupción. Una docena de figuras en el oficialismo y la oposición, entre legisladores, funcionarios e intelectuales, relatan a EL PAÍS —algunos bajo condición de anonimato y otros abiertamente— los pormenores de una crisis que corre el riesgo de esombrecer el proyecto de Gobierno de Sheinbaum y colmó la paciencia de la presidenta.
1. El despegue electoral (2014 - 2018)
Morena pasó de ser un partido nuevo a una potencia nacional. En 2015, sus recursos totales eran de $101,6 millones de pesos.
Para 2018, la cifra saltó a $622,3 millones, un crecimiento del 512%.
2. Consolidación en el poder (2019 - 2023)
Tras ganar la presidencia, el financiamiento ordinario se disparó. En 2019 superó por primera vez la barrera de los $1.500 millones de pesos.
Para 2023, la base operativa del partido alcanzó los $1.837 millones, sin ser año de campaña presidencial.
3. Hegemonía y techo histórico (2024 - 2026)
2024 marcó un récord histórico con $3.069.204.234 pesos recibidos, la cifra más alta para cualquier partido en México.
Hacia 2026, la proyección se mantiene sólida por encima de los $2.615 millones.
Cómputo Global (2014 - 2026)
En este periodo, el financiamiento acumulado total es el siguiente:
Morena es víctima de su origen y de su éxito. En cierto modo, la formación es parecida a una ciudad que nació en las barriadas y creció a un grado y velocidad que dificultan su gobernanza. El símil no es solo ilustrativo. Antes que un partido, Morena surgió como un movimiento político de masas, desbordante y plural, solo amalgamado en torno a la figura de López Obrador. El político originario de Tabasco trabajó pacientemente en asambleas locales, en los rincones más alejados, donde daba discursos ante un puñado de personas, casi siempre pobres, en un momento en que la idea de formar un partido y alcanzar el poder parecía, más que un sueño, una obstinación. Con todo en contra, López Obrador lo consiguió, ayudado por un círculo de colaboradores de mucha confianza y el trabajo territorial de miles de personas que, sin dinero, divulgaron su idea de país, contrastante con la que por décadas llevaron a la realidad el PRI y el PAN.
En poco más de una década desde su creación —en 2014—, el partido guinda ganó ya dos veces la presidencia de la República, conquistó la mayoría en las dos Cámaras del Congreso, gobierna en la mayoría de los 32 Estados del país y controla posiciones clave en el Poder Judicial. Es también la formación con más militantes en la historia, con más de 12 millones de afiliados, una membresía que duplica la del PRI en sus años de esplendor y que supera la votación de todos los demás partidos en 2024. Lo que para algunos es un ejemplo de modelo político exitoso, para otros es señal de que Morena se ha convertido en un nuevo PRI: un partido de Estado y hegemónico, que arrolla a la oposición, que controla todos los registros del poder —los sindicatos, los empresarios, los jueces—, que tolera la corrupción en sus filas y fomenta la impunidad. Todo ese poder acumulado se pondrá en juego el próximo año y en Morena hay voces que urgen a la reflexión y a un reacomodo. “Mucha gente se ha intoxicado porque no tiene la posición que quería, y otra gente se ha intoxicado porque la obtuvo. El poder es muy destructor”, señala Pedro Miguel, que advierte en esta cuestión la principal amenaza al proyecto morenista: “La descomposición interna me da más miedo que Donald Trump, y me da mucho más miedo que la oposición vernácula, desde luego”.
La dupla que no funcionó
“Si están unidos y trabajan juntos, serán invencibles”. Fue el lacónico consejo que le dio Sheinbaum a la dupla en la que encomendaba el partido, de acuerdo con una fuente del círculo presidencial. Pareció un vaticinio. Al comenzar su sexenio, Sheinbaum se distanció de Morena y quiso impulsar el relevo generacional aupando a Luisa María Alcalde, de 38 años, hija de dos veteranos obradoristas, y Andrés Manuel López Beltrán, de 40. Allí, algunos morenistas observan el que quizá fue el primer problema: el nombramiento de dos figuras cuyos méritos se explican más por la trayectoria de sus progenitores. “Fue un error poner a líderes tan inexpertos”, comenta un exmandatario estatal morenista. La propia Alcalde, según una persona cercana a aquellas negociaciones, estaba “aterrada” con el encargo que le cayó un mes antes del cambio de Gobierno. Alcalde hubiese preferido asumir una cartera en el Gabinete de Sheinbaum que tomar las riendas de un partido que ya entonces le parecía inmanejable, pero aceptó el reto. Un político que formó parte de la dirigencia señala otro error que atribuye a Sheinbaum: la falta de respaldo presidencial. “La diferencia es que, en mis tiempos, las instrucciones venían de López Obrador. Y teníamos todo su apoyo”, ilustra. Entonces, todas las cabezas se plegaban.
