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ANÁLISIS

El gran día de Ortega I de Nicaragua

La victoria electoral del antiguo comandante sandinista lejos de mostrar la salud democrática del país centroamericano es síntoma de su descomposición

Elecciones en Nicaragua 2016
El comandante Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, tras votar el domingo en Managua.

No le han hecho falta mítines ni debates ni tan siquiera campaña. El triunfo electoral de Daniel Ortega ha sido tan previsible como su candidatura. Ilegalizada la única oposición real, barridos los observadores internacionales, controlados todos los resortes del poder, era imposible que el antiguo comandante sandinista perdiese los comicios de este domingo. El desenlace estaba escrito de antemano e incluso el porcentaje de la victoria, ese masivo 72% que le han otorgado las urnas, importaba poco. Lo grave, lo vital, lo único, era su continuidad. Y ese objetivo se ha logrado. Aunque a un alto coste.

Las elecciones han destapado la peligrosa descomposición democrática que sufre Nicaragua. A lo largo de los últimos años, Ortega, esclavo de su ambición, ha pervertido el sistema y lo ha llevado a la caricatura. Ha impuesto la reelección indefinida, uno de los cánceres más lesivos de Latinoamérica, y ha corrompido la división de poderes hasta el punto de elevar a un muerto a la presidencia del Parlamento. Este cuadro lo ha completado con el nombramiento de su esotérica esposa, la “eternamente leal compañera” Rosario Murillo, como futura vicepresidenta.

El desmán bordea el delirio. La compañera Murillo ha sembrado Managua de mistéricos árboles de la vida y los discursos oficiales funden a Dios, la felicidad y el socialismo. Pero pocos, muy pocos, han levantado la voz en este rincón olvidado de Centroamérica. No hay una protesta organizada ni manifestaciones masivas. Poderoso e intocable, la calma reina a los pies del antaño comandante marxista. Y no es casual. Ortega, desde que en 2006 volvió a la presidencia tras 16 años de oposición, ha sabido jugar sus cartas con maestría. Heredó un Estado sin apenas deuda ni déficit y, con ayuda del oro venezolano, desarrolló un vasto proyecto asistencial y creció en popularidad. Pero su gran éxito, y la causa última de su reelección, fue ganarse como aliados a sus antiguos enemigos: la Iglesia y el capital. A los primeros les pagó con la prohibición absoluta del aborto y su propia conversión en apóstol cristiano. Y a los segundos, les cedió el gobierno económico. La patronal, transformada en ministerio, ha dado luz en diez años a 105 leyes de corte liberal. En esta sopa simbiótica, la oligarquía, tras el escalofrío revolucionario de los años ochenta, se ha vuelto a sentir cómoda y, en ningún caso, quiere una vuelta atrás. El Comandante es su garantía de beneficio.

Con estos vientos, Ortega emprende a sus 70 años su cuarto mandato como presidente. En el horizonte inmediato no se advierte ninguna escollera. Pero la tormenta anda cerca. El agigantamiento de la presencia rusa en suelo nicaragüense ha despertado todo tipo de sospechas en la comunidad occidental. Y las maniobras del comandante para asegurarse el triunfo electoral le han hecho perder la careta democrática. Obispos y empresarios le han recriminado sus excesos con la oposición, y Estados Unidos está a punto de poner en marcha un potente mecanismo de sanciones, la llamada Nica Act, por sus constantes violaciones de las reglas del juego.

Pero posiblemente el mayor riesgo para el orteguismo se oculta en su propio buque. La vieja guardia sandinista, con el poderoso Humberto Ortega a la cabeza, no acepta la entronización de la compañera Murillo ni la creación de una línea dinástica. En el interior del régimen se está desarrollando un soterrado pulso del que poco se sabe pero que, en caso de enfermedad o retirada del líder, puede desembocar en un giro histórico. Es una posibilidad, acariciada por la oposición, aunque lejana y difícil. De momento, en la soleada y tropical Managua, lo previsible se ha hecho realidad. El comandante Daniel Ortega ha vuelto a triunfar.

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