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La espantada emiratí hiere de muerte a la OPEP

Arabia Saudí, enfrentada con Emiratos Árabes Unidos, queda como líder indiscutible de un cartel muy debilitado y con escaso control del mercado

El presidente de Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed, en junio de 2024 en Borgo Egnazia (Italia). Foto: Louisa Gouliamaki (REUTERS)

El mundo lleva seis décadas largas mirando con cierto temor a la preciosa y apacible Viena, capital de un país, Austria, ajeno al imaginario fósil pero desde donde se mueven los hilos del mayor mercado de materias primas del planeta. Allí, a un paso de su imponente Ayuntamiento neogótico, se reúnen mes sí mes también los ministros de Energía de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) para ...

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El mundo lleva seis décadas largas mirando con cierto temor a la preciosa y apacible Viena, capital de un país, Austria, ajeno al imaginario fósil pero desde donde se mueven los hilos del mayor mercado de materias primas del planeta. Allí, a un paso de su imponente Ayuntamiento neogótico, se reúnen mes sí mes también los ministros de Energía de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) para decidir cuánta producción dejan de poner en el mercado y mantener así los precios altos. Moldear, en fin, a su antojo un zoco que tiene más trazas de bazar contemporáneo que de libre mercado.

Todo eso puede estar tocando a su fin. La deserción de Emiratos Árabes Unidos, anunciada por sorpresa a primera hora de la tarde del martes, deja herido de muerte al cartel de los carteles. No solo pierde al segundo país que más capacidad inutilizada tenía ―una métrica clave en la relación de fuerzas entre potencias petroleras―, sino también a un contrapeso esencial para su líder de facto, Arabia Saudí, con quien arrastraba encontronazos en varios frentes.

Sin Abu Dabi, que ya ha anunciado su intención de bombear como si no hubiera un mañana, la OPEP lo tendrá en sánscrito. Pasará a controlar menos de la tercera parte del pastel petrolero mundial. Poco, muy poco: solo una vez en su historia, a mediados de la década de los ochenta ―otro mundo, otra era―, dispuso de menos poder de mercado. Para seguir sosteniendo los precios a medio y largo plazo, no lo quedará otra que renunciar a vender una cantidad ingente de petróleo. Un extremo al que no parecen dispuestos a llegar la mayoría de sus socios, necesitados de ingresos inmediatos y sabedores de que, tic-tac, su tiempo se acaba.

El momento elegido por Emiratos Árabes para saltar del barco no podía ser más paradójico. El doble cierre de Ormuz, por Irán ―también miembro de la OPEP― y por Estados Unidos, ha dejado fuera de juego casi la quinta parte de la producción mundial y amenaza con desencadenar lo que la Agencia Internacional de la Energía califica como “la mayor crisis energética de la historia”.

Pero esa lengua de mar que conecta el golfo Pérsico con el océano Índico reabrirá antes o después ―nadie puede permitirse lo contrario― y el mundo pasará de una escasez sin precedentes a una sobreabundancia también inédita. La oferta se disparará, la demanda ya empieza a dar señales de contención ―con el coche eléctrico como factor clave― y los precios se desplomarán. Una perspectiva que reconocía este miércoles Anton Siluanov, ministro de Finanzas del segundo mayor exportador del planeta, Rusia. Y que abre un nuevo capítulo en la historia energética mundial.

Que la OPEP pierda uno de sus miembros ―hoy tiene una docena, en su mayoría africanos y del Golfo― no es en sí mismo algo extraordinario. Indonesia tomó las de Villadiego por segunda vez en 2016, Qatar ―un peso pesado en el mercado del gas, pero pluma en el del petróleo― siguió sus pasos en 2018, en 2020 desertó Ecuador y en 2024 hizo lo propio Angola. Pero la salida emiratí no es una más en una larga lista, sino una estocada que sume a la organización en la crisis más profunda desde su fundación, allá por 1960.

Tras años de copiosas inversiones, la capacidad de producción de Abu Dabi ronda el 12% del total del cartel. Son casi cinco millones de barriles diarios, aunque hoy, con Ormuz cerrado, está pudiendo vender menos de dos. Si se cumplen sus planes ese techo sobrepasará con creces los seis en los próximos años. Aún lejos, pero cada vez más cerca de Arabia Saudí, el mayor exportador del mundo y con quien comparte una relación más marcada por los códigos de la competencia entre potencias emergentes ―no solo en el seno de la OPEP, sino también en Yemen, en Sudán y en el cuerno de África― que de la buena vecindad.

“La decisión [de salir] también puede ser indicativa de una necesidad más urgente de dinero por parte de Emiratos [cuando reabra Ormuz]”, escribe Paul Donovan, economista jefe del banco de inversión suizo UBS en una nota para clientes. “Para reconstruirse [de los daños causados por los ataques iraníes sobre su territorio], rearmarse y compensar la pérdida de rentas procedentes del turismo y la riqueza nómada”.

