Mónica Mays, la artista que crea universos con objetos de la calle, desguaces y mercadillos
Estará en Art Basel y expondrá en Nueva York. Antes, presenta en Matadero Madrid una gran instalación sobre los orígenes de ese espacio. Nos explica su trayectoria, de Madrid a París y Ámsterdam, y vuelta
En su ensayo La arquitectura de la ciudad, el arquitecto italiano Aldo Rossi vino a decir que las ciudades recuerdan el pasado a través de sus monumentos y edificios. Pero ese recuerdo no tiene por qué resultar agradable. La artista Mónica Mays (Madrid, 34 años) se enfrentó a su próximo gran proyecto en el centro Matadero Madrid desde la conciencia de que el pulcro equipamiento cultural de hoy fue en otro tiempo un lugar para la muerte y la represión.
Hace un siglo, ese gran conjunto de edificios se llamaba Matadero Municipal de Arganzuela y estaba en una zona de pastos y cultivo...
En su ensayo La arquitectura de la ciudad, el arquitecto italiano Aldo Rossi vino a decir que las ciudades recuerdan el pasado a través de sus monumentos y edificios. Pero ese recuerdo no tiene por qué resultar agradable. La artista Mónica Mays (Madrid, 34 años) se enfrentó a su próximo gran proyecto en el centro Matadero Madrid desde la conciencia de que el pulcro equipamiento cultural de hoy fue en otro tiempo un lugar para la muerte y la represión.
Hace un siglo, ese gran conjunto de edificios se llamaba Matadero Municipal de Arganzuela y estaba en una zona de pastos y cultivos en los márgenes de Madrid. En él se sacrificaron cada día miles de animales para consumo alimentario, hasta su cierre en 1996. Menos conocido es que durante el franquismo operó también como “albergue de mendigos”, eufemismo para un centro de reclusión destinado a personas sin hogar bajo la Ley de Vagos y Maleantes: allí se los vigilaba y clasificaba, y después se enviaban de vuelta a sus lugares de origen, a otras instituciones correctivas o a trabajos forzados. Muchos fallecieron antes por las infames condiciones higiénicas. En su instalación para el programa Abierto x obras (del 26 de febrero al 24 de mayo) de la Nave 0 de Matadero Madrid, que en su día fue cámara frigorífica, Mays llena el espacio con sus esculturas, ensamblajes de distintos objetos, muchos de ellos elementos industriales o urbanos recopilados en mercadillos, en chatarrerías o en la calle misma. “Mi proyecto no representa la historia de la nave, sino que la acompaña”, explica. “El matadero se abrió en ese lugar precisamente porque no había en él edificios burgueses ni sacros, para no mezclar lo considerado elevado o divino con lo abyecto. En la posguerra, pasó a ser otro centro de gestión de cuerpos, esta vez no animales sino humanos, y de nuevo bajo principios de control de esos vagos y maleantes. En mi trabajo, yo intento unir ambas cosas, lo abyecto y lo divino, erotizando las formas industriales tan violentas”. De ahí unas intrigantes esculturas realizadas con bancos y reclinatorios de iglesia junto a otras compuestas por ventiladores, transformadores térmicos, tubos de escape y demás chatarra que ha adquirido en desguaces de Usera. En este barrio donde tiene raíces familiares también está su estudio, un antiguo taller de coches que le ofrece el espacio que necesita para que ella y su ayudante puedan manipular las piezas que conforman sus collages escultóricos.
Después de inaugurar en Matadero le esperan varias citas importantes. En marzo se verá su proyecto para el Premio Cervezas Alhambra de Arco, construido en ratán, del que también guarda piezas en el estudio. En mayo, la galería Gratin de Nueva York presentará una nueva línea de trabajo que mezcla su imaginario industrial con elementos sobredimensionados propios del wéstern, como espuelas, sillas de montar o bridas. Y en junio participará en la sección Statements, dedicada a propuestas jóvenes, de Art Basel Basilea, la feria de arte más importante del mundo.
Mays no es cualquier artista joven. Resulta inhabitual que un nombre español tenga esta difusión en la escena internacional. O que trabaje con galerías como Pedro Cera (con sedes en Lisboa y Madrid, y presencia en las principales ferias del mundo) y Blue Velvet (radicada en Zúrich, es ahora una de las salas jóvenes más prometedoras de Europa). Cristina Anglada, la comisaria de la exposición de Matadero, ya vio algo en ella cuando en 2022 le llegó su candidatura para la colectiva Generaciones de La Casa Encendida, de cuyo comité de preselección formaba parte. “Nos llegaron cientos de proyectos, pero de inmediato me llamó la atención el de Mónica”, recuerda Anglada. “La seleccionamos, y desde entonces la incorporé en otras exposiciones en galerías. Incluso cuando hace dos años fui la comisaria de la sección de galerías jóvenes Opening, en Arco, elegí a Blue Velvet porque traía obra suya”. La decisión se demostró acertada, porque Mays acabó llevándose el Premio illy SustainArt para artistas jóvenes de aquella edición. Y ahora el proceso ha sido al revés: fue Mónica quien propuso que Cristina fuera su comisaria en Abierto x obras. “He desempeñado una labor de acompañamiento, de dar apoyo moral y logístico a Mónica”, describe Anglada. “Mi trabajo suele asociarse solo a un factor intelectual e incluso a la lucha de egos entre comisario y artista, pero en este caso mi participación ha sido emocional, para que la obra luzca lo máximo posible”. Anglada, que vive en Mallorca, se ha acercado hasta Madrid para supervisar el proyecto que va tomando forma en Usera.
