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La palabra box

Bueno, chavales, es muy simple: tenemos que inventarnos un partido. Uno como el nuestro pero mejor

Una mujer delante de banderas de Vox y España, antes de la celebración del evento de ultraderecha Europa Viva 24 en Madrid el 19 de mayo de 2024. OSCAR DEL POZO (AFP / Getty Images)

Algunas veces —tampoco tantas, no teman por mi salud mental— he intentado recrear esa reunión de muchachotes medio pijos, medio carentes, más que medio frustrados, treintañeros que una noche de copas se pusieron inesperadamente lúcidos —o, mejor, sinceros— y empezaron a repetir que estaban bien jodidos. Que estaban jodidos, que sus vidas así no despegaban, que eran un fracaso, que ya estaban mayores para segui...

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Algunas veces —tampoco tantas, no teman por mi salud mental— he intentado recrear esa reunión de muchachotes medio pijos, medio carentes, más que medio frustrados, treintañeros que una noche de copas se pusieron inesperadamente lúcidos —o, mejor, sinceros— y empezaron a repetir que estaban bien jodidos. Que estaban jodidos, que sus vidas así no despegaban, que eran un fracaso, que ya estaban mayores para seguir haciéndoles recados a unos inútiles con dos años más en el partido, que así iban a terminar como sus jefes, preguntándose si sus secretarias los denunciarían, estirando los gastos, hundidos en la obsecuencia de mediocres. Y más copas y más quejas y la música tachín que se les hace insoportable y uno que dice no, vamos a casa y seguimos conversando tranquis, me parece que tengo una idea, y los demás que se le ríen, tú una idea, pero por falta de mejor alternativa lo siguen hasta su piso de dos habitaciones, cocina comedor y un saloncito con sofá y la tele china pero inmensa y un póster de Alí peleando contra Frazier —eso sí, en un barrio apropiado. Y entonces otras copas —mejores, es cierto, que las del bareto— y las quejas que siguen y uno de los huéspedes que le dice al anfitrión oye tío coño ¿no dijiste que tenías una idea?

Y el anfitrión que inspira fuerte, se echa un chorro de scotch, se enciende un cigarrito y dice bueno, tíos, creo que estamos de acuerdo que en estos puestos del partido estamos desperdiciando nuestras vidas, ¿no? Y los otros cuatro le dicen que sí, algunos con mejor dicción que otros, y el anfitrión sonríe, hace una pausa, se convida otro chorro, otra calada, los mira uno por uno y uno se impacienta: vamos, tío, no te hagas de rogar. Uy, si esto se mueve como creo ya me vais a rogar en ocho idiomas, dice, se atusa la barbita. Anda, no jodas, tío, cuenta, que aquí se mueve todo. Bueno, chavales, es muy simple: tenemos que inventarnos un partido. ¿Un partido de qué, qué coño dices? Uy, tío, tú estás más pedo que lo que parecías. Sí, un partido, un partido político, uno como el nuestro pero mejor que el nuestro, que no se esté disculpando todo el tiempo, que se haga cargo de lo que somos y de lo que fuimos y que prometa más, que prometa de todo. No sabéis la cantidad de gente que nos seguiría… ¡Y tendríamos nuestro propio partido, tíos, nuestro propio partido, imaginaros! El poder, las cositas, las cositas…

Por un momento los cinco se callan. Uno mira el reloj —sí, usa reloj— y ve que son casi las tres y se pregunta qué va a decirle a su mujer. Otro no consigue sacarse de la cabeza el golazo de Zidane este domingo. Y otros dos dudan si piensan o no piensan o imaginan pero les queda la boca medio abierta y el anfitrión insiste: ¿Y entonces, tíos, qué os parece? Un partido, tíos, un partido. Y los cuatro van centrando las miradas y el madridista se sacude el gol y le pregunta pero un partido cómo, tío, cómo sería ese partido.

El anfitrión llevaba un rato esperando la pregunta y tiene la respuesta preparada aunque la lengua, a esta altura, no termine de ir donde él la manda. Pero aún así consigue decirles que sería un partido realmente español, que no tuviera vergüenza de ser español, que fuera español español español y que reivindicara a los grandes españoles de la historia, que los Reyes Católicos, que el Cid Campeador, que don Francisco y san Santiago y Julio y el Paquirri y todos esos españoles, los de veras, y que se lanzara al combate para recuperar España y echar a todos esos moros y cuidar de nuestras tradiciones españolas que para eso son nuestras y son las tradiciones y decir todo eso que muchos quieren decir pero les da vergüenza: nosotros vamos a decir todo eso que les da vergüenza, dice el anfitrión, con la voz de mitin resbalosa, y nos van a conocer hasta los perros y estos hijoputas van a tener que contar con nosotros para todo y eso les va a costar…

El hombre se ha embalado y no se calla. Los otros cuatro tratan de despejarse: es mohoso ver a cuatro treintañeros castigados frotándose los ojos, inspirando hondo, buscándose entre vahos y empezando a asentir con la cabeza, lentamente, como quien siente que algo le entra de a poco e intentan las sonrisas e intentan al mismo tiempo las caras de combate por la patria.

—Pero si lo hacemos tenemos que prometernos lealtad para siempre.

—Pues, claro, tío, que para eso somos lo que somos.

Y los cinco asienten y el que estaba preocupado por la hora dice tío, esto es genial, hasta le tengo un nombre.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Box, tíos, Box, para que vean que no tenemos miedo de darnos de hostias con quien sea.

—¿Box? A mí me gusta. Dame que lo escribo.

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