Todavía a finales de febrero, Alcalde negaba las fricciones con su segundo de a bordo. “En Morena hay unidad, todos estamos luchando por un mismo proyecto”, dijo en entrevista. Explicó que ella y López Beltrán sostenían agendas separadas porque cada uno está abocado a una tarea específica en los Estados: ella, al manejo político, y él, a la afiliación de militantes. López Beltrán no ha respondido a la petición de este periódico de un comentario al respecto. No obstante, el distanciamiento es real, y creó un tentador vacío de poder. Allí encontró acomodo el diputado Arturo Ávila, muy cercano a Alcalde y que de facto tomó un rol protagónico en la dirigencia, al punto de que legisladores y gobernadores hacen contacto con él para abordar asuntos importantes. Una exintegrante del comité directivo comparte: “Un compañero me dijo: ‘No importa que no te reciba Luisa; te arreglas con Arturo”.

En los tiempos en que el expresidente aún estaba en la escena política, si se cuestionaba a cualquier morenista quién era el líder del movimiento, nadie dudaba en señalarlo a él. En el último año, antes del golpe en la mesa de Sheinbaum, las opiniones se fragmentaban: algunos afirmaban que Alcalde era quien mandaba; otros señalaban a López Beltrán; unos más, apuntaban a la presidenta. Todas esas versiones mostraban una realidad: el partido no tenía una sola cabeza. El vacío de liderazgo obedece, en gran medida, al hecho de que López Obrador no formó a un heredero de su movimiento. Si bien tuteló su sucesión en la presidencia, blindando la candidatura de Sheinbaum y evitando divisiones internas, no calculó que su gran capital político, formado en cuatro décadas de lucha en las calles, no era transferible, por mucho que le pasara a la actual mandataria un “bastón de mando”.
Desde la oposición toman nota de la fisura en el gólem de Morena frente a las elecciones venideras. “El movimiento está implosionando porque todo lo aglutinó un líder que no dejó estructura”, refiere uno de los legisladores más visibles en el PAN. La conducción difusa sobre el partido ha contribuido a una multiplicidad de liderazgos con influencia en los gobiernos estatales y en el Congreso, que han antepuesto intereses de grupo al proyecto político morenista. Una senadora cercana a Palacio Nacional defiende que esa pluralidad no entra en confrontación con el liderazgo Sheinbaum: “El partido existe sobre todo cuando hay proceso electoral; es el vehículo legal para registrar candidaturas. Lo que le interesa a la presidenta es el movimiento, y ese lo lidera ella”.
La presidenta como dirigente
Hay otros asuntos que reclaman la intervención de la mandataria. Todos los lunes, en Palacio Nacional, la presidenta sostiene una reunión de carácter político con algunos secretarios del Gabinete y los jefes de bancada en Diputados, Ricardo Monreal, y el Senado, Ignacio Mier —quien relevó a Adán Augusto López en esas mesas—. Allí se habla de los temas más relevantes de la semana, en especial los que pasarán por el Legislativo, y Sheinbaum, que como presidenta presume de gobernar “para todos”, se pone la gorra de dirigente partidista. En una discusión sobre el nepotismo, una de sus apuestas más importantes, la mandataria protagonizó un fuerte lance con Monreal, que defendía las aspiraciones de su hermano, el senador Saúl, para suceder a otro hermano, David, en la gubernatura de Zacatecas, Estado de donde es originario el clan. “¡He dicho que no, y en público te confronto!”, le lanzó Sheinbaum al coordinador morenista. Monreal, político muy popular, pero de los que más divide opiniones en el movimiento —entre quienes critican sus ambiciones personales y quienes destacan su olfato político—, decidió contenerse. “Las divisiones internas y el sectarismo pueden corroer proyectos políticos incluso en sus momentos de mayor fuerza”, reflexiona el coordinador para este texto.
