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Día de Muertos
Crónica
Texto informativo con interpretación

Muertos y turistas en Mixquic

Visitantes mexicanos y extranjeros colapsan uno de los puntos turísticos más relevantes del día de muertos, el panteón de San Andrés Mixquic

La celebración del día de muertos en Janitzio, Michoacán.Vídeo: INSTAGRAM | VIDEO: EL PAÍS
Pablo Ferri

En la noche en que los muertos vuelven, los turistas comparten su espacio. El cementerio de San Andrés Mixquic, en los confines de la Ciudad de México, resplandece entre los flashes de las cámaras de fotos. Clic, clic, clic. “Aquí yace Jesús Tepakepe Jiménez, recuerdo de su esposa e hijos. Descanse en paz”. La imagen del vivo y el muerto bajo tierra, un instante que ya se fue, el presente muerto. Las fotos de tumbas no dejan de ser irónicas.

En el día de muertos, el panteón de Mixquic es la sede de la Superbowl. Miles de forasteros acuden peregrinamente a visitar las tumbas. Es un punto de visita obligatorio estos días. Tradicional, pintoresco, auténtico, una muestra del México rural a dos horas del centro de la capital. Un reportero de TV Azteca dice que nunca había visto tantos, que casi no hay gente del lugar, que hay mucho güero.

La secretaría de turismo de la capital instala un hilo blanco entre la puerta y la entrada de la iglesia. Por un lado van y por otro vienen. Unos se dirigen a la iglesia, otros al camposanto, en la parte de atrás. Allá, algunos pisan el pasto entre las tumbas como con temor, con un evidente e inefable respeto. Otros se elevan sobre las lápidas. Quieren ver mejor. Un niño mexicano dice: “estamos pisando las tumbas”. Un adulto que va con él, contesta: “¿Y qué? Están muertos”.

Cada principio de noviembre, los muertos mexicanos visitan a sus familias. Los vivos preparan un altar para agasajarles: fotos de los visitantes, cigarros –si les gustaban–, dulces, fruta… Es la ofrenda. Un sendero de flores naranjas y amarillas marca el camino de la puerta de la casa al mismo altar. Para que no se pierdan.

Turistas y muertos conviven en Mixquic, igual que los nachos con el fútbol americano. Para que no se pierdan, los vecinos ayudan a los de afuera. Instalan su enorme mercadillo en la barda exterior del cementerio. Mientras no se salgan de ahí, no habrá ningún problema. En el tianguis todo es a lo grande. Parece un homenaje al estado natural de la ciudad, la aglomeración; como una celebración del comercio informal que ocupa eternamente el espacio público. Las brochetas de carne miden medio metro. Los tacos se venden en órdenes de cinco y siete. Huele a nata, mantequilla, canela, salsa barbacoa. No hay alcohol, se impone la ley seca. A recordar por los de allí, la prohibición solo impera en jornadas electorales. Parece que los políticos y los muertos no quieren a los borrachos.

A falta de la noche grande, la del 2 de noviembre, una ofrenda domina el horizonte en el camposanto. Tiene forma de pirámide. Los curiosos la observan y cuchichean en ruso, francés, inglés y español de Colombia. Una mujer, mexicana, pregunta a otra: “¿Y eso qué es, el altar mayor?”. No, dice la otra, es la ofrenda mayor, la gente de aquí “se la pone a sus muertitos”. Y entonces la primera hace una foto. Al otro lado, junto a la iglesia, otro grupo de turistas mira fascinado un set de televisión. Dos focos gigantescos apoyados en sendos túmulos iluminan al reportero, que entrevista a una mujer vestida de catrina junto a un mausoleo. Una señora rusa dice “wow”. Le saca otra foto.

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Sobre la firma

Pablo Ferri
Reportero en la oficina de Ciudad de México desde 2015. Cubre el área de interior, con atención a temas de violencia, seguridad, derechos humanos y justicia. También escribe de arqueología, antropología e historia. Ferri es autor de Narcoamérica (Tusquets, 2015) y La Tropa (Aguilar, 2019).

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