Muere Jesse Jackson, activista por los derechos civiles que se presentó a la presidencia de Estados Unidos
El reverendo, protegido de Martin Luther King y líder de la comunidad afroamericana, fallece a los 84 años
El reverendo Jesse Jackson, campeón en la defensa de los derechos civiles y líder de la comunidad afroamericana, que se presentó dos veces a la presidencia pero no obtuvo la designación del Partido Demócrata, murió este martes a los 84 años. Estados Unidos dice así adiós a una figura que ha definido las últimas seis décadas de su política gracias a una carrera de alcance global que echó a andar a la sombra de Martin Luther King, su tutor, a quien vio morir el 4 de abril de 1968 en el motel Lorraine, en Memphis, adonde ambos habían acudido a apoyar una protesta sindical.
Nacido en la zona más deprimida de Greenville (Carolina del Sur) como el hijo de una madre adolescente soltera, Jackson, orador apasionado y predicador carismático, pastor baptista que nunca tuvo su propia congregación, pertenecía a la generación que vivió la brutal segregación racial de la era de Jim Crow en el sur de Estados Unidos.
Era también uno de los últimos eslabones que unían las luchas antirracistas actuales con el despertar de los derechos civiles de los años sesenta de King o del senador John Lewis, fallecido en 2020, a quien le unía su activismo en favor del derecho al voto de las minorías. Sus dos aventuras frustradas rumbo a la Casa Blanca, en 1984 y 1988, no solo abrieron el camino a Barack Obama para convertirse en el primer hombre negro en lograr ser presidente; también pusieron la semilla para iniciativas demócratas progresistas que vendrían después, como las de Bernie Sanders, que lo apoyó las dos veces, o Zohran Mamdani, actual alcalde de Nueva York.
Al frente de su organización, Rainbow PUSH Coalition (la coalición del arcoíris), centró su activismo en la defensa de las minorías y de las clases desfavorecidas entre críticas a su gestión “caótica”. Maestro en el manejo de los medios, sus apariciones públicas quedaron reducidas drásticamente después de que le diagnosticaran párkinson en 2017. En noviembre pasado fue ingresado en el hospital, en la última fase de su parálisis supranuclear progresiva, la enfermedad neurodegenerativa grave que acabó con él y que le impidió intervenir en la arena política en los últimos años.
La familia fue la que dio la noticia de su adiós en la madrugada de este martes (hora de Nueva York, primera hora de la mañana en la España peninsular). “Nuestro padre fue un líder que sirvió, no solo a nosotros sino también a los oprimidos, a los que no tienen voz y a los ignorados en todo el mundo”, afirmó esta en un comunicado que remarcaba que Jackson murió “en paz”. “Lo compartimos con el mundo y, a cambio, el mundo se convirtió en parte de nuestra gran familia. Su inquebrantable creencia en la justicia, la igualdad y el amor inspiró a millones de personas, y les pedimos que honren su memoria continuando la lucha por los valores que él defendía”.
Su muerte desató una cascada de homenajes desde todos los ámbitos de la vida social y política estadounidense; de la excandidata demócrata Kamala Harris al reverendo Al Sharpton, que lleva años postulándose como su sucesor desde su iglesia de Nueva York. El presidente Donald Trump lo recordó en un mensaje en su red social, Truth, como “un buen hombre, con mucha personalidad, coraje y mucha inteligencia callejera”. “Lo conocía bien. (...) Era muy sociable: ¡alguien que realmente amaba a la gente!“, escribió Trump, antes de aprovechar las condolencias para alabarse a sí mismo y atacar a un viejo enemigo, al asegurar que Jackson ”no soportaba" a Obama.
Si bien es cierto que el reverendo criticó en una ocasión (en un micrófono abierto) a Obama, entonces senador de Illinois, durante la campaña que llevó a este último en 2008 a la presidencia, una de las imágenes de Jackson que perdurarán lo muestra el día de la victoria de Obama en Chicago, ciudad en la que pasó buena parte de su vida. En ella, no puede contener las lágrimas por la emoción de ver a un hombre negro convertido en presidente de Estados Unidos.
