Editorial:

Uribe, Chávez, Santos

Las relaciones entre la Colombia de Álvaro Uribe y la Venezuela de Hugo Chávez han sido malas desde hace años, pero han ido empeorando a medida que Bogotá adquiría la certeza del apoyo, plenamente documentado, del populista líder venezolano a las muy debilitadas guerrillas de las FARC. Chávez ha vuelto ahora a cortar los lazos diplomáticos con su vecino y puesto en alerta a sus tropas fronterizas, después de que el Gobierno de Uribe presentara ante una sesión especial de la OEA nuevas pruebas de que dirigentes de las FARC, al frente de cientos de insurgentes, operan desde campos en el interior...

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Las relaciones entre la Colombia de Álvaro Uribe y la Venezuela de Hugo Chávez han sido malas desde hace años, pero han ido empeorando a medida que Bogotá adquiría la certeza del apoyo, plenamente documentado, del populista líder venezolano a las muy debilitadas guerrillas de las FARC. Chávez ha vuelto ahora a cortar los lazos diplomáticos con su vecino y puesto en alerta a sus tropas fronterizas, después de que el Gobierno de Uribe presentara ante una sesión especial de la OEA nuevas pruebas de que dirigentes de las FARC, al frente de cientos de insurgentes, operan desde campos en el interior de Venezuela y pidiera una comisión internacional de verificación. Caracas ha vuelto a negar enfáticamente lo primero y rechazado lo segundo.

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Es imposible, sin embargo, deslindar el momento de las renovadas acusaciones colombianas del hecho de que el presidente Uribe deja el cargo en dos semanas, después de que se considerase inconstitucional su intento de conseguir un tercer mandato. Todo sugiere que antes de esa despedida, que no se produce de buen grado, el jefe del Estado quiere marcar, al menos respecto a Venezuela, la política exterior de su sucesor y delfín, el presidente electo Juan Manuel Santos, ex ministro de Defensa. Santos, un continuista, no es precisamente admirador del izquierdista y mercurial Chávez -que intenta contrapesar su decreciente popularidad con golpes de efecto, el último, desenterrar a Simón Bolívar-, pero interpreta con buen criterio que una de sus misiones es intentar normalizar las relaciones con Caracas, entre otras razones para obtener al menos neutralidad frente a la guerrilla.

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Uribe deja el poder tras ocho años con enorme aprobación popular. Sería un error por su parte pensar que esa circunstancia le autoriza a socavar las políticas reconciliadoras de su sucesor. Y más grave aún considerar que la interferencia puede continuar después del 7 de agosto.

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