Diputaciones federales obtenidas por Morena en las legislaturas 2015-2027
Total: 500 diputados
Mayoría calificada: 334
La relación tirante con los aliados de la coalición quedó expuesta con el reciente fracaso de la reforma electoral impulsada por Sheinbaum. Algunas de las mayores tensiones se han dado con el Partido del Trabajo (PT), veterana formación izquierdista, aliada histórica de López Obrador y hoy de Morena. El PT no dio su apoyo al cambio constitucional con el que Sheinbaum pretendía recortar el financiamiento a los partidos y la reducción de legisladores plurinominales, dos cuestiones que los petistas consideraban suicidas, siendo uno de los partidos más pequeños del país. Durante una reunión en Palacio Nacional el 11 de marzo, tras el naufragio de la reforma en la Cámara de Diputados, Alberto Anaya, dirigente del PT, le reclamó a Sheinbaum el trato hacia su formación, que él consideró de desprecio. “Se diría que nosotros somos un partido más bien de oposición”, le dijo a la presidenta, según testigos consultados. Ella le pidió explicarse. “Pues no nos comparten el Gobierno. No tenemos una sola secretaría, un solo subsecretario”, le dijo Anaya. Sheinbaum le replicó con un despliegue de autoridad: “Profe Anaya, hemos militado juntos hace 30 años, pero yo ahora soy la presidenta”.
El líder petista replicó que, de las 146 iniciativas que el Ejecutivo de Sheinbaum ha presentado en el Congreso, su formación ha votado a favor, sin mover una coma, en 145. Para el PT, lo que Morena está pidiendo ahora es una rendición incondicional a su agenda. Sheinbaum hizo que los representantes petistas y del Partido Verde (PVEM), el otro elemento del triunvirato de la alianza, firmasen un compromiso de que darían su apoyo al plan B que se presentó como alternativa al frustrado plan inicial de la reforma electoral. Entre sus cercanos en el PT, El Profe Anaya, de 79 años, hizo una valoración sobre el pulso que les ha lanzado Sheinbaum: “He pasado por 10 presidentes de México, y la presidenta cree que me va a espantar”. Un exdirigente morenista reconoce que el exceso de presión puede derivar en ruptura: “Hay una visión muy centralista de Morena. No quiere ceder nada a los aliados”.
Lastimada la relación con los aliados a raíz de la reforma electoral, el poco tacto político de Alcalde, ahora al negociar las alianzas de cara a 2027, profundizó el desgaste. Políticos que presenciaron las mesas de negociación describen que la dirigente trataba de imponerles los acuerdos con desplantes despóticos. “Era muy verticalista; decía que las cosas tenían que hacerse de una manera. Y tú no puedes tratar así a tus aliados, que son políticos muy experimentados. Los acuerdos se construyen”, comparte un testigo. Los líderes del PT y el PVEM llevaron su queja a Sheinbaum, que pidió a Citlalli Hernández tomar la batuta de la interlocución con los socios desde semanas antes de su designación formal en la cartera partidista. En otras palabras, la presidenta abrió un canal de negociación de las alianzas paralelo a Alcalde. “A ti te respetan en el movimiento, hablas con los coordinadores [parlamentarios], hablas con los gobernadores, tienes interlocución”, le dijo la presidenta a Hernández al darle la encomienda. Sheinbaum echaba en falta a una figura capaz de mantener satisfechos a los socios al tiempo que mantuviera la cohesión interna en el reparto de candidaturas, esto es, explican las fuentes, que asegure que los derrotados no rompan filas y, al contrario, trabajen con el ganador para llevar a Morena al triunfo.

