María José Fuenteálamo, escritora: “Antes nos reíamos de los niños de ciudad que iban a granjas escuela. Ahora nadie sabe de dónde viene un filete”
‘La hija del carnicero’ es un ensayo autobiográfico donde la autora explica por qué el consumo de carne y sus oficios han sido vilipendiados
María José Fuenteálamo —el apellido es un homenaje a su pueblo, en Albacete— no quería ser carnicera. Y lo logró. “Mi deseo secreto era que todo el mundo se hiciera vegetariano para que mis padres dejaran de ser carniceros. Pero yo no quería ser vegetariana”, recuerda la hoy periodista y profesora universitaria, autora del brillante La hija del carnicero, publicado recientemente por la editorial Círculo de Tiza. “Veía que mis padres hacían algo bueno, que el pueblo les quería, que estábamos integrados. Eso lo he entendido después. En ese momento lo detestaba. Y esa contradicción es la fuerza del libro. Es una carta de amor a mi padre. Y también al sector”.
Sin embargo, la obra de esta escritora, que se define como “moderadita de la carne”, es mucho más que un ajuste de cuentas con el pasado. Por las poco más de 200 páginas de este deslumbrante texto, que destila memoria y guiños a un ayer que ya se fue, también hay mucho de historia cultural, de intentar entender el porqué el consumo de carne y el oficio de carnicero han sido vilipendiados y tratados con tan poco mimo. “La palabra ‘carnicero’ tiene una acepción negativa como adjetivo. Se usa para describir a alguien cruel. Eso me hacía pensar. ¿Por qué hemos cargado esa palabra de violencia simbólica?”, se pregunta Fuenteálamo, a la vez que da un sorbito de café en un bar próximo a la carnicería donde ha sido la sesión de fotos. Antes, al terminar esta, no duda en preguntar al carnicero qué tal va el negocio. La respuesta conecta con todo aquello que subyace en su ensayo: “Funciona muy bien, pero no hay relevo”.
La carnicería familiar de Fuenteálamo la abrió su bisabuelo en 1910 y la cerraron sus padres en 2016. Antón y Águeda. Punto y final de una estirpe que a la escritora le sirve para establecer diversas analogías con lo que fue crecer en un colmado de pueblo, que contaba con matadero, secadero, obrador de embutido y una cochera donde mirar de tú a tú a cerdos, pollos y conejos. “Yo acompañaba a mi padre a elegir corderos, por ejemplo. Conocía a los ganaderos, jugaba con sus hijos, compartíamos comidas los domingos”, explica de esos vínculos, redes humanas que se formaban en el campo.
El edificio, la casa familiar, que también hacía las veces de tienda, de ladrillo rústico rojo, le sirve a Fuenteálamo para mostrar cómo aquel lugar era un espacio de encuentro, con muchos visos de confesionario. “Mi madre y sus clientas —muchas hoy mayores, algunas ya fallecidas— mantenían una relación que iba más allá de lo comercial. No era coger una bandeja y marcharse. Se elegía la pieza, se esperaba turno, se conversaba. Allí se hacía vida”, describe de unas dinámicas ya casi extintas. “Con el tiempo he entendido que aquellas conversaciones —sobre parejas, hijos, problemas cotidianos— eran auténticos lugares de confianza. Mi madre conocía detalles íntimos de sus clientas y se aconsejaban entre ellas. Cuando digo que aquello era un centro de mujeres del pueblo, no exagero ni ficciono. Era real”.
En cuanto a las ideas que quería desmontar, sobre todo está esa visión simplificada y deshumanizada del sector. “Sobre el carnicero y el ganadero pesa una idea moral muy extendida: que dar muerte a un animal es, en sí mismo, éticamente reprobable. Mi planteamiento era cuestionar esa simplificación. Nos hemos convertido en una sociedad cómoda, distante, que ha roto su relación directa con lo que come y con lo que es”, cuenta sobre el momento actual que vivimos, y que en el libro se analiza buceando en lo que pensaban autores precedentes como Plutarco (Acerca de comer carne), Jonathan Safran Foer (Comer animales) o Vaclav Simil (¿Deberíamos comer carne?). Además de mucha literatura —se habla de Annie Ernaux, Albert Camus, Daniel Defoe, Thomas Mann o Gustave Flaubert— que penetra a través de una escritura bellísima, plagada de reflexiones y descripciones como esta que acompaña el primer capítulo: “Abrir en canal un conejo, como un cordero o un cerdo, es respirarlo y sentir su calor. La vida que se ha ido se cruza con la vida que se queda por la vista, el oído, el tacto y el olfato. El sabor llegará después. Pero primero, el olor. El olor del animal abierto. El olor antes de eviscerar. El vaho caliente que se libera del intestino, con la muerte, es dulzón y pegajoso”.
La hija del carnicero no solo echa la vista atrás, también es capaz de ver el presente con ojos de urbanita “de bolsa de tela”. Es ahí donde más en juego entran las contradicciones. Aquella industria que sustituyó al negocio familiar hoy es la que marca el camino. “Me parece heroico que siga existiendo la pequeña carnicería. La macrogranja ha roto la relación hombre-animal. En China hay rascacielos de cerdos. Vamos hacia ahí”, señala de unos modos en los que la industria va imponiéndose. “Las pequeñas explotaciones no son rentables porque las normativas lo impiden. La rentabilidad está en la producción industrial. Eso lo han decidido políticas concretas. El político critica algo que sus propias normas han impulsado”.
Pregunta. ¿Qué sintió cuando cerró la carnicería?
Respuesta. Pensé que sería un día feliz. Ya no heredaría el negocio. Pero sentí un pellizco. Se cerraba un mundo. Una conexión con los animales. Entendí que había vivido dentro de una fábula real.
P. ¿Ha cambiado nuestra relación con la carne?
R. Totalmente. Antes nos reíamos de los niños de ciudad que iban a granjas escuela. Ahora nadie sabe de dónde viene un filete. Es una desanimalización. No queremos saber. Comemos sin preguntarnos nada. Y quien quiere saberlo debe pagar más. Antes el grueso de la sociedad podía comer mejor. Hoy solo una élite puede permitirse ciertas carnes.
P. Pone el ejemplo de los restaurantes.
R. Sí. Restaurantes con lista de espera donde te explican qué comió el animal, cómo fue sacrificado. Yo he estado ahí y pensaba: esto era mi padre contándoselo a sus clientas hace 40 años. Lo que antes era cotidiano ahora es lujo.
P. ¿Se puede comer carne sin conflicto moral?
R. Yo no lo tengo. Porque lo he vivido desde dentro. He visto respeto absoluto. En mi casa tirar carne a la basura estaba prohibido. Un animal ha muerto por ti. Eso genera conciencia. Entiendo a quien no come carne. Lo respeto. Pero el mensaje se simplifica demasiado y a veces cae injustamente sobre quienes han cuidado a los animales.
Y la conversación termina. Se hace un pequeño silencio que permite reflexionar sobre cómo ha cambiado nuestra relación con el consumo de carne en estas últimas décadas. Un intercambio nada sencillo, pero que aquí nos tiene. Y que, como indica la historiadora del arte María José Solano en uno de los prólogos, recordando las palabras de Cervantes, Shakespeare y Homero: “El carnicero no es solo un comerciante, sino un guardián de un ciclo ancestral: cuidar, sacrificar, alimentar”.