De Usera precisamente eran los abuelos maternos de Mays, aunque por parte de padre su familia proviene de Texas. En ninguna de las dos ramas hay precedentes artísticos. Y ella misma empezó estudiando Antropología en Nueva Orleans: “Me mudé allí en 2008 por circunstancias personales, y elegí la carrera atraída por el contenido, pero pronto vi que no estaba muy satisfecha con la metodología académica”. Fue una época difícil en los planos académico, emocional y económico: “Es que además la universidad era muy cara, y yo trabajaba en cincuenta mil bares y veía que no llegaba”. Pero también llegó el punto de inflexión. Conoció a un colectivo de artistas que, cinco años después del huracán Katrina, salía a las calles de noche para buscar materiales derribados con los que componer sus obras. “Me sumé a ellos, y ese fue mi primer contacto con el objeto encontrado”, recuerda. También fue la toma de conciencia de una vocación.
Sin haber terminado Antropología, pero sabiendo que quería estudiar Arte, regresó a Europa. De 2011 a 2015 se formó en Francia, primero en París, en la Sorbona —“lo pasé fatal, se reían de mí, la punki de las chatarras”—, y luego en Estrasburgo: “Estudiar allí me costaba menos que hacerlo en la Complutense. Pagaba como 400 euros al año y me daban gratis todo el material que necesitara. Eso me dio la posibilidad de abordar el arte de forma muy libre y experimental, equivocándome mucho, pero también aprendiendo”. Después se trasladó a Ámsterdam para estudiar un máster más teórico, en un contexto muy internacional. Durante casi una década vivió entre Holanda y España. Se compró el estudio de Madrid gracias a su trabajo y al apoyo comercial de las galerías. “No tengo más ayudas que mi propio trabajo. Por eso son importantes las galerías, porque apoyan la práctica artística de hoy desde lo comercial”.
También pasó un tiempo en Las Vegas, en una empresa de producción teatral: “Un verano había estado haciendo prácticas en el teatro Calderón, y pensé que estaría bien dedicarme a hacer instalaciones teatrales en plan gesamtkunstwerk, la obra de arte total. Y pasé en Las Vegas un año de posmodernidad, soledad y excesos. Es un sitio muy desolador, y encima estaba en un contexto corporativo. La tristeza que me producía me dio fuerzas para volver a la práctica artística, segura de que no quería hacer ninguna otra cosa”, cuenta.
La idea de la obra de arte total está en su instalación de Matadero. Sus esculturas de ensamblajes están doblemente envueltas. Por unas mallas metálicas que crean una jaula de Faraday (a cuyo interior no entra, asegura, “ningún tipo de energía”) y también por una misteriosa luz anaranjada. Esto se debe a la presencia de unas viejas farolas de sodio, anteriores al reemplazo por lámparas led en nuestras ciudades por motivos medioambientales: “El led depende del litio, lo que supone otra forma de atacar el planeta, solo que resulta más invisible. Con él se busca higienizar la noche, que la calle sea más controlable, más estéril”. Y, por fin, el olfato: junto con un colectivo especializado en aromas, AirSolutions, ha creado un perfume que se extenderá por toda la nave. “Mi trabajo en el taller emana mucho olor, y quiero llevarlo al espacio expositivo. Me interesa por cómo apela a la memoria. Estamos desarrollando una esencia que une la mirra con elementos metálicos que recuerdan a la combustión y al olor que yo imagino que debía haber antaño cerca del matadero, a tierra fértil y mojada. De nuevo, mezclo lo religioso con algo más bien abyecto”, explica.
El resultado recuerda a una escenografía barroca a la vez que industrial, que va componiendo en su estudio y en la maqueta del espacio de la Nave 0 que le sirve de campo de pruebas. “No soy minimalista, sino que parto de la exuberancia. Nunca he entendido por qué mucha gente cree que hay más concepto en la sobriedad del neoclasicismo o la Bauhaus que en el exceso del Barroco, que introduce el drama, el claroscuro… Mi manera de pensar en los objetos no es muy lineal ni muy estructurada. Pero he encontrado una manera de estructurar mi pensamiento vinculándolo al Barroco”.