Mirada al origen
En México a veces cuesta distinguir entre el partido y el Gobierno, consecuencia de la cultura política fomentada por el PRI, el partido más longevo del país, considerado por la población, según todas las encuestas, como el más corrupto. Fue gracias al PRI que se introdujo el concepto de “partido de Estado”. La formación servía como una estructura paralela al Gobierno, que aterrizaba sus políticas y las capitalizaba para transformarlas en votos, a fin de repetir el ciclo del poder. En ese mundo donde el presidente de la República era llamado “PPP”, el Primer Priista del País, a la vez mandatario y dirigente político, el proyecto de nación estaba moldeado según los principios e ideales del partido. El PRI abarcó tanto, controló tantas estructuras gubernamentales y colonizó tantos espacios sociales, que muchos políticos que a la postre devinieron opositores surgieron de sus filas, como el propio López Obrador y otros morenistas prominentes: Monreal, Adán Augusto, Marcelo Ebrard… Sheinbaum, en cambio, solo militó en el PRD, la histórica formación izquierdista ya extinta.
País de tradición caudillista, el presidente en turno era sin duda importante, pero no lo era todo (además, su paso era transitorio). La maquinaria partidista era lo fundamental. De alguna manera, López Obrador invirtió la ecuación y vino a dar preeminencia a la figura del líder sobre la estructura. Los intelectuales y políticos de Morena reconocen que el expresidente, como una “trinidad” —a decir de Pedro Miguel—, representaba la cabeza del Gobierno, del partido y del movimiento izquierdista; movimiento que nació de las luchas sociales contra el autoritarismo priista; que tuvo su fase de institucionalización con el PRD en 1989 y que sirvió de base para la conformación de Morena. “López Obrador ejercía un poder presidencial, pero también de líder social. Llenaba el espacio político que se requería para el proyecto. Entonces, el partido quedaba en segundo plano, y eso necesariamente afectó a la profesionalización de Morena”, indica Jesús Ramírez, exvocero de López Obrador.
Morena conquistó en menos de 10 años lo que al PRD y al PAN —que también nació el siglo pasado como opositor al PRI— les tomó décadas. No quiere decir que haya sido fácil. Aunque surgió formalmente en 2014, el movimiento obradorista tiene más trayectoria histórica. Algunos estudiosos consideran que este se gestó en la década de los noventa, cuando López Obrador encabezó el Éxodo por la Democracia desde Tabasco para protestar por el fraude del PRI en la elección de cargos locales; otros sitúan su nacimiento entre 2005 y 2006, cuando López Obrador, que era jefe de Gobierno de Ciudad de México, intentó convertirse en presidente de México por primera vez y perdió ante el PAN, en lo que sus simpatizantes consideran el primer gran fraude electoral del que fue víctima el dirigente (habría un segundo, conforme a ese relato, en 2012).
Senadores de Morena en dos legislaturas
Total: 128 senadores
Mayoría calificada: 86
A partir de esa primera gran derrota, López Obrador fue proclamado “presidente legítimo”, y formó un “Gobierno legítimo” con cargos simbólicos para sus incondicionales, a los que asignó tareas de organización específicas (la misión de Sheinbaum fue coordinar la resistencia civil contra la privatización del petróleo). A los participantes de ese movimiento naciente se les registró en un padrón y se les entregó una credencial con nombre y fotografía, firmada por López Obrador, que acreditaba su pertenencia a algo. “Soy obradorista, tengo una credencial, tengo una identidad”, resume el veterano diputado Gabriel García, a quien López Obrador encargó integrar la primera estructura de militantes, que terminaría siendo la de Morena. “En esa época, en que no había reparto de nada, ni de cargos ni de dinero, el 100% del valor era la esperanza, la base de cualquier movimiento de cambio”, describe el legislador.
La experiencia amarga de los fraudes electorales dejó varias lecciones para López Obrador, que, en el camino para fundar Morena, se entregó a una tarea: hacer crecer el partido, nutrirlo de militantes y líderes tanto como fuera posible, con el objeto de que vigilaran las casillas en las jornadas electorales para conjurar los intentos de la “mafia del poder” de robarles el triunfo. El líder instauró en su formación una política de puertas abiertas que dejó pasar a un sinnúmero de personas, muchas de las cuales habían roto filas con el PRD, el PAN e incluso el PRI. Esa pesca en río revuelto convirtió a Morena en una “fuerza hegemónica”. Pedro Miguel, uno de los intelectuales morenistas más cercanos a López Obrador —tanto que el expresidente lo ha invitado a colaborar en sus libros—, encuentra en eso una característica que explica el actual estado de la formación guinda. “Morena es un frente amplio y eso significa que tiene representación de distintos sectores de la sociedad. Por ejemplo, hay derecha en Morena, porque en México hay una derecha popular desde siempre”, dice.
