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El Siglo XXI de ‘Las Segrelles’ echa de menos una España con ganas de conocerse más que de odiarse

El Rey acude al templo que sublima la Transición tras más de cinco décadas albergando encuentros como el de Fraga con Carrillo, el golpe de Aznar a Mancha o una conferencia del Dalái Lama

El Club Siglo XXI celebra este jueves, con la presencia de Felipe VI, sus más de cinco décadas como espacio extemporáneo de debate, charlas, conferencias y encuentros más propios de otra época, porque se declaran conservadores del espíritu de la Transición. Su presidenta de honor, Paloma Segrelles madre, sigue activa, aunque haya traspasado algunas de sus competencias a su hija al frente del club, y las dos reafirman que su función se mantiene vigente, pero sin ocultar las diferencias: “Entonces todo el mundo se quería conocer, ahora ha vuelto el odio”. El exfranquista Fraga presentó en ese foro al comunista Carrillo; Aznar sentenció el golpe en AP contra Mancha y China presionó para desinvitar al Dalai Lama.

El actual presidente del Club Siglo XXI, el expresidente socialista de Castilla-La Mancha José María Barreda, atiende al teléfono a corazón aún casi abierto desde su habitación en un hospital madrileño tras una operación. Este jueves no podrá recibir al rey Felipe, pero ha enviado una carta de presentación. Frente a los que acusan al Club de ser un nido de nostálgicos, de no haberse rejuvenecido, de invitar siempre a los mismos protagonistas de la Transición y poco más, Barreda defiende la importancia de esos exóticos lugares para el encuentro: “Claro que cumple un papel y sigue teniendo sentido disponer de sitios donde escuchar a unos y a otros y más ahora con tanta polarización. El país y el mundo han cambiado, pero nunca está de más cultivar el entendimiento”.

Uno de sus antecesores, el exministro popular Eduardo Zaplana, también valora la relevancia del Club en la Transición, pero es un poco menos optimista de cara al futuro: “Cada etapa tiene sus prioridades y ahora ya no puede ser lo mismo, porque la sociedad ha cambiado. Ese tipo de foros significan más desgraciadamente para los que vivimos aquella época que ahora”.

Un grupo de media docena de amigos bien situados en el tardofranquismo fundó el Club Siglo XXI en 1969. En esos años conocieron y valoraron las comidas que Paloma Segrelles madre organizaba en su casa para convocar a personajes relevantes de aquel régimen con los que se apuntaban hacia la democracia que aún tardó unos años en llegar. Había políticos, empresarios y periodistas y los dos grupos se conjuraron para fundirse ante lo que vendría. Emilio Romero, Raúl del Pozo y Francisco Umbral le dieron cobertura literaria y mediática. La comida o la cena en curso era y sigue siendo lo de menos.

En estos más de 50 años han pasado por el Club decenas de protagonistas de la Transición y de las siguientes etapas, desde presidentes, ministros, líderes políticos, mandatarios extranjeros, seis premios Nobel, y más recientemente, para atraer a los jóvenes desinteresados por la política, otros personajes del mundo de la cultura, el arte y el deporte. Pero el Club no se engaña y atesora algunos momentos culminantes que retratan su razón de ser, muy política.

Uno de esos primeros y más trascendentes hitos ocurrió el 28 de octubre de 1977 y hay que ponerlo en su contexto. No había ni Constitución ni elecciones democráticas, el país vivía en plena efervescencia, Franco había muerto dos años antes y sonaban ruidos castrenses. Alguien en el club consideró que sería buena idea que un exministro muy conservador del régimen, Manuel Fraga, líder de AP, presentara una conferencia sobre el eurocomunismo de Santiago Carrillo, secretario general del PCE, exiliado tras la guerra civil y cuyo partido acababa de ser legalizado no sin grandes problemas. Más de 2.000 personas se agolparon para presenciar el acontecimiento.

