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Marc Minkowski ‘insufla viento en las velas’ de un memorable ‘Giulio Cesare’ en Les Arts

El director francés deslumbra en Valencia con la inmersiva producción de Vincent Boussard, el exitoso debut español de Aryeh Nussbaum Cohen y la revelación de Marina Monzó como Cleopatra

De izquierda a derecha: el bajo-barítono Jean-Philippe McClish (Achilla), el contratenor Aryeh Nussbaum Cohen (Giulio Cesare) y (de rodillas) la soprano Arianna Vendittelli (Sesto Pompeo), en el primer acto de ‘Giulio Cesare’, el 28 de febrero en Les Arts.© Miguel Lorenzo-Mikel Ponce

Para Marc Minkowski (París, 63 años), el origen de su estilo como director se remonta a una noche de 1985, cuando asistió en la Salle Pleyel al oratorio Theodora de Handel dirigido por Nikolaus Harnoncourt al frente del Concentus Musicus Wien. Aquel impacto estético —la conciencia de que la orquesta podía generar por sí sola discurso y teatralidad— quedó fijado como una revelación.

En sus recientes memorias, ...

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Para Marc Minkowski (París, 63 años), el origen de su estilo como director se remonta a una noche de 1985, cuando asistió en la Salle Pleyel al oratorio Theodora de Handel dirigido por Nikolaus Harnoncourt al frente del Concentus Musicus Wien. Aquel impacto estético —la conciencia de que la orquesta podía generar por sí sola discurso y teatralidad— quedó fijado como una revelación.

En sus recientes memorias, Chef d’orchestre ou centaure. Confessions, evoca esa experiencia como una conjunción de fuerza y delicadeza que le marcó de manera indeleble: “¿Cómo podía el pensamiento de un instrumentista, además director, producir tal expresión, tal teatralidad, solo con una orquesta? Los cantantes añadían, evidentemente, un nivel superior de expresión, pero no todo dependía de ellos; era la orquesta la que producía el discurso”.

Entonces Minkowski era un joven fagotista que acababa de fundar Les Musiciens du Louvre —más tarde Les Musiciens du Louvre-Grenoble—. Su primer gran hito llegó con la recuperación moderna de Il trionfo del Tempo e del Disinganno, de Handel, que grabó en 1988. De Harnoncourt heredó una concepción del sonido basada en la articulación incisiva, la energía muscular y una tensión teatral constante. Ese ideario conserva intacta su eficacia y fue el motor del éxito de Giulio Cesare in Egitto el pasado sábado, 28 de febrero, en el Palau de les Arts. La producción de Vincent Boussard estrenada en mayo de 2023 en la Ópera de Colonia, de refinado esplendor visual, estuvo servida por un reparto donde primó la calidad sobre el relumbrón.

El teatro valenciano ha vuelto a superar esta temporada al Teatro Real, incluso con el mismo título handeliano en cartel. Mientras el coliseo madrileño optó hace una semana por una versión de concierto con Il Pomo d’Oro y nombres de fuerte proyección internacional —el contratenor Jakub Józef Orliński y la soprano Sabine Devieilhe—, el Palau de les Arts Reina Sofía ha reforzado su propia orquesta y apostado por el debut español del contratenor Aryeh Nussbaum Cohen y por el primer Handel de la soprano valenciana Marina Monzó.

El planteamiento recordaba al de la pasada temporada en el Gran Teatre del Liceu, con William Christie en el foso y la producción kitsch de Calixto Bieito, aunque entonces el resultado fue inferior. En Valencia, en cambio, los vítores —con buena parte del auditorio en pie tras casi cuatro horas de función, con un único descanso de 25 minutos— confirmaron el éxito de una representación que fluyó con naturalidad y pulso sostenido.

Minkowski parece haber medido a fondo las limitaciones físicas del teatro diseñado por Calatrava, donde debutó hace cuatro años con Los cuentos de Hoffmann, de Offenbach. En esta ocasión elevó el foso y gestionó con solvencia la enorme distancia que lo separa del escenario. Es cierto que, al comienzo, el volumen de los 45 músicos no facilitó las cosas a las voces, pero el director parisino terminó por equilibrar el conjunto sin perder un ápice de intensidad.

Su dirección impulsó a los cantantes en cada aria con auténtica carnadura sonora; en sus memorias define esa tarea con una metáfora marítima precisa: “insuflar viento en sus velas”. Dispuso un imaginativo acompañamiento continuo, en el que brilló el excelente clavecinista Yoann Moulin, que mantuvo idéntica viveza teatral en unos recitativos recortados con buen criterio. Siguió con bastante fidelidad la versión de 1724: conservó todos los da capo —con la única excepción del aria menos inspirada de Giulio Cesare, Non è sì vago e bello—; del primer acto suprimió la tercera aria de Cleopatra, como ya hizo en su grabación para DG/Archiv (Tu la mia stella sei), y el corte más sustancial fue la última aria de Sesto en el tercer acto (La giustizia ha già sull’arco).