El lastre de la corrupción
En esa confederación de almas que es Morena, varios personajes corruptos se abrieron espacio, lo que, de nueva cuenta, para algunos observadores era inevitable. Pero el problema no es que haya corrupción entre sus filas, sino cómo actúa la dirigencia frente a ella para frenarla. Y es ahí donde se observa un enorme contraste. López Obrador sostenía que su Gobierno marcaba el fin de la corrupción, como si la probidad entre los miembros de la administración pública viniese con la toma del poder. Eso no ocurrió, naturalmente. Pero era la manera en que el líder se veía a sí mismo y a la influencia de su palabra. Las claves evangélicas están muy presentes en el credo partidista. Por ejemplo, Morena, acrónimo de Movimiento de Regeneración Nacional, evoca al nombre afectuoso con el que los mexicanos se refieren a la Virgen de Guadalupe, La Morena. Pero también están los Éxodos de López Obrador; su escapulario permanente en la billetera; el hijo pequeño al que llamó Jesús Ernesto, en honor a Cristo y al Che Guevara; sus referencias a “hincarse donde se hinca el pueblo”...
Durante los últimos dos sexenios ha habido escándalos de corrupción y maniobras desde el poder para evitar la rendición de cuentas, con varios protagonistas surgidos de las filas guindas. Al cabo del tiempo, la indolencia frente a esos casos ha terminado por pasar factura al partido y al Gobierno. El respaldo de Morena entre sus votantes ha decaído por los indicios de corrupción, y la gestión de Sheinbaum está mal evaluada en materia de combate a esos casos, según encuestas que ha publicado este periódico. El primer año del sexenio de la presidenta estuvo marcado por las demostraciones de riqueza de varios líderes morenistas, que contrastaban con el estilo de vida sencillo de López Obrador y abrazado por su sucesora, reconocida ampliamente como una funcionaria austera y devota del servicio público. Más allá de las fortunas inexplicables, ha habido acusaciones de nexos con el crimen en el círculo cercano de algunos pesos pesados, caso del senador Adán Augusto López y del diputado Pedro Haces, jefe de la poderosa central obrera afiliada al oficialismo, la CATEM.
La presidenta ha intentado enderezar el rumbo de los militantes haciendo llamados a los valores originales, a renunciar a la ostentación, a vivir en la “justa medianía” en un país donde aún hay millones de pobres. Pero han sido palabras lanzadas al vacío. “Los estatutos de Morena tienen reglas que, en teoría, pueden evitar eso. El problema es la ausencia de sanciones, y eso pasa en partidos no institucionalizados”, argumenta el politólogo Alberto Espejel, de la UNAM. “Tendrían que tomar decisiones ejemplares importantes”, agrega. Ser carcomidos por la corrupción es un peligro sobre el que algunos morenistas llaman la atención. “A Morena no lo derrotará la oposición, ni el dinero de las élites económicas, ni las campañas de desinformación y calumnia de los medios vendidos al neoliberalismo. A Morena lo único que lo puede derrotar es hacerse de la vista gorda frente a la corrupción. Eso fue lo que devoró al PRI y al PAN”, advierte el senador Javier Corral.
Un legislador oficialista señala con preocupación el nacimiento de una “mafia política” desde el Congreso y los gobiernos locales que busca el control de los contratos públicos. “Hace mucho tiempo que no veía tal descaro por el dinero, tal voracidad. Es como en los tiempos del PRI”, refiere. Parte de la descomposición se debe al poder acumulado por los funcionarios morenistas, y al presupuesto que sostiene tanto a las instancias gubernamentales —las secretarías y los Congresos— como al partido en sí. Hoy Morena es la formación que más dinero público recibe (este año se le asignaron 2.600 millones de pesos). El incentivo del financiamiento es fuerte, y ello explica por qué naufragó la reforma electoral que impulsaba Sheinbaum y que tenía un componente de austeridad. “El dinero pudre todo. Tienes empleados, no militantes. La reforma electoral es la supervivencia de nuestro método: mantener viva la esperanza y las convicciones, que es lo que está en un punto de quiebre”, refiere un antiguo responsable de la formación.
