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La (improbable) integración política de la UE es vital

El balance de la situación mundial es amargo: China busca un orden mundial chinocéntrico, Estados Unidos está liquidando su democracia, los regímenes autoritarios avanzan y la sociedad civil no parece oponer mucha resistencia. Ante este desolador panorama, Europa debe pensar en volar sola y más unida. Es cuestión de supervivencia

La invasión rusa de Ucrania ha provocado, entre otras cosas, una percepción tardía entre la población europea de la profunda transformación que se está produciendo en la situación mundial. No obstante, ese cambio llevaba ya tiempo gestándose a consecuencia del de...

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La invasión rusa de Ucrania ha provocado, entre otras cosas, una percepción tardía entre la población europea de la profunda transformación que se está produciendo en la situación mundial. No obstante, ese cambio llevaba ya tiempo gestándose a consecuencia del declive de Estados Unidos, la superpotencia del siglo XX. Una señal de alarma ya fue el giro repentino en el estado de ánimo de la sociedad civil estadounidense tras el 11 de septiembre de 2001. Este cambio de actitud que desató el miedo en la población se vio agravado por la retórica del Gobierno del entonces presidente George W. Bush y su implacable y belicoso vicepresidente.

Todo el mundo parecía sentir en primera persona el peligro acechante del terrorismo internacional. En el contexto de la propaganda que propugnaba la guerra contra Sadam Husein e Irak, en violación del derecho internacional, el cambio de actitud se afianzó y se radicalizó. Desde el punto de vista institucional, ese giro afectó en primer lugar al sistema de partidos. Ya durante la década de los noventa, bajo el liderazgo de Newt Gingrich [que presidió la Cámara de Representantes de EE UU], no solo se había transformado profundamente la práctica del Partido Republicano, sino también la composición social de sus seguidores. Sin embargo, las tendencias que propugnaron un cambio aún mayor y, al parecer, prácticamente irreversible del sistema político en su conjunto solo se impusieron después de que el presidente Obama decepcionara a quienes habían esperado un giro radical en la política exterior de Estados Unidos.

China busca un orden mundial ‘chinocéntrico’

Actualmente, el debilitamiento de la posición internacional de la antigua superpotencia es ya innegable, como quedó de nuevo patente en la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (la APEC) celebrada en Corea del Sur a finales de octubre: los aliados de Estados Unidos, movidos por la inquietud, buscan ahora también acuerdos con otros vecinos más neutrales o con una mayor dependencia de China. Y parece ser que, tras la partida prematura del presidente estadounidense, más interesado en cerrar tratos rápidos que en afianzar la influencia a largo plazo de EE UU, el presidente chino, Xi Jinping, marcó el rumbo de la reunión promocionando su concepción de una sociedad mundial multicultural bajo el liderazgo de China.

Desde que la República Popular China se incorporó a la Organización Mundial del Comercio los sucesivos gobiernos demostraron su inteligencia al aspirar a convertir su país en una gran potencia económica. Pero solo con la llegada al poder de Xi Jinping en 2012 se convirtió en su objetivo declarado, presentado con cierta “agresividad defensiva”, el sustituir el régimen liberal de comercio mundial por un orden político mundial chinocéntrico. Con el proyecto de la Ruta de la Seda, China llevaba ya tiempo persiguiendo objetivos estratégicos y de seguridad de mayor alcance. Los principales beneficiarios fueron Rusia, Pakistán, Malasia e Indonesia. Pero China se ha convertido además en el mayor donante de fondos para países emergentes y en desarrollo. En general, un indicio del cambio de poder a escala internacional es que, en términos geopolíticos, los conflictos decisivos se concentrarán en el futuro en el sudeste asiático.

Será interesante observar cómo afectará la llegada al poder de Trump a la política interior de Taiwán. Pero, aparte de ese foco de conflicto, aquí no solo se enfrentan, por un lado, China y sus aliados regionales y, por otro, Estados Unidos y los países de la región de inclinación occidental, es decir, sobre todo Japón, Corea del Sur y Australia. En esa misma región, también la India aspira ahora a convertirse en una potencia mundial. Y los cambios en el equilibrio de poder geopolítico no solo se están produciendo en el Pacífico, sino que se detectan también en el auge de potencias de tamaño medio, como Brasil, Sudáfrica o Arabia Saudí, que aspiran con empaque a lograr una mayor independencia.

En EE UU se está liquidando por vía democráticamente legitimada la democracia más antigua del mundo

Muchos de esos países emergentes aspiran a ser admitidos en el grupo informal y ahora ampliado de los BRICS. Los profundos cambios geoeconómicos del orden económico liberal mundial también parecen apuntar al fin de la hegemonía occidental establecida por EE UU tras el final de la II Guerra Mundial. Y no es que este orden comercial mundial regulado, llevado al límite por el propio Trump, pueda liquidarse fácilmente, como se ve hoy en la interesante disputa sobre el abastecimiento de tierras raras. Pero nada ilustra mejor las ahora ya habituales restricciones al comercio mundial por razones de seguridad que la reciente decisión del Gobierno alemán, campeón mundial de las exportaciones, de ayudar con fondos públicos a su industria siderúrgica, que ya no es competitiva en el ámbito internacional.

