El problema de guardar media manzana en la nevera
Más que rechazar el marrón o sufrir por el plástico, estamos abandonando la era del comer y entrando en la del picotear.
Antes de que esté rica, hoy esperamos de la comida que venga en unidades manejables que no nos comprometan.
Hay quien busca el secreto para evitar que media manzana en la nevera se ponga marrón. La respuesta que más circula es bañarla en zumo de limón, para así evitar, de paso, tener que recurrir al film transparente de plástico. Quedo aturdida de incredulidad ante razonamientos de este tipo.
Algunos andan por la vida con una consciencia climática de primera categoría y un sentido del deber digno de admirar, pero hambre, la justa para media manzana. Ni un gramo más.
El posible y previsible cambio de color de la fruta, allí donde el cuchillo ha dejado su carne a la intemperie, se soluciona con tres mordiscos, pienso. Pero, ¡ah! El corazón quiere lo que el corazón quiere, y lo desea no sólo en su justa cantidad sino de un color concreto y una tonalidad precisa e inmutable.
Rociar una manzana con limón para que no cambie de color es una decisión que sólo me explico justo ahora, durante el mes que atravesamos, un tiempo en el que cualquiera que tenga un limonero con un poco de vigor en el jardín vive agobiado, sepultado en un montículo de limones, buscando desesperadamente nuevos usos para darles salida, y a algún incauto a quien endosarle un par de bolsas.
¿Qué gracia tiene comerse una manzana con sabor a limón? ¿No es más grave esto, que no que la fruta se haya amarronado un poco, sólo por los bordes, y a fin de cuentas ligerísimamente, el día o las horas que pueda tardar en desaparecer? Porque, ante un hambre que dibuja una frontera así de estricta, la solución al problema llega, inexorablemente, sola. Después de la comida siempre viene la merienda. Después de la merienda, la cena. Y luego, vuelta a empezar.
Pero, no. Esta hambre exigua, evanescente y caprichosa, quiere una manzana que la satisfaga plenamente, ni más ni menos, e intachable, ahora. Y más tarde, cuando despierte de nuevo, va a querer una manzana igual de recién estrenada. Incorrupta.
Miramos con desdén el marrón, no porque pequemos de conservadores o sigamos siendo, en el fondo, cazadores recolectores en estado permanente de alerta, a quienes les cuesta relajarse y entender que ya no moramos en un entorno hostil donde este color marca la podredumbre y la muerte.
Puede haber algo del desprecio rígido que viene de idolatrar la pureza, del culto por lo intacto e inmaculado, que sospecha de la mancha y la arruga, y presume que la fruta, al oscurecerse, ha cruzado algún tipo de frontera moral. Quizá en esa media manzana rehuimos el espejo en el que se hace patente el paso del tiempo. La oxidación es envejecimiento.
La realidad en el fondo es otra. Finalmente, nos estamos acercando al siguiente gran salto evolutivo como especie: nos volvemos grandes herbívoros rumiantes. Animales que comen de pie y pastan, a su antojo, un poco aquí y ahora, un poco allá y más tarde, sin tener que preocuparse de tener una nevera donde ordenar los restos, diferentes cubos de basura en los que distribuir residuos, herramientas para cortar, vajilla para sostener, manteles que sacudir ni mesa que adecentar.
Más que rechazar el marrón o sufrir por el plástico, estamos abandonando la era del comer y entrando en la del picotear.
Les queda poco tiempo de vida útil a los trucos para evitar que una manzana se ponga marrón. Culminada nuestra gran transformación en parientes de los bisontes, el momento en que el limón es necesario ya es demasiado tarde.
El mercado, siempre atento, plegado a nuestros deseos, dictamina que una manzana demasiado grande no tiene cabida en el lineal. Un kilo de manzanas de más de ochenta milímetros de calibre no resuelve lo que sí consigue el mismo quilo de manzanas ligeramente más pequeñas: caber en el bolso o en la mochila, ser terminadas de un tirón según el hambre promedio del comprador de fruta habitual, ser vendidas por unidades a menos de un euro (una barrera psicológica poderosísima), poder ser manipuladas con tranquilidad con una sola mano, y ser mordidas sin tener que abrir demasiado la boca ni mancharse la barbilla. Factores, todos estos, que explican, en parte, el gran éxito del paraguayo frente al melocotón, en nuestros tiempos.
Hoy ya no comemos fruta. Tomamos snacks refrescantes de vitaminas en formato cómodamente monodosis y portátil.