El reparto de cargos y de presupuestos ha desplazado, en muchos casos, las cuestiones ideológicas que antes ocupaban las conversaciones internas, habida cuenta de que no había poder que repartir ni pedacito que arañar para sí. La cultura política no ha cambiado al ritmo que Morena ha ampliado su poder, y las malas prácticas que criticó en su día se replican entre los miembros del movimiento, que han abandonado la dimensión ética de la autodenominada Cuarta Transformación. Ahora, pareciera que los morenistas en el poder son incapaces de concebir una forma de hacer política sin grandes recursos. Una fuente que era parte de la dirigencia apunta con nostalgia: “López Obrador nos decía que para hacer campaña no necesitabas dinero, sino solo unos buenos tenis, una gorra y una bolsa para repartir volantes casa por casa”.
Nuevos caciques
A Morena le acosan los fantasmas del tiempo. El fantasma del futuro es convertirse en el PRI; el del pasado, terminar como el PRD. La acumulación de poder, la tolerancia a la corrupción y la incapacidad de autocrítica lo acercan al primer escenario. Las divisiones internas, el surgimiento de grupos con sus líderes propios, al segundo. Morena prohibió desde sus documentos rectores la constitución de corrientes o tribus. Son muy recordadas las asambleas en las que los perredistas terminaban a los golpes, lanzándose sillas, y todo para terminar sin acuerdos. El miedo a reflejarse en el mismo espejo ha llevado a los morenistas a un fetichismo normativo: como están prohibidas las corrientes, luego no existen. Así lo ha dicho Luisa María Alcalde —“hay puntos de vista distintos, pero privilegiamos el proyecto y la unidad”— y también Pedro Miguel —“Hay liderazgos, mas no hay corrientes estructuradas”—.
Algunos dirigentes son más francos al respecto. “Está tan endeble la unidad, porque la unidad, en realidad, es un acto de hipocresía. La lucha por el poder hace que nunca haya verdadera unidad”, señala un antiguo responsable de la organización de cuadros. Un funcionario del Gabinete federal contrasta: no es que el partido se haya dividido en facciones al paso del tiempo, sino que estas le dieron origen, en el sentido de que grupos preexistentes, con sus propios líderes, se unificaron en torno al proyecto obradorista. “Morena no es un partido, es un confederativo”, define. El politólogo Espejel señala que el retiro de López Obrador dejó al descubierto las luchas internas que un fuerte liderazgo contenía o “eclipsaba”. “En presencia de esos liderazgos, los partidos no logran institucionalizarse. Por eso, en Morena, las reglas formales no logran resolver todos los conflictos”, incide.
López Obrador fue capaz de conjurar una gran fisura durante la interna de Morena para definir quién sería el candidato para sucederle. El acuerdo fue repartir posiciones en el Gobierno de Sheinbaum para los vencidos. No fue sencillo, porque se trataba de pesos pesados muy lastimados, empezando por Marcelo Ebrard, que ahora es secretario de Economía. Ese pacto da crédito a la facultad unificadora de López Obrador. Ahora, “lo que quedan son muchos actores con intereses a nivel subnacional y a nivel nacional, y todos ellos quieren tener un peso específico”, observa Espejel. Un dirigente del PT apunta: “Cuando se llega tan rápido al poder sin construir instituciones internas sólidas, pasan estas cosas. Al PRI le sirvió por décadas su disciplina, que eran estrictamente institucionales. Cuando lo dejaron de ser, desaparecieron”.
Esa atomización se observa con más nitidez en los Estados, donde los gobernadores morenistas han acumulado enorme poder y desafían el proyecto presidencial de Sheinbaum. Por un lado, los mandatarios del oficialismo, que lograron mayorías en los congresos de sus Estados, influyen mucho en las leyes locales. Además, la reforma judicial les permitió impulsar no solo a sus jueces a nivel estatal, sino también decidir quiénes lo serían en la judicatura federal. Los sindicatos y las organizaciones sociales también se pliegan a la agenda de cada gobernador. Algunos morenistas describen a sus mandatarios como “autoritarios” y “libertinos”. “Si yo, que viajo a un Estado en nombre de la presidenta, quiero reunirme con los diputados locales, estos tienen que pedirle permiso al gobernador”, comparte una fuente. La escena se replica en Oaxaca, Veracruz, Campeche. Son nuevos señores feudales a los que Sheinbaum intenta aterrizar con llamados inocuos a la ética, lo que demuestra los límites de su influencia en lo local.