Aunque estos cambios en las relaciones de poder geopolítico se venían gestando desde hace ya tiempo, y aunque al comienzo de la guerra de Ucrania no se podía descartar en absoluto una reelección de Trump, los gobiernos occidentales no comprendieron, tras la invasión rusa de Ucrania, que, ya que no habían logrado evitar el conflicto, al menos deberían haberle puesto fin durante el mandato de Joe Biden. Entretanto, con el segundo mandato de Trump se ha producido lo que venía anunciándose desde hace tiempo en el programa de la Heritage Foundation: la liquidación ya prácticamente irreversible del régimen liberal-democrático más antiguo, siguiendo un patrón que ya habíamos visto en Europa con el caso de Hungría y otros países.

Estos regímenes autoritarios de nuevo corte no se deben a las circunstancias especiales de una liquidación fallida de las formas de gobierno postsoviéticas, sino que son los precursores de la liquidación democráticamente legitimada de la democracia más antigua del mundo y de la rápida creación y expansión de una forma de gobierno libertaria-capitalista administrada por un equipo de tecnócratas.

La cobardía de una sociedad civil que apenas opone resistencia

En EE UU observamos esa misma transición de un “sistema” a otro, que avanza de manera no especialmente sigilosa, sino más bien discreta, ante una oposición más o menos paralizada. Las últimas o penúltimas elecciones democráticas fueron el inicio largamente anunciado de la rápida expansión arbitraria y autocrática de un poder ejecutivo ya en sí recortado y depurado. Trump hace uso abusivo de esta tendencia al tiempo que desdeña las reticencias de un sistema judicial en proceso de desintegración y gradualmente socavado desde las altas esferas.

El presidente ha comenzado por arrogarse los poderes legislativos del Parlamento con su rigurosa política arancelaria, e intenta restringir gradualmente la independencia de la prensa y del sistema universitario. A continuación, se ha dedicado a intimidar a la oposición desplegando por iniciativa propia a la Guardia Nacional en grandes ciudades como Los Ángeles, Washington y Chicago. Su mera presencia apunta ya a la voluntad del Gobierno de recurrir si fuera necesario al ejército, cuyos rangos superiores le son ya sumisos, para cargar contra sus propios ciudadanos. Y, mientras que en el marco de la UE el sistema de partidos y las elecciones democráticas siguen estando protegidos incluso en países autoritarios como Hungría (o, en su momento, Polonia), su devenir en Estados Unidos es, de momento, incierto.

La resistencia real, cuando existe, es únicamente gratuita y dirigida contra Israel

Tras los últimos tímidos éxitos electorales de los demócratas, Trump se dedica a marginar y menoscabar a la oposición política a base de denuncias. En política exterior, como demuestran sus arbitrarias acciones militares contra los contrabandistas frente a las costas de Venezuela, tampoco le preocupa demasiado el derecho internacional. El fenómeno más sorprendente y hasta ahora inexplicable de esta toma de poder sigilosa pero decidida es la pusilanimidad de una sociedad civil que, en gran medida, no opone resistencia; por no hablar ya de la actitud conformista de estudiantes y profesores, que hasta hace poco llevaban al extremo en sus campus la resistencia gratuita frente a la supuesta potencia colonial israelí.

Y no insinúo con ello que nosotros fuéramos a reaccionar de otra manera. Hasta la fecha, sigo sin ver ningún indicio convincente de un cambio de rumbo en el camino emprendido hacia un sistema social políticamente autoritario gestionado por tecnócratas, pero económicamente libertario. De hecho, los posibles sucesores de Trump defienden una “visión del mundo” aún más cerrada que la del presidente, un narcisista patológico, orientado al “beneficio” y la satisfacción personales a corto plazo, que prefiere ser magnate y premio Nobel de la Paz antes que político visionario.

Para sustentar las reflexiones expuestas hasta ahora, las únicas competencias que puedo esgrimir son las de un lector de periódicos. Estos me interesan sobre todo respecto a la cuestión de las consecuencias para Europa, en la situación actual, del cambio de equilibrio geopolítico y de esa división política de Occidente que se viene gestando desde hace ya tiempo. A continuación, parto de la base de que, salvo contadas excepciones, los Gobiernos de la UE y de sus Estados miembros siguen teniendo de momento la firme voluntad de atenerse a los fundamentos normativos de sus constituciones respectivas y las prácticas correspondientes. Su objetivo político debe ser, por tanto, reforzar su peso, de modo que la UE pueda afirmarse como actor autónomo en la política y la sociedad a escala mundial, independientemente de Estados Unidos y de compromisos con dicho país o con otros Estados autoritarios que contravengan este sistema.