Su marcha abre, además, una peligrosa vía de agua en un buque, el de la OPEP, que ya zozobraba por el imparable aumento de los bombeos fuera del club. Sobre todo en América: Estados Unidos, Canadá, Brasil, Argentina y hasta Guyana, que, pese a su minúsculo tamaño, está a punto de alcanzar el millón de barriles diarios de producción.

“El movimiento puede envalentonar a otros miembros para seguir su ejemplo y abandonar la OPEP, o, como mínimo, minar su cohesión”, vislumbra Hamad Hussain, de la firma de análisis Capital Economics. “A fin de cuentas, otros socios, como Irak tienen un largo historial reciente de incumplimiento de las cuotas de producción”.

En un intento casi desesperado por no perder las riendas del todo, el cartel creó hace justo una década un cascarón aún más grande. Lo llamó, sin mucha épica, OPEP+: una versión ampliada del grupo en la que daba cabida, entre otros, a Rusia, Kazajistán, México y Omán. Ni con esas llega al 50% de cuota de mercado mundial. Menos aún con Abu Dabi con las maletas en el quicio de la puerta y con la firme intención de abandonar el hogar petrolero tan pronto como este viernes. Buenas noticias para los países importadores ―buena parte de Asia y Europa, que hoy están pagando un costoso peaje por el cierre de Ormuz―; malas para quienes llevan casi un siglo haciéndose de oro gracias a la lotería del subsuelo.

Con conversaciones en marcha entre Abu Dabi y Washington para lograr un salvavidas financiero que le permita pasar el duro trance de Ormuz, su retirada de la OPEP también se lee como un guiño a un Donald Trump que encara las elecciones de medio mandato con la popularidad por los suelos y que ve cómo la guerra contra Irán se atasca. “Acercará aún más a los Emiratos a EE UU y es una victoria para la Casa Blanca, que venía presionando a los productores de la región para que saliesen el grupo y aumentasen la producción de petróleo”, sostienen Gregory Brew, Firas Maksad y Henning Gloystein, de la consultora geopolítica Eurasia, en un informe exprés. A última hora de este miércoles, el presidente estadounidense ha saludado la “genial” decisión de Abu Dabi.

El último tren

La espantada emiratí también tiene mucho de huida hacia adelante. A nadie, ni siquiera a los más profosiles, se les escapa que el petróleo tiene ―por el bien de todos― un horizonte temporal limitado. Aún pasarán años, pero el principal uso del crudo que hoy se extrae en el mundo ―el transporte de mercancías y pasajeros― está abocado a una electrificación acelerada. Ni rastro del pico de oferta que se temió durante décadas: el pico es de demanda, y no está tan lejano.

Lo que hoy se empieza a atisbar es solo el principio. Antes o después, el crudo quedará restringido al transporte más difícil de electrificar ―el aéreo, quizá― y al gigantesco sector petroquímico ―entre otras cosas, para fabricar plásticos―. Los productores le están viendo las orejas al lobo y Emiratos ha optado por quemar naves ―vender petróleo a espuertas― antes de que sea demasiado tarde. Quiere, en fin, que la porción de la tarta que se quede bajo tierra sea lo más pequeña posible. Es su último tren.

El precedente de la COP

MANUEL PLANELLES

Es muy posible que a Emiratos Árabes Unidos se le vea algo así como a un traidor dentro del bloque de países petroleros que una y otra vez han bloqueado y tirado a la baja los acuerdos en las cumbres climáticas de los últimos años. Ese bloque está encabezado por Arabía Saudí, que pelea sin cuartel para que esos acuerdos se centren en las emisiones de gases de efecto invernadero, pero no mencionen a los combustibles fósiles, principales responsables del calentamiento.

Solo en una ocasión, en los 30 años de historia de las cumbres del clima de la ONU, se logró incluir una mención directa a la necesidad de que los países transiten para dejar atrás los combustibles fósiles. ¿Y en qué cumbre fue? En la que presidió Emiratos Árabes Unidos y que se celebró en Dubái, la COP28. La inclusión de los combustibles fósiles en el acuerdo final vino precedida de una batalla sin cuartel, con la oposición abierta de Arabia Saudí y con pronunciamientos directos en contra de la OPEP. La cumbre la presidió Sultan al Jaber, ministro de Industria. Pero también máximo responsable de ADNOC (Compañía Nacional de Petróleo de Abu Dabi), la octava petrolera del mundo. Sí, pero también, primer ejecutivo de Masdar, una empresa igualmente estatal y dedicada solo a las energías renovables. No hay que olvidar también que Emiratos Árabes Unidos acoge la sede de la Agencia Internacional de las Energías Renovables (IRENA), otro de los demonios para los petroestados más beligerantes y para Donald Trump, que se ha retirado de esa agencia y ha cortado su financiación.

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