Cuando el turismo masivo también desborda a los pueblos más pequeños
Distintos municipios andaluces ponen en marcha iniciativas para atraer visitantes y frenar la despoblación: algunos se han desbordado y otros no dan con la tecla
En 2007 el minúsculo municipio de Soportújar se moría. Apenas tenía 250 habitantes y cada año perdía alrededor de una decena. Solo había tres negocios camino del cierre. La población envejecía y las nuevas generaciones debían salir de este rincón de la Alpujarra granadina en busca de oportunidades. “Era una realidad compleja, pero el pueblo no daba para más”, recuerda Manuel Romero, entonces concejal y hoy alcalde. Aquel año el Ayuntamiento puso en marcha un proyecto novedoso. A partir del gentilicio popular de sus vecinos —brujas y brujos— ideó una serie de esculturas basadas en la magia. Poco a poco la iniciativa revolucionó la localidad, que hoy ya gana habitantes y cuenta con 32 negocios que atienden a los más de 2.000 visitantes que llegan cada fin de semana. “Ha creado empleo, oportunidades y negocio. No hay paro. Y todos los vecinos están contentos”, dice el regidor.
La senda iniciada por Soportújar es parecida a la que han arrancado antes o después, como más o menos suerte, otros muchos municipios andaluces que han buscado en alguna de sus singularidades atraer turismo. El objetivo general ha sido la lucha contra la despoblación: dinamizar la economía para evitar que los jóvenes abandonen sus raíces y, de paso, atraer a nuevos residentes. La localidad granadina lo ha conseguido, como también hizo después Júzcar (Málaga) a partir de pintar todas sus casas —y hasta la iglesia— de color azul para la presentación, en 2011, de la película de Los Pitufos 3D, lo que durante años desbordó a la localidad, que no tenía servicios para atender a tantos turistas. Poco a poco se han sumado más: de Parauta (Málaga), con su Bosque Encantado, a las Casas de los tres cerditos de Trevélez (Granada). Otros han apostado por infraestructuras que potencien su entorno natural. La pasarela colgante sobre el Mediterráneo de Torrenueva (Granada) o el columpio gigante de Istán (Málaga) son dos ejemplos. El más exitoso es el puente colgante de El Saltillo, en Canillas de Aceituno (Málaga). Su llegada en 2020 permitió cortar la sangría de despoblación: había perdido 700 habitantes en la década anterior. Ahora gana población cada año, hay más alumnado en el colegio y nuevos negocios. “Cada fin de semana estamos llenos. Hay muchísima gente, pero se puede sobrellevar”, explica feliz su alcalde, Vicente Campos, que ya planea nuevas iniciativas para mantener el dinamismo.
Canillas de Aceituno hace equilibrios, pero otros pueblos han visto sobrepasadas sus expectativas iniciales: ahora luchan contra la masificación impulsada, en buena parte, por las redes sociales. La historia de éxito de Soportújar, de hecho, ha traído ciertos inconvenientes porque con los recursos propios de un ayuntamiento tan pequeño “es imposible atender a toda la demanda”, según el alcalde. Hoy los 10 restaurantes del pueblo generan más basura que todos los vecinos y la cuota municipal a la planta de residuos ha pasado de 700 a 4.000 euros mensuales. También hay problemas de aparcamiento, que, de momento, se resuelven con convenios con terrenos privados (aunque gracias a fondos europeos el municipio contará con dos párkings subterráneos y otro en superficie) y la instalación de zona azul y zona verde para que los residentes no tengan que dejar su coche a las afueras. “Los habitantes deben tener satisfechas sus necesidades, es prioritario”, añade Romero, que, eso sí, explica que ahora ya no hay vivienda porque las que estaban vacías se han orientado al turismo. Y muchos trabajadores deben buscar en municipios vecinos. “Necesitamos más implicación de otras administraciones. Se habla de que los pueblos se vacían, pero es que nosotros solos no podemos”, insiste el regidor.
Planificación territorial
Asunción Blanco es geógrafa y forma parte del grupo de investigación Tudistar, de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su trabajo pone el foco en analizar de forma crítica el turismo, sobre todo de interior. Es consciente de que los municipios pequeños necesitan turismo y dinamismo. Y que para ello requieren financiación. Ella pide también formación para que sus equipos puedan aprender de los errores y aciertos de otros territorios antes de poner en marcha sus propias iniciativas “y que no se les vayan de las manos”. “El problema es que muchas veces se ponen parches ‘a posteriori’ porque no ha habido una buena gestión inicial. Y lo que haces con buena voluntad puede traerte masificación y gentrificación a pequeña escala, expulsando a los jóvenes, justo lo contrario de lo que se buscaba”, destaca Blanco, que cree básico que los municipios se organicen en red. “No hay que tener miedo porque parezcan competencia unos de otros, al revés, son complementarios. Con una planificación estratégica territorial se puede retener al visitante varios días, generar economía más allá del turismo y diversificar, que a la larga es mucho más positivo y ayuda a evitar masificaciones”, subraya. De momento, pocos lo hacen.
Soportújar, por ejemplo, ha visto cómo muy cerca, en Trevélez, han seguido una senda parecida, instalando esculturas que representan las casas de los tres cerditos. Están repartidas por sus tres barrios y vienen a homenajear un producto, el jamón, estandarte local. Y un poco más allá, en Vícar (Almería), lo que empezó hace 10 años como una actividad para disfrutar de las Perseidas cada agosto, se ha extendido con la creación de murales de distintas temáticas en las paredes de la localidad. “Cada verano se impulsan obras a partir de la temática que deciden los vecinos. Son efímeras, porque al siguiente se sustituyen por otras y siempre hay trabajos nuevos y diferentes. Eso sí, algunos se han ido indultando. Y ahora mucha gente viene a verlas y a visitarnos a lo largo de todo el año”, subraya la concejala de Cultura, Vanesa Lidueña.
Tampoco hay demasiada coordinación en el Valle del Genal, cerca de Ronda (Málaga), donde cada localidad trabaja de manera independiente. Lo hace Genalguacil, pueblo museo desde hace tres décadas, que promueve numerosas iniciativas culturales. Lo hace Júzcar, la aldea azul de los pitufos. También Parauta, que cada fin de semana se desborda gracias a la implantación, en 2021, del Bosque Encantado. Es una sencilla ruta de un kilómetro con esculturas inspiradas en cuentos. “A veces la Guardia Civil tiene que cortar el acceso al pueblo porque no cabe más gente”, subraya la alcaldesa, Katrin Ortega, que ya busca nuevas iniciativas para que los visitantes repitan. “La gente se cansa de todo: o te reinventas o mueres”, subraya. Y, mientras, otras localidades se sienten abandonadas y fuera del foco de atención porque los visitantes pasan de largo.
De hecho, la propia alcaldesa de Parauta acude a veces los sábados y domingos a la entrada de la localidad para invitar a los turistas a que se acerquen a otros pueblos cercanos como Cartajima, a poco más de ocho kilómetros. “Es que van todos allí y luego por aquí apenas pasa nadie”, se lamenta Isabel Jiménez, alcaldesa de un lugar que cuenta con el mismo entorno natural de bosques de castaños y paredes calizas, además de alojamientos y restaurantes. “No queremos masificación, pero tampoco estar vacíos”, lamenta Jiménez, que impulsó hace una década la instalación de una veintena de murales con escenas costumbristas en fachadas de edificios. No ha tenido el éxito esperado. Por eso, pronto inaugurará un paseo con esculturas de madera inspiradas en la fauna local. “No es fácil acertar, pero lo estamos intentando”, concluye, esperanzada, la regidora.