Uno de los mejores ejemplos donde la agenda del gobernador se distancia de la del Ejecutivo federal es Sinaloa. Allí, según lo reportó en su momento este periódico, Sheinbaum, a través de la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, pidió al mandatario estatal, Rubén Rocha, apartarse del cargo. Habían transcurrido varios meses del comienzo de la guerra fratricida en el Cartel de Sinaloa y permanecían las dudas sobre la posible implicación del gobernador con el grupo criminal. La petición de apartarse fue planteada más como una sugerencia que como una orden. Rocha no la aceptó y, al contrario, asumió un papel desafiante. Incluso, alardeó con que López Obrador le dio la candidatura a gobernador a pesar de que perdió en la encuesta que levantó Morena. En Palacio Nacional no aceptan que haya sido una muestra de desobediencia a la presidenta; al contrario, señalan las fuentes, el episodio muestra el estilo “suave” de Sheinbaum de ejercer el poder, distinto, dicen, al del PRI, donde el Ejecutivo ponía y quitaba políticos a su entera voluntad.
Otro caso es el de Salvador Jara, gobernador de Oaxaca, que nada más llegar al poder colocó a su familia en cargos del Gobierno y en la dirigencia del partido. Hace unos meses, el mandatario llevó a cabo su consulta de revocación de mandato a pesar de que Sheinbaum le había manifestado su desacuerdo, según reconocía el mismo Jara en conversaciones en confianza. Lejos del espíritu de los documentos fundacionales, Jara utilizó la estructura morenista a su conveniencia para movilizar el voto a favor de su continuidad en la gubernatura. En Oaxaca, el mandatario está confrontado con el PT, caso que se repite en Veracruz, donde —a decir de los petistas— la gobernadora, Rocío Nahle, frustró la alianza en los comicios locales de 2025.
Germán Martínez, diputado del PAN, sostiene que estas pugnas muestran que “Morena está implosionando” y que sus diferentes liderazgos “no le ayuda a Sheinbaum”. “Más bien, muchos de Morena parecen ser la oposición a la presidenta y son muy eficaces con sus pleitos”, observa. En contraste, un legislador con acceso a Palacio Nacional distingue “entre gobernar y tener el poder”. “La presidenta no es tonta. Ella no suelta la rienda; lo que hay es un cruce de intereses que le exige equilibrio. Y en ese equilibrio no deja contentos a todos. Ella considera que la gradualidad que está aplicando es la correcta”, asegura.
La urgencia de volver a las calles
“Ganamos el Gobierno y perdimos el partido”, reconoce uno de los dirigentes morenistas citando una frase icónica de la década de los noventa, que tiene un origen inexacto. Algunos la atribuyen a los priistas, que la enunciaron como un epitafio, aunque también la usaron los panistas en el cambio de siglo, cuando tumbaron de la presidencia al partido alguna vez hegemónico. Para estos, la reflexión era más una advertencia: mirarse en el ejemplo del PRI para no repetir su desgracia. Al final, el ciclo del PAN duró apenas dos sexenios. Hoy, en Morena, toman nota de la lección.
Para el diputado Gabriel García, “regresar a la esencia” requiere combinar distintos ingredientes. De un lado, “levantar nuevas banderas de lucha”, una condición necesaria para devolver la esperanza al centro del movimiento, el motor que antaño hizo que conquistara de a poco cada palmo del territorio; del otro, afinar los mecanismos internos para poner un verdadero dique frente a la corrupción, y atreverse a la autocrítica. “La gente detesta que estemos: ¡bravo, bravo!, aunque lo hagamos de corazón. Nos da mala imagen”, sostiene.
Un antídoto contra la erosión frente al electorado es la profesionalización de cuadros y la formación de las nuevas generaciones morenistas. “Un buen militante no necesariamente es un buen funcionario o un buen político”, precisa Pedro Miguel. Morena tiene un Instituto de Formación Política a cargo de otra de sus lumbreras intelectuales, el caricaturista Rafael Barajas, El Fisgón, muy cercano a López Obrador. La escuela de cuadros de Morena buscaba, en primera instancia, reemplazar a los militantes que dejaban el partido para asumir alguna tarea en el Gobierno o en el Congreso. La institución partidista funciona como un seminario en el que se lee teoría política e historia y se debate.