Jorge Carrillo, hijo del líder comunista, recuerda perfectamente ahora que su padre aceptó el reto “con sorpresa y sin conocer ni apreciar mucho a Fraga porque pensó que en aquel momento era bueno y positivo acudir precisamente a un club anquilosado, con opiniones que aún no habían evolucionado, pero para tener más impacto y tranquilizar la tensa situación política en los medios castrenses”. También reseña que Fraga y Carrillo no se citaron antes para preparar nada, que luego no se trataron tampoco mucho porque seguían en las antípodas en casi todo y que esa invitación causó algunas irritaciones en la junta rectora del club.

Esa tarde había un pleno en el Congreso para debatir precisamente los Pactos de La Moncloa, asunto nada menor. El foco se trasladó, sin embargo, al Siglo XXI y allí Fraga abogó por no mirar atrás y conocer mejor al adversario. Y Carrillo por “sustituir con diálogo a los fusiles y con centros de debate a las trincheras”.

El 29 de febrero de 1988 el convidado fue José María Aznar, un recién llegado a la presidencia de Castilla y León y ese día, en ese hotel, el Eurobuilding, se consumó ante casi un millar de personas un inesperado cambio de liderazgo en la desnortada derecha española determinante para su futuro. Fraga había perdido varias veces contra Felipe González, el experimento transitorio para su relevo del notario sevillano Antonio Hernández Mancha tampoco cuajaba y algunos, en AP, apuntaban hacia Aznar para atajar el fatalismo sobre que jamás se ganaría al candidato socialista.

Miguel Ángel Rodríguez, el alter ego mediático de Aznar entonces, rememora una escena cómica y peliaguda: “Le reservamos una habitación en ese mismo hotel para ultimar el discurso y cuando ya bajábamos, en la planta segunda, se abre el ascensor y aparece Mancha y así entraron juntos en el salón donde Aznar le soltó en plena cara aquella frase de que el partido no estaba ni mejor ni igual sino peor con él al frente". Rodríguez rescata que a la mañana siguiente, Luis del Olmo, se mojó al frente de su mítico programa Protagonistas y apostó a que la derecha no llegaría nunca a La Moncloa hasta que Aznar no fuese presidente de ese partido. Aznar y Rodríguez tomaron esa mañana un avión para Roma y su preocupación consistió en comprar en el hipermercado Jumbo de Madrid unos churros congelados para un programa de la corresponsal Paloma Gómez Borrero en la RAI italiana. A los pocos meses, Fraga y sus magníficos descabalgaron a Mancha y nominaron candidato a Aznar, que en 1996 ganaría las elecciones y accedería a presidir el país.

Las Segrelles, Paloma madre e hija, se perpetúan al mando del club porque defienden que “la disparidad de opiniones, el derecho a la discrepancia y la convivencia democrática lo hacen más necesario que nunca porque la sociedad está enconada. Entonces todo el mundo se quería conocer y ahora vuelve el odio”. Las dos Palomas explican que la independencia del club se fragua en que no tienen sponsor, se financian con las cuotas de sus 300 socios y se pueden permitir una libertad absoluta. Y Segrelles madre pone un ejemplo que data de octubre de 2003: “Invitamos al Dalái Lama y nos llama la Embajada de China para una comida y nos piden que le desinvitemos, porque era ‘peor que llevar a alguien de ETA’, porque ‘había hecho matanzas en el Tíbet’. En el postre me levanté y les dije muy despacito que el Dalái vendría al club y así fue, pero no vino nadie del Gobierno”.

El 8 de febrero de 1987 el club invitó a Iñaki Esnaola, dirigente de la Mesa Nacional y diputado de Herri Batasuna y otros componentes de la formación abertzale aún con ETA en plena ola de asesinatos. Fue una conmoción. Fraga y otros socios anunciaron su marcha. Las presiones fueron tantas que se abrió un debate sobre si el club se estaba escorando a la izquierda. Paloma Segrelles agradece ahora dos intervenciones en defensa de aquella opción. La de la periodista Pilar Urbano “que consideró legal al invitado aunque le repatease y la del expresidente Adolfo Suárez que dijo: yo no soy socio, pero habría ido a debatir con ellos”.

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