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‘Alicia nunca miente’, un adelanto del libro de Jorge F. Hernández

EL PAÍS publica un fragmento de la última novela del autor mexicano que aborda las profundidades de la verdad y la mentira en la ficción

Jorge F. Hernández
Jorge F. Hernández

Alicia no me dejó por otro. Si se marchó de vuelta a España fue porque ambos habíamos acordado abrir un receso que me permitiera intentar poner en orden la obsesión que me empezó como hilo de pequeñas dudas, y ha ido creciendo en mi cerebro como un incontrolable trastocamiento emocional que he conducido hacia un escepticismo casi total y no necesariamente incurable.

En mis libretas (siete hasta el momento) he anotado puntualmente los indicios, sospechas y luego confirmaciones de variadas invenciones, mentiras, simulacros, noticias falsas, informaciones erróneas, abiertas falsedades, engaños recurrentes y demás tomaduras de pelo que he ido observando —como nunca antes— en diversos escenarios de la realidad circundante. Me refiero a las relaciones humanas, publicaciones periódicas, proyectos y programas políticos, finanzas y estructuras empresariales, vaivenes diarios del mundo del espectáculo, celebración y resultados del vasto universo del deporte profesional, corrillos y mentideros de la llamada cultura, espejismos de la publicidad o del medio literario o del mercado del arte o de las pasarelas de la moda o del mercado automotriz, el abasto de la canasta básica de alimentación, las bolsas del mercado financiero, los enredos de las afianzadoras y aseguradoras, la venta, alquiler y herencia del mercado inmobiliario… Etcétera.

Supongo que no soy el único ser humano al que de pronto y sin aviso ni premeditación le llega la duda, el principio dubitativo, la semilla del escepticismo, y sin que me importe si soy o no el único ser humano al que esto se le convirtió paulatinamente en obsesión, lo cierto es que de la simple detección de pequeñas mentiras sin importancia pasé —quizá de manera inconsciente— a la revelación de mayores falsedades. En el camino, fui asentando —una por una— una serie de verdades inapelables; así como se derrumban los engaños, se van fincando convicciones.

La decantación no es simple y, por ende, es perfectamente comprensible que Alicia sufriera los estragos cotidianos de una perniciosa letanía, insoportable para quien la pronuncia como para quien la padece. Sin embargo, Alicia nunca miente, ni ha mentido, y desde el momento en que ambos tomamos la decisión de separarnos fue con el objetivo de volver a empatar en cuanto yo pudiera resolver el entuerto emocional y psicológico en el que me había metido. Además, desde el segundo día de nuestra separación volvimos al contacto epistolar por vía del correo electrónico, y no hemos suspendido llamadas telefónicas, al menos una vez a la quincena.

Portada del libro 'Alicia nunca muere', de Jorge F. Hernández.

Es probable que el filamento de mi hartazgo que se reventó en el hipotálamo fuera mi renuncia a seguir tolerando o haciendo oídos sordos ante la mentira ajena o el engaño exógeno. Es decir, es muy probable que a una gran parte de la humanidad le suceda lo mismo. Si me concentro en mi caso, debo decir que una manera de explicar cómo era mi comportamiento hasta antes de filtrárseme la obsesión se explica por el hecho de que toda mentira que no tenía nada que ver conmigo simplemente no me afectaba o interesaba. Vivía yo al margen de los engaños de las grandes compañías petroleras, por ejemplo, o bien, no me incomodaban los discursos delirantes de politicastros corruptos en tanto no alteraban mi sueldo quincenal o la tranquilidad del barrio donde vivía. Pero todo aquello que parecía lejano a mi piel de pronto se volvió erisipela, y la comezón se volvió creciente y luego incontrolable en cuanto empecé a rascarme. Al menos eso afirmó Alicia con absoluta razón.

Quien no da importancia al hecho de que el sabor de un postre que se anuncia como de plátano sea artificial —y no producto de haber sido confeccionado con la verdadera fruta— no tiene razón para incomodarse ni motivo para quejarse ante el dueño del restaurante que lo vende, pero quien repara en que la hora que marca el reloj en una estación de autobuses lleva siete minutos de retraso descubre de pronto un vacío que sin exageración merece llamarse existencial. ¿En dónde se perdió el tiempo verídico que yo mismo me preocupo por calcular en mi reloj de pulsera? ¿De qué sirve comprar un boleto para un viaje a Moroleón, si al llegar a la estación descubro que el horario por el que se guía la salida del camión es en el fondo un engaño? Allí se establece un vado en el tiempo y un hueco en el espacio. Allí donde se abre un telón casi imperceptible parecería que la existencia es capaz de perderse sin brújula, como si viajara de vuelta de Japón en dirección contraria a la rotación de la Tierra y llegara de regreso a casa con un día de anticipación a la fecha convenida, como Phileas Fogg en La vuelta al mundo en ochenta días. ¿En dónde quedan esos días que se pierden por contrariar la rotación de la Tierra? (De paso, ¿no sería mejor llamar Agua al planeta que habitamos, por el azul que lo distingue en el universo a contrapelo de la tierra marrón, los pastos verdes y las nubes blancas como motitas de algodón… tres colores en desventaja ante los azules del cielo y la inmensidad de los océanos?)

Mentí durante la infancia y a lo largo de la adolescencia sin pensar en las implicaciones, y sin tener que reparar ningún daño simplemente porque las mentiras sobre las que me apoyé no eran más que inofensivas evasiones ante las posibles consecuencias de alguna verdad. Mentí incluso durante mis años universitarios, y quizá a lo largo de los primeros años de mi vida profesional como burócrata en diferentes dependencias del gobierno. Incluso, hay no pocas instancias del devenir académico o del funcionamiento administrativo en donde parece inevitable apoyarse en lo falso: debates sobre algún libro del que habiendo leído solamente el prólogo y los capítulos más legibles se discutía en clase como si en verdad se hubiera leído el libro entero; o bien, ejercer presupuestos para determinadas actividades de trabajo sabiendo que se podrían realizar con menos recursos. En ambos casos, queda insinuada la cercana relación de la mentira con el robo y demás telarañas de la corrupción. El engaño se vuelve abuso y es quizá por ello que de pronto alguien declara su hartazgo y quiere romper con el ciclo nocivo.

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Sobre la firma

Jorge F. Hernández
Autor de libros de cuentos y de las novelas 'La Emperatriz de Lavapiés', 'Réquiem para un Ángel', 'Un bosque flotante', 'Cochabamba' y 'Alicia nunca miente'. Ha publicado artículos sobre la historia de México y ha sido colaborador de las revistas 'Vuelta' de Octavio Paz y 'Cambio' de Gabriel García Márquez. Es columnista de EL PAÍS desde 2013.
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