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La sobreabundancia de diagnósticos de TDAH perjudica a niños con altas capacidades

Sus comportamientos son parecidos, pero sus necesidades son diferentes

En los últimos años, los diagnósticos de trastorno por déficit de atención e hi­peractividad (TDAH) se han multiplicado. Cada vez se etiqueta a más niños como inatentos o impulsivos, y muchos reciben medicación, que puede ser tan innecesaria como lesiva. No solo por las posibles y aún no descritas consecuencias a largo plazo de alterar con psicofármacos un cerebro todavía en desarrollo que no lo requiere, sino por el mensaje implícito que ello conlleva: “No estás bien, tienes que tomar pastillas”. No se trata de estar en contra de la medicación sino del mal diagnóstico.

En estudios recientes y en nuestra práctica clínica cotidiana, vemos un claro sobrediagnóstico del TDAH y de su confusión con las altas capacidades intelectuales (ACI). En muchos casos, lo que se interpreta como distracción o falta de control es en realidad un desajuste entre el ritmo del niño y el del entorno educativo.

Buena parte de este fenómeno deriva de la escasa formación docente sobre cómo funciona el cerebro y la forma de aprender de los más capaces. Los profesores son los primeros observadores, pero sin formación específica tienden a patologizar el comportamiento. Un alumno que se aburre puede parecer desatento, y uno que cuestiona, desobediente. Como señalan los psicólogos Juan E. Jiménez y Ceferino Artiles, la falta de comprensión del desarrollo cognitivo avanzado lleva a etiquetar como síntomas patológicos conductas adaptativas al talento.

Los niños con alta capacidad procesan la información con gran rapidez y su atención es selectiva. Se concentran profundamente cuando algo les interesa, pero desconectan ante la monotonía, la repetición y la lentitud. A diferencia del TDAH, su atención no está deteriorada, sino condicionada por la motivación, el reto y la complejidad de la tarea. Su pensamiento divergente puede manifestarse en forma de preguntas fuera de contexto o interrupciones creativas, fácilmente confundidas con impulsividad.

El Centro Ayalga publicó en 2020 un estudio sobre el funcionamiento cerebral en los niños de altas capacidades mediante la observación sistemática de las funciones ejecutivas. Estos estudios concluyen que los menores con altas capacidades tienen dificultades en tareas específicas: se trata de niños inquietos que actúan frecuentemente sin pensar, con tendencia a descontrolarse más que otros, se levantan de la silla cuando no deben, hablan cuando no les corresponde, les cuesta darse cuenta de que ciertas acciones molestan a los demás o de qué cosas se les dan bien y cuáles mal.

En flexibilidad y control emocional, hablamos de niños a los que, con frecuencia, las situaciones nuevas les generan incomodidad, le dan muchas vueltas al mismo tema, les cuesta aceptar maneras alternativas de resolver un problema, tienen cambios de humor frecuentes, reaccionan de manera desmesurada ante pequeños detalles. En cuanto a la iniciativa, les cuesta iniciar una actividad por sí mismos, aunque tengan buena disposición.

Son niños con dificultad para recordar información: por ejemplo, si les mandas tres cosas, solo se acuerdan de la primera o la última. Relacionado con esto se encuentra la planificación y organización: tienen dificultad para calcular el tiempo que necesitan para hacer una tarea, les cuesta poner por escrito sus ideas o se agobian en tareas extensas. Esas tareas pueden desprender una ejecución descuidada: mala caligrafía, falta de revisión, errores por descuido. La organización de materiales indica que frecuentemente olvidan llevar a casa las tareas del colegio, entregar los deberes —aunque los hayan hecho— o incluso encontrar sus cosas. Se impulsan por la curiosidad y el significado. Cuando el aprendizaje carece de reto, aparecen la frustración y el aburrimiento, fácilmente confundidos con desatención. Además, suelen mostrar hipersensibilidad emocional y reaccionan con intensidad ante la incoherencia o la injusticia, lo que puede parecer impulsividad, pero refleja profundidad afectiva.

El sobrediagnóstico del TDAH en alumnos con ACI conduce a la medicación innecesaria y al etiquetado clínico, lo que oculta el potencial del niño. Se pierde la oportunidad de ajustar el entorno educativo a su ritmo y se fomenta la desmotivación. Muchos adolescentes con sobredotación llegan a la consulta con la sensación de que son el problema.

No se trata de negar diagnósticos, sino de afinar la mirada. La evaluación debe analizar la atención situacional, la motivación, el perfil cognitivo y la forma de aprendizaje. Es esencial observar si la inatención es generalizada o depende del contexto, y si la inquietud responde a curiosidad o a dificultad de control. El diagnóstico riguroso requiere distinguir el déficit estructural de la diferencia situacional y motivacional.

El reto no es diagnosticar más o menos, sino mejor. Confundir la alta capacidad intelectual con un trastorno genera heridas emocionales. Cuando un niño muy capaz es tratado como un problema, el mensaje implícito es devastador: “No está bien ser como eres”. Comprender las altas capacidades implica cambiar la mirada: del déficit a la diferencia, de la patología al potencial. 

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