La oleada de autoritarismo planetario: aquí no puede ocurrir
Economistas y politólogos creían que la democracia no se podía expulsar de los países ricos, pero esa idea cada vez pierde más fuerza
Tesis: el desarrollo económico es el principal mecanismo de estabilización de una democracia; alcanzado un cierto nivel de riqueza, los incentivos para subvertir las instituciones democráticas se reducen mucho. La democracia no es expulsable de los países ricos. Así lo ha desarrollado —acudiendo a grandes series estadísticas históricas— uno de los más interesantes politólogos de nuestro tiempo, el polaco instalado en EE UU ...
Tesis: el desarrollo económico es el principal mecanismo de estabilización de una democracia; alcanzado un cierto nivel de riqueza, los incentivos para subvertir las instituciones democráticas se reducen mucho. La democracia no es expulsable de los países ricos. Así lo ha desarrollado —acudiendo a grandes series estadísticas históricas— uno de los más interesantes politólogos de nuestro tiempo, el polaco instalado en EE UU Adam Przeworski, que tan buenos alumnos ha dejado en España. Desde otro punto de vista es parecido a lo que ha investigado el premio Nobel de Economía indio Amartya Sen: la relación entre riqueza y democracia no es un argumento determinista de que un rico pueda técnicamente volverse autoritario, pero sí una defensa empírica de que la democracia es esencial para la prosperidad y una parte integrante del desarrollo.
¿Qué pensarán ambos de lo que ocurre en EE UU bajo la segunda legislatura de Trump? Conocemos claramente la opinión de Przeworski, profesor emérito de la Universidad de Nueva York, porque ha publicado un texto (Los diarios de ‘Pérez’. La agonía de la democracia en EE UU, Escritos Contextatarios) sobre los primeros seis meses del gran matón. El politólogo se imagina cómo habría sido su vida hoy si se hubiera llamado Adam Pérez, como le pusieron sus compañeros chilenos hace varias décadas, cuando jugaban al fútbol con él y apocoparon su difícil apellido y lo sustituyeron por el más simpático de “Pérez”, por las tres primeras letras de su apellido. Estaría en peligro en muchas ciudades estadounidenses dadas las razias a que son sometidos los emigrantes por parte del ejército policial paralelo de la Administración de Trump. Pérez sufre angustia, pavor y perplejidad, según explica uno de sus alumnos, el profesor Ignacio Sánchez Cuenca: angustia por los miles de “Pérez” detenidos y expulsados de EE UU, pavor por el destrozo institucional del país, y perplejidad porque algo así, según sus teorías de la democracia, no podría ocurrir en un país con el nivel de desarrollo de Estados Unidos.
Buscar épocas análogas nos remonta, en la realidad, a los años cincuenta, los del macarthismo: el senador Joseph McCarthy denunció una fuerte infiltración comunista en la Administración, en las fábricas y en los aparatos culturales estadounidenses: muchos ciudadanos fueron interrogados públicamente, condenados, se elaboraron listas negras en Hollywood entre directores, guionistas y actores que no pudieron volver a trabajar. Se violaron todo tipo de derechos civiles. Era el contexto de la Guerra Fría.
En la ficción, en la primera década de este siglo, Philip Roth escribió la novela titulada La conjura contra América que parece premonitoria de la era Trump. En el argumento es el año 1940: Charles Lindberg, un aviador iletrado, aislacionista y antisemita, portavoz de un comité denominado “América primero” y admirador de Hitler, gana las elecciones presidenciales a Roosevelt, el demócrata que había derrotado a la Gran Depresión y había puesto a EE UU en la pista de la victoria de la Segunda Guerra Mundial.
Un resumen de todo ello está en el discurso de Trump sobre el estado de la Unión de la pasada semana. En él, el más largo de la historia, no hubo apenas menciones a Europa. Trump parece haber adjudicado ya a nuestro continente el papel de perdedor en el “juego del gallina”. Ya saben, uno de los contendientes se mantiene en sus posiciones intransigentes, inamovibles, defendiendo sus posturas, mientras el otro se asusta porque cree que las consecuencias de la confrontación llevan a la catástrofe. Europa y Von der Leyen juegan el papel de James Dean en Rebelde sin causa. Si Trump está desmontando pieza a pieza la democracia americana, la cuestión es en qué momento se debe organizar la política de resistencia. Pérez piensa en los mecanismos que podrían frenar la deriva autoritaria: ¿la opinión pública?, ¿los mercados?, ¿las protestas en la calle? Pero apenas cree ya que los célebres frenos y contrapoderes de la Constitución puedan ser un remedio eficaz.
Quizá las elecciones de medio mandato en el próximo otoño sirvan para aclarar un poco las cosas.