Un honorable y virtuoso regreso de Jesús Carmona
El bailarín barcelonés vuelve a Madrid con una nueva creación donde posiciona su calidad y empeño en la producción de gran formato con una plantilla de artistas de alta calidad
Tras su accidentado paso por el Ballet Español de la Comunidad de Madrid, del que fue su primer director, un puesto donde apenas estuvo una temporada y ...
Tras su accidentado paso por el Ballet Español de la Comunidad de Madrid, del que fue su primer director, un puesto donde apenas estuvo una temporada y estrenó un fallido primer espectáculo, Jesús Carmona (Barcelona, 1985) vuelve a escena con su formación privada y un espectáculo que explosiona por su ambición y producción, aspirando al gran formato y a deslumbrar al público con un escenario tenebrista, profuso de elementos y alimentado por un sonido mixto en el que abundan las confusiones tímbricas, aunque después se redime, en parte, en el acompañamiento de los bailarines y en la síntesis de gusto contemporáneo de ritmos vernáculos.
Con respecto a la compañía pública regional y lo que pasó allí, Carmona ha estado acertadamente discreto; no remueve demasiado la olla para que no suba el tizne, y se centra hoy en dar, con seriedad y empaque, lo que sabe hacer y por lo que es reconocido: su baile y su creatividad a la que le sigue faltando cierto control estético. Su obra se titula Tentativo y como subtítulo agrega: Basado en paisajes reales. Pues esos paisajes están habitados por fantasmas y seres más o menos reales, por agresivas apariciones con las que se batalla (en forma de bailes).
Es significativa la primera imagen, cuando Carmona arrastra un gran atado (eso de lo que nadie se puede desprender del todo) y lo abre en el centro del escenario, como queriendo decir: “La procesión va por dentro, pero se puede mostrar”. Y dentro, solamente hay un objeto repetido muchas veces: son panderetas nuevas (hubiera sido mejor encontrarlas ya manoseadas y trajinadas por la vida y avatares), de esas que abundan en tantas tradiciones populares con un sinfín de formatos, tamaños, materiales y sonidos. Tal como la vemos hoy asimilada a la tarantela (en Italia) o la jota (en España), esta pandereta viene de la griega y alberga al crótalo en pares e hilado, para que suene, como muy bien desgranó Fraser), eso no se discute, aunque tiene parientes y ancestros en Asia; en la obra de Carmona, representan algo mucho más personal: son los recuerdos y las vivencias, al parecer, no todas placenteras. Escenas sucesivas dejan esto muy claro: hay cosas que te acompañarán siempre, te guste o no; por mucho que las esquives, alguien te las recordará y pondrá delante. Es por eso por lo que, otra vez quizás, es mejor abanderarlas, enfrentarlas.
Quizá no sienta Jesús Carmona necesidad alguna de tener ciertas consideraciones con el público, tanto en la excesiva duración del espectáculo -al que con toda evidencia le sobra, como mínimo, un cuarto de hora- como en sus abundantes referencias especializadas, ya sean del propio baile flamenco o del folclore, al que es mucho mejor y saludable hoy día llamar, bailes de tradiciones populares. El término folclore está tan denostado y mal asimilado como las figuritas de bailarina flamenca para poner encima del televisor. Si bien hay que decir que Carmona, con tino y gusto, no cae en ningún momento en el fakelore (algo que empezó a venderse muy bien hace más de medio siglo cuando Dorson alertó sobre ello, y ha hecho un verdadero estrago cultural que sigue hoy día).
Como con tantas otras materias de la antropología cultural y la ciencia coréutica, a Dorson se le cita sin haberlo leído, y eso puede conducir a errores. El llamado folclore español está repleto de ejemplos de fakelore que, al detallarlos, se comprueba, parten de una mala enseñanza anterior (volvamos a Dorson, que lo explica). El asunto no solo viene de antiguo sino de su raíz didáctica. Carmona, que viene de formación reglada de conservatorio, se maneja muy bien en la cuadratura de las danzas, musicalidad aparte, y domina el movimiento actoral de los bailarines en un escenario de riesgos, tanto por sus dimensiones como por la manera de emplazado para la danza. Ya Antonio Gades en Carmen primero, en segundo puesto con Bodas de sangre (pasodoble) y en Fuenteovejuna después (donde emocionó a todos con aquella boda extremeña) propuso esa inclusión revisada y culterana, respetuosa y con acierto. Carmona toma ese testigo, pero limita la aceptación por críptico. El personaje blanco puede venir de varios sitios de la península Ibérica, hay pistas: las enaguas (en Extremadura la llevan los hombres en el Baile de las italianas de Cáceres), el blusón (recuerda la indumentaria de Huesca), los espejitos en la máscara (están desde Galicia a La Rioja), pero eso es especular sobre vacío.
En vez de una explicación sapiente y útil, la breve cuartilla que funge como programa de mano (parece que el mal que hizo la covid, el confinamiento y sus restricciones en los más variados campos, diezmó para siempre aquello de dar una herramienta inmediata y adecuada al espectador, el caso es que, cuando los hay, cada vez son peores en forma y contenido: fondo negro y cuerpo tipográfico 8, por ejemplo, y nadie puede obligar a que el usuario del teatro lleve un flamante smartphone de última generación y lea un código QR), suelta un sermón seudocientífico de esos tipo psicoanalista de barra de bar que deja igual que antes leerse. No se detallan los bailes, su génesis estilística, ni hay la menor referencia al impactante personaje, evidentemente sacado de alguna tradición, que al final se despoja de su disfraz parcialmente, hasta donde puede y lo dejan, para hacer un agotador número de danza paroxismal con que finaliza la pieza, a gran impacto y logrando que el público irrumpa con sonoros aplausos y bravos. En esa euforia concertante, a las órdenes de Carmona todos se descalzan, cogen cada uno una de aquellas panderetas, y hacen un baile que funciona como bis de tradición. ¿Puede ser una sevillana corralera?
Jesús Carmona entra en su madurez manteniendo su baile con brío, muy esforzado y tenso, quizás con menos matices de dulzura, adagio y pianísimo del exigible a un artista tan premiado por su virtuosismo. El resto de la plantilla convocada responde con soltura y altura, pues en general se baila muy bien y dando muestras de calidad, detallismo, gusto propio y arranque. No se puede identificar (y es una pena, pues lo merecía) a la bailarina que hace su danza con un mantón (pudiera ser Lucía Campillo, Sofía Lasheras o Aitana Rousseau) ni al bailarín que afiligrana sus rápidos pasos, descalzo y con espléndidos pies y colocación académica (quizás es Pablo Egea Campillo) robándose al público en su breve pero degustado fragmento. Las cantaoras Teresa Hernández y Gabriela Giménez dieron un verdadero recital; ellas, muy jóvenes y con poderoso instrumento vocal, arroparon el baile, pero lucieron con propiedad ese papel del cante cuando no solo acompaña, sino que se hace parte seminal de la danza en un todo único y bien trabado.