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DE MAR AMAR COLUMNA i

Maduro y el neoliberalismo del siglo XXI

El mandatario venezolano se enfrenta a una dura lista de recortes

bachelet venezuela
Michelle Bachelet, junto a Juan Guaidó, durante su visita a la Asamblea Nacional de Venezuela. AFP

El chavismo encontró a su peor enemigo. Un peligro mucho más corrosivo que Donald Trump y su amenaza militar: el desabastecimiento de productos indispensables para los venezolanos. Para enfrentarlo, el logorreico Nicolás Maduro comenzó a ensayar una receta sobre la cual guarda silencio. Hace semanas inauguró un severísimo ajuste.

Un programa ortodoxo con el que se regodearían los expertos más severos del Fondo Monetario Internacional. De facto, casi sin resoluciones, el socialismo del siglo XXI se aventura por un sendero inesperado: el del neoliberalismo del siglo XXI. Una novedad inicial es que el gasto público comenzó a incrementarse por debajo de la altísima tasa de inflación. En términos reales, baja.

Es el imperio de la necesidad: caen las erogaciones porque caen los ingresos y caen los ingresos porque se derrumba la producción de petróleo.La principal víctima son los trabajadores públicos. El Estado es el único empleador que atrasó los sueldos en relación con la inflación, que el año pasado fue, según el Banco Central, de 130.000%. Esta tendencia le permite a la autoridad monetaria reducir la emisión, que es uno de los motores de la inflación.

También fueron aumentados en un 100% los encajes bancarios, por lo que se contrajo la cantidad de bolívares a disposición del público.El Banco Central suspendió también el control de cambios. El 21 de mayo pasado, sin hacer ruido, autorizó a las entidades bancarias a establecer mesas de cambio a través de las cuales deben deshacerse del 80% de sus posiciones en moneda extranjera. El 20% restante deberán destinarlo a operaciones entre bancos. Esta decisión completa otra de comienzos de año. El 26 de enero pasado, el Banco Central habilitó Interbanex, una plataforma privada de compra-venta de dólares.Como todo proceso hiperinflacionario, el venezolano registra una dolarización fáctica de la economía.

La gente huye de un bolívar devaluado y fija sus transacciones en la moneda estadounidense. Lo asombroso es que, lejos de desalentar esa conducta, el Gobierno la alienta. Desde los médicos hasta los mecánicos de automóviles cobran en dólares sin ninguna restricción. Entre estas innovaciones silenciosas está también la anulación de la Superintendencia Nacional para la Defensa de los Derechos Socioeconómicos (Sudden).

Esta oficina, que ejercía el control de precios hasta llevar a la cárcel a algunos supermercadistas, ahora mira hacia otro lado los aumentos del arroz, el café, las pastas o la leche. Esos productos estaban desapareciendo del mercado. Una tímida apertura comercial de las fronteras físicas acompaña esta política. El giro de Maduro ya se refleja en las estadísticas, que el Banco Central vuelve a publicar. Según el economista Asdrúbal Oliveros, de la consultora Ecoanalítica, las estratosféricas tasas de inflación del 100% mensual descendieron hasta estratosféricas tasas de alrededor del 35% mensual. Las consecuencias del torniquete monetario y la progresiva liberación de precios son imaginables: una caída dramática en un nivel de actividad ya muy deteriorado. Maduro vivirá atrapado entre una recesión que avanza y una inflación que no termina de ceder.

Es el peor de los mundos, salvo que se lo compare con la pérdida del poder.El régimen venezolano intenta sin estridencias este durísimo programa como un nuevo salvataje, mientras busca oxígeno internacional. Consiguió que la alta comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, Michelle Bachelet, visitara Caracas y se reuniera con Maduro, quien es desconocido como presidente por más de 50 países.

Entre ellos, Chile. Bachelet hizo equilibrio, como cuando era presidenta. En ese entonces debió evitar una condena categórica del régimen venezolano condicionada, sobre todo, por sus aliados comunistas. Pero estuvo entre los fundadores del Grupo de Lima, la liga americana que con mayor dureza denunció el autoritarismo de Maduro. Después de su visita, la socialista Bachelet lamentó el deterioro de la situación humanitaria en Venezuela. Pero no consiguió la liberación de presos políticos. Son 730, de los cuales en los últimos tiempos sólo una veintena recuperó la libertad.

El gran aliado del dictador sigue siendo Trump, quien, más interesado por su suerte electoral que por la peripecia de los venezolanos, mantiene una brumosa presión militar sobre Venezuela. Su vocero más persuasivo, el jefe del Comando Sur del Pentágono, Craig Faller, inició ayer una visita por Argentina y Chile, en el centro de cuya agenda está la cuestión de Venezuela.El curso que eligió Trump es cada vez más divergente del resto de la comunidad internacional interesada en una salida democrática. Sebastián Piñera, el sucesor de Bachelet, auspició desde su cancillería un seminario que analizó, el domingo pasado, con la presencia de opositores a Maduro, la transición posterior a Pinochet. Es un modelo que entusiasma a muchos militares que imaginan su continuidad después de la caída del chavismo.

Al mismo tiempo, la Unión Europea, en una perspectiva también distinta a la de Trump, designó al eminente Enrique Iglesias para asesorar sobre Venezuela a la Alta Representante para la Política Exterior, Federica Mogherini. Y un país ajeno a la Unión, como Noruega, se ofreció para una mediación entre delegados de Maduro y del presidente interino, Juan Guaidó. Al trascender, el ensayo perdió efectividad.Maduro intenta tomar oxígeno a través de estos nuevos experimentos diplomáticos. Debe apresurarse. Con la tenaza de la hiperinflación y la recesión puede terminar estrangulado.

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