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La abogada que paga de su bolsillo los conciertos que querría oír y nadie más hace en Madrid

Paola Montero defiende en Salón del Ateneo un repertorio que incluya a compositores vivos frente a la obsesión del mundo orquestal con los autores gigantes de siglos pasados

Paola Montero, en la biblioteca del Ateneo de Madrid: el 21 de marzo se celebra allí el próximo concierto del Salón del Ateneo.Jacobo Medrano

Esto no se lee muy a menudo: sucedió algo altamente inusual en un reciente concierto de cámara. El Trío Albéniz había terminado de interpretar casi dos horas de música en el Ateneo de Madrid el pasado 23 de abril y se estaba bañando en aplausos, cuando la atención del público se dirigió a las butacas. Una mujer se ponía de pie entre ovaciones: María de Alvear, compositora de algunas de las piezas que acababan de escucharse. Acto seguido, un par de filas más adelante, hacía lo mismo David del Puerto, autor de otra parte del programa. Y un tercero, Ismael García Daganzo, cuyo Nocturno en detalles se había estrenado esa tarde. En un entorno tan obsesionado con el pasado, escuchar obras de autores vivos es infrecuente; que el compositor se encuentre entre el público, raro; que esto suceda con tres, prácticamente histórico. La mayoría de los asistentes había acudido a oír piezas del mítico (y difunto) Piazzolla, las cuales conformaban la mitad del concierto, pero se llevaron ese regalo inesperado del mundo de los vivos.

“Había obras de un cuarto compositor, Eddie Mora, que no pudo venir porque estaba en Costa Rica. Pero estuvo en espíritu”, sonríe Paola Montero (Cádiz, 39 años), una de las artífices de la cita. Aquella tarde reunió muchas de las características de los proyectos de esta abogada, que dedica su tiempo libre y sus recursos personales a conciertos así. Desde 2023 celebra un ciclo llamado Salón del Ateneo, donde se escuchan obras de compositores consagrados (Schubert, Britten, Ravel, Debussy) pero también otras más contemporáneas menos conocidas. “Si lo que se está creando ahora la gente no lo escucha, no lo aprecia, ese algo se muere. ¿Y cómo se resuelve eso? Accediendo a nuevo público. ¿Y cómo llegas al nuevo público? Desde mi punto de vista, vas a un concierto porque quieres escuchar un cuarteto de Schubert, pero imagina que en el programa hay una obra distinta, que no conocías, que te la cuelan, entre comillas, y resulta que también te gusta. Así la gente va perdiendo el miedo”.

—¿Esto quién lo paga?

—Yo.

—¿Todo?

—A la gente que me dice que soy una mecenas siempre les respondo que no. Mecenazgo es a fondo perdido. Mi idea es que, en el futuro, se vendan todas las entradas para poder sostener el ciclo. Yo no tengo vocación de mecenas, sino de hacer cosas, y arriesgo mis ahorros para intentar hacerlas.

Hacen falta unos rasgos personales muy concretos, y muy poco frecuentes, para ocupar este papel. Una pasión vitalicia por la música, sí, pero también una carrera profesional que pague estos eventos cada vez más concurridos en el Ateneo. Todo empezó con la tienda de instrumentos musicales de La Línea de la Concepción: Montero pasaba ante ella de pequeña al volver del colegio. “En el almacén, donde estaban todos los pianos, se daban clases. Yo pasaba con mis padres, escuchaba a los niños tocar. No sé por qué me llamaba la atención. Les dije: yo quiero hacer eso”. Empezó a aprender, a escuchar música con su abuelo, a ir a conciertos. El conservatorio. Descubrir la música contemporánea: “Me viene por Mahler, que, obviamente, no es contemporáneo, pero es distinto. Me marcó mucho la primera vez que escuché la sinfonía Titán, la facilona. A raíz de eso, escuchar y escuchar”.

Montero iba para música, quizá no para pianista pero sí directora, “o algo más amplio”. Se mudó a Madrid. “Pero en el momento de elegir la carrera tenía, tengo todavía, una enfermedad que en ese momento se manifestaba en brotes de artritis. Se me hinchaban las manos, me dolían. Pensaban que era lupus pero no”. Perdió años de conservatorio, se despidió de la música, dejó de ir a conciertos, a los de piano al menos. Se matriculó en Derecho. Decidió especializarse en protección de datos: toda una apuesta hace 20 años, un acierto hoy, que Montero trabaja para grandes multinacionales. Le iba bien pero no le iría del todo bien sin música; al poco, fundó el ciclo que hoy la ocupa. Un homenaje a la niña que fue y un recordatorio de que la música escrita para orquestas es como una vieja vocación: nunca es más poderosa que cuando demuestra que sigue viva.

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