La producción reincidió en el mismo problema que en el Liceu al programar un único descanso tras casi dos horas y en pleno segundo acto. En Valencia, sin embargo, se adoptó una solución eficaz al inicio de ese acto: la orquesta situada sobre el escenario se desplazó al centro de la sala y tanto Cleopatra como Giulio Cesare cantaron sus arias desde el patio de butacas. El recurso resultó especialmente atractivo en el aria de pájaros Se in fiorito ameno prato, que desembocó en un espectacular duelo musical entre el violín solista de Stéphane Rougie, en el escenario, y la voz de Aryeh Nussbaum Cohen, en la platea.

El contratenor estadounidense, de 31 años, fue uno de los triunfadores de la velada. Sus cualidades como líder romano ya habían quedado patentes en su debut, hace dos años, en el Festival de Glyndebourne. En Valencia se confirmó como referencia actual en el personaje de Handel creado para el castrado Senesino desde su aria de bravura, Empio, dirò, tu sei, donde desplegó vertiginosas vocalizaciones, brillo en el registro agudo y refinadas variaciones en el da capo. Su interpretación no dejó de crecer, con sucesivos destellos de musicalidad, hasta culminar en el tercer acto con una impetuosa y espectacular Quel torrente, che cade dal monte.

La otra gran triunfadora del reparto fue Marina Monzó. En su primera encarnación de un personaje handeliano, la soprano valenciana, de la misma edad que el contratenor estadounidense, se perfila como una Cleopatra a tener muy en cuenta. A ello se suman unas notables dotes actorales y musicales para transitar desde la brillante coquetería hasta la furia y la hondura emocional. Lo demostró especialmente en el tercer acto con Piangerò la sorte mia, uno de los momentos culminantes de la noche, desde el timbre embriagador de la tristeza inicial hasta la violencia virtuosística de la sección central.

No desmereció el resto del reparto. El contratenor persa-canadiense Cameron Shahbazi fue un Tolomeo más logrado que en Barcelona la pasada temporada, como eficaz contrapunto a Giulio Cesare. En Valencia no solo construyó un villano más complejo, sino que, pese a un volumen inferior al de su colega estadounidense, su voz se proyectó de principio a fin con la incisividad necesaria, como evidenció en su última aria, Domerò la tua fierezza.

La experiencia del elenco la aportó la mezzosoprano veneciana Sara Mingardo, que lleva al menos dos décadas frecuentando el papel de Cornelia. Lo corroboró con varios destellos de musicalidad, como en el dúo Son nata a lagrimar junto a su hijo Sesto al final del primer acto. El personaje travestido que Handel escribió para la célebre Margherita Durastanti fue asumido en Valencia por la soprano italiana Arianna Vendittelli, que cantó indispuesta —según se anunció—, aunque supo equilibrar el fuego juvenil vengativo y el lirismo contemplativo.

Por su parte, el bajo-barítono canadiense Jean-Philippe McClish plasmó con voz profunda la evolución de Achilla. En recitativos y coros, tanto el barítono Bryan Sala como la mezzo Lora Grigoriev fueron, respectivamente, solventes Curio y Nireno.

La producción de Vincent Boussard destacó, como ya se apuntó, por su esplendor visual y su cohesión estética. Pero también por una dirección de actores eficaz, atenta a la evolución dramática y sustentada en algunas ideas atractivas. Es el caso del desdoblamiento de Cleopatra mediante una actriz con la misma peluca bob negra, recurso que permite mostrar en una misma aria la vertiente seductora y la política del personaje. También la concepción de Tolomeo, inicialmente malvada, pero que evoluciona hacia lo grotesco e irónico, en contraste con su consejero Achilla, cuyo vestuario traza un recorrido del bufón al hombre derrotado.

No hay duda de que el vestuario de Christian Lacroix es uno de los pilares del montaje. Distingue con imaginación a romanos y egipcios, al contraponer las convenciones occidentales al exotismo colorista y fantasioso. Juega con inteligencia con guiños a distintas épocas —miriñaques, tricornios, armaduras— y perfila con precisión a los protagonistas: el suntuoso manto de César y la túnica de brillo oscuro de Cleopatra.

El mayor acierto es, sin embargo, la escenografía de Frank Philipp Schlößmann, decisiva para la fluidez del espectáculo. Un dispositivo de paredes móviles, espejos y proyecciones ambientales, planificado con rigor, que dialoga con la música tanto en los pasajes más íntimos como en los más espectaculares. En suma, una producción en la que acción, música y escena se conjugan hasta hacer perder la noción del tiempo.

‘Giulio Cesare in Egitto’

Música de George Frideric Handel. Libreto de Nicola Francesco Haym (basado en el libreto homónimo de Giacomo Francesco Bussani).

Aryeh Nussbaum Cohen, contratenor (Giulio Cesare); Marina Monzó, soprano (Cleopatra); Cameron Shahbazi, contratenor (Tolomeo); Sara Mingardo, mezzosoprano (Cornelia); Arianna Vendittelli, soprano (Sesto Pompeo); Jean-Philippe McClish, bajo-barítono (Achilla); Bryan Sala, barítono (Curio); Lora Grigoriev, mezzosoprano (Nireno).

Orquestra de la Comunitat Valenciana.

Dirección musical: Marc Minkowski.

Dirección de escena: Vincent Boussard.

Palau de les Arts, 28 de febrero. Hasta el 13 de marzo.


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