La vida política de Jackson comenzó a los 24 años, cuando participó en 1965 en la legendaria marcha de Selma, aquel “domingo sangriento” que acabó en una brutal represión de la policía racista de Alabama. Fue al principio de su estrecha asociación con King —que, como él, era también ministro baptista—, que perduró hasta el final. En una entrevista concedida a EL PAÍS en 2018, en el 50º aniversario del asesinato de King en Memphis, Jackson declaró: “Nuestra gran arma es el voto. Esa fue la lección que nos enseñó Martin Luther King”.
Jackson se postuló para la designación presidencial demócrata en 1984 y 1988, y atrajo a votantes afroamericanos y a muchos progresistas blancos. En ambos casos, esos apoyos no fueron suficientes. La primera vez quedó tercero en las primarias, tras un desafortunado comentario racista sobre la comunidad judía de Nueva York. En 1988 tuvo que conformarse con la segunda posición.
En las primarias de 1984, cuando el Partido Demócrata buscaba candidato para enfrentarse al republicano Ronald Reagan, entonces presidente, Jesse Jackson obtuvo 3,3 millones de votos (el 18% de los emitidos). Ganó esa elección interna Walter Mondale, que después perdió con estrépito las elecciones contra Reagan. En 1988, con una campaña más convencional, Jackson se impuso en 11 primarias y caucus estatales, acumulando 6,8 millones de votos (el 29%), pero fue vencido por Michael Dukakis, que se mediría finalmente como candidato con el republicano George H. W. Bush.
El reverendo nunca ocupó un cargo electo, más allá del tiempo en el que fue “senador en la sombra” por Washington, ciudad en la que tenía casa. Dos de sus cinco hijos sí han servido en el Capitolio como congresistas. En 2001 se supo que había sido padre, fuera del matrimonio, de una niña, fruto de una relación con una de sus empleadas.
Tras esas aventuras políticas fallidas, Jackson fue en los años noventa enviado especial a África del demócrata Bill Clinton, que en 2000 lo distinguió con la Medalla Presidencial de la Libertad. Su trabajo más allá de Estados Unidos, donde abogó por la discriminación positiva, lideró campañas para luchar contra la epidemia del crack de los años ochenta y presionó para la incorporación de voces negras en los medios y en los órganos de dirección de las grandes empresas, lo convirtió en un icono global, también de la defensa de la causa palestina. Fue asimismo fundamental para lograr la liberación de ciudadanos estadounidenses y otras personas detenidas en el extranjero en lugares como Siria, Cuba, Irak y Serbia.
Tras décadas en la trinchera antirracista, Jackson seguía considerando que aún quedaba mucho camino por recorrer en Estados Unidos, incluso después de que este fuera un país capaz de elegir a un hombre negro, Obama, para regir sus destinos. “Hemos sido lentos en reconocer que somos una nación posgenocidio, posesclavitud y poslinchamiento. Los sureños creían que éramos solo un país y una religión de blancos. La otra visión era más global. Y los negros estaban en medio de esa lucha, como lo seguimos estando hoy”, dijo a este diario en otra entrevista en junio de 2018.
Finalmente, su hora le llegó mientras Estados Unidos celebra, como cada febrero, el Mes de la Historia Negra. Aunque este año, con Trump en la Casa Blanca embarcado en una reescritura de la herencia racista de Estados Unidos, no sea un febrero cualquiera. La actual Administración está poniendo en duda el legado de Jackson y de los que, como él, nacieron en el Sur segregado, contribuyeron a forjar la era de los derechos civiles y siguieron luchando hasta el final. La enfermedad que acabó con su vida también le impidió levantar su voz por última vez contra el borrado de su historia.