Sin embargo, en lo que respecta a la continuación de la guerra en Ucrania, “nosotros”, si se me permite hablar desde esta perspectiva europea, seguimos dependiendo del apoyo de EE UU, ya que de otro modo no disponemos de la tecnología necesaria para el reconocimiento aéreo. Sin el apoyo de EE UU no se podría mantener el frente ucraniano. Pero ese país, que ya no desempeña normativamente el papel declarado por Biden de brindar legítima asistencia a Ucrania conforme al derecho internacional y, en el mejor de los casos, le suministra armas financiadas por Europa (por Alemania, de hecho), se ha convertido en un socio impredecible para sus aliados.

Ya solo por esta razón, también nosotros estamos interesados en alcanzar el rápido alto el fuego que persigue el Gobierno ucranio. Pero eso conlleva una desafortunada consecuencia para Europa que hasta ahora no se ha abordado: la UE no puede alejarse políticamente de Estados Unidos, ahora miembro pasivo de la OTAN que, por así decirlo, ha dado un paso atrás. La consecuencia es que “Occidente” todavía sigue actuando de forma conjunta, aunque ya no hable con una sola voz desde el punto de vista normativo. La guerra de Ucrania obliga a la UE a mantener su vínculo con EE UU en el marco de la OTAN, que, debido al cambio de régimen iniciado por su miembro más importante y hasta la fecha líder de la Alianza, ya no puede invocar de forma creíble los derechos humanos para justificar su apoyo militar a Ucrania.

Quienes hayan escuchado el último discurso de Trump ante la Asamblea General de la ONU deben admitir que la retórica utilizada desde el primer día del conflicto por Occidente, entonces aún unido, para justificar en virtud del derecho internacional su apoyo a una Ucrania invadida ha perdido todo su valor. Los únicos que no se ven afectados por esta embarazosa situación son los originariamente 30 países que, más allá de la UE, pero con independencia de EE UU, se unieron bajo el liderazgo de Francia y Gran Bretaña para asistir a Ucrania. Y es una ironía, espero que involuntaria, que ese grupo de países se haya autodenominado “coalición de voluntarios”, el mismo nombre con el que George W. Bush, con la ayuda del primer ministro británico, pero en contra de los deseos de Francia y Alemania, forjó una alianza para apoyar su invasión de Irak en contravención de los preceptos del derecho internacional.

Angela Merkel ignoró fríamente a Francia. Qué hipócritas eran y siguen siendo sus palabras

Tras esbozar esta nueva situación de un Occidente dividido, paso a mi pregunta principal: ¿es realista aspirar a una concordancia política más amplia en el seno de la UE para que esta sea reconocida en el contexto de la sociedad mundial no solo como uno de los socios comerciales más importantes en materia económica, sino como un sujeto propio, capaz de afirmarse políticamente y de actuar por sí mismo?

Aunque los Estados miembros más recientes en el este de la UE son los que más claman por el rearme, son también los menos dispuestos a limitar su propia soberanía nacional para lograr ese fortalecimiento común. Por ello, la iniciativa debería partir de los principales países occidentales de la Unión (aunque el Gobierno de Meloni tampoco la asumiría). Y, hoy en día, dada la actual debilidad de Francia, ese papel recaería fundamentalmente en Alemania. La construcción de una defensa europea común, ya en curso, podría generar el impulso inicial para lograrlo.

El Bundestag ha aprobado ya los fondos para llevar a cabo una ampliación y un desarrollo considerables del ejército alemán, aunque no me interesa aquí el cuestionable argumento del supuesto riesgo actual de un ataque ruso contra la OTAN. El Gobierno alemán aspira a crear “el ejército más fuerte de Europa” bajo las premisas de los tratados existentes, es decir, en el marco de sus competencias nacionales. Con ello perpetúa la hipócrita política europea practicada ya por Angela Merkel: pese a una retórica siempre favorable a Europa, en las últimas décadas rechazó diversas iniciativas de Francia a favor de una mayor integración económica, la última de ellas manifestada con vehemencia por el entonces recién elegido presidente francés Macron.

Pero también el canciller Merz, digno discípulo de Schäuble, se cierra en banda ante los eurobonos. No existen indicios fundados de que el Gobierno alemán esté tomando medidas serias para lograr una Unión Europea capaz de actuar en la escena mundial.

Sin duda, en vista del auge que cobra a diario el populismo de derechas en todos nuestros países, la largamente esperada medida a favor de una mayor integración de la UE para que esta pudiera actuar en el ámbito mundial encontraría a priori un apoyo aún más exiguo que hasta la fecha. De hecho, en la mayoría de los Estados miembros occidentales de la Unión, los movimientos políticos internos a favor de descentralizar o revertir la UE, o al menos debilitar las competencias de Bruselas, son más fuertes que nunca. Por eso es probable que Europa sea ahora menos capaz que nunca de desvincularse de la hasta ahora figura de liderazgo de Estados Unidos. El gran desafío consistirá entonces en lograr mantener en medio de esta vorágine su identidad normativa y su talante todavía democrático y liberal.

Al final de una vida política más bien favorecida por las circunstancias, no me resulta fácil llegar a esta conclusión implorante, pero lo cierto es que una mayor integración política, al menos en el núcleo de la Unión Europea, nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha resultado tan improbable.

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