El Fisgón cuenta, en un video en la página de la institución partidista, cómo fue que le propuso a López Obrador la necesidad de una formación más teórica de los morenistas para evitar “que se vacíe el partido y se pierdan las calles”. “Los procesos de transformación suelen implosionar por sus propias contradicciones”, refiere el cartonista. El expresidente aceptó la propuesta, advirtiendo el riesgo de dejar de estimular a las bases. No obstante, si bien la escuela de cuadros hizo su parte en las aulas, la mayor tarea la asumió López Obrador, que todos los días, desde la Mañanera o las plazas públicas, hacía política como dirigente de masas más que como mandatario. Sheinbaum ha emulado el formato de las conferencias y las salidas a los Estados, y Alcalde, desde el partido, refuerza sus mensajes. “Hoy, el liderazgo de nuestro movimiento lo tiene la presidenta Sheinbaum. Ha sabido darle continuidad y ha respetado el legado de López Obrador”, sostiene Alcalde.
Un exintegrante de la dirigencia del partido afirma que “la formación real de cuadros se da mandándolos a caminar en la calle”. “Ve allá, resuélvele los problemas a la gente, empatiza”, dice. Hace unas semanas, recorrió las redes un video que muestra a Sheinbaum reprendiendo a los diputados locales de Baja California por su petrificación en el poder. “¡Hay que trabajar más con la gente, todos ustedes. En lugar de estar allá en el Congreso, hay que estar en territorio!”, les dijo. Luego la mandataria explicó que, en aquel momento, los legisladores le estaban pidiendo tomarse una foto, pero a ella le pareció superficial y hasta ofensivo, estando en una zona agrícola con tantas carencias.

Se atribuye al político Carlos Castillo Peraza la afirmación de que todos los mexicanos llevan un priista dentro. Curiosamente, él no militaba en el PRI, sino en el entonces opositor PAN. Sus palabras describían la biopolítica del poder, cómo los rasgos del partido que una vez lo controló todo se inscribieron en el espíritu y en la cultura misma. A veces, Morena apuesta a la eternidad en el poder, modificando leyes para garantizar el control institucional y político de la formación en turno. También, porque ha puesto la estructura del partido al servicio del Gobierno y viceversa, como lo muestra el hecho de que los brigadistas electorales de Morena se convirtieron ipso facto en los Servidores de la Nación, el ejército de funcionarios que lleva los programas gubernamentales casa por casa, en una gigantesca maquinaria donde se funden ciudadanos con votantes.
A ojos de unos, esas maniobras para retener el poder demuestran la soberbia de Morena. Desde otro punto de vista, también descubren a un gigante asustadizo, que tiene una meta clara, pero un rumbo errático. En Morena son conscientes de que en 2027 perderán algunas posiciones, el castigo de la ciudadanía frente a las malas decisiones y las malas gestiones. Ya sufrieron en 2021 una gran derrota, al perder la mitad de Ciudad de México, que motivó que López Obrador, desde la presidencia, regresara al partido a apretar filas y tejer nuevas alianzas. Sheinbaum ha seguido el mismo camino. “Nada construye ni educa más como una derrota”, reflexiona Pedro Miguel, que sin embargo no lo siente como una catástrofe, porque de momento no ve que la oposición ofrezca una mejor alternativa. Pero es una ventaja que no durará por siempre, menos aún si los morenistas la desaprovechan. “Es una certeza: nos van a derrotar, porque la historia es pendular”, resume el intelectual.
Esa sería la mayor escuela de cuadros, la que enseña qué significa perder el Gobierno, perder el partido, perder la calle. Es, a la vez, el fantasma del presente de Morena. El golpe de autoridad con el que la presidenta quiere enderezar el rumbo ha dejado al partido momentáneamente descabezado. La solución a la crisis gravita sobre dos de sus cuadros más cercanos, Citlalli Hernández y Ariadna Montiel, pero el tiempo corre y la elección de 2027 está a la vuelta de la esquina.