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Izquierda chilena
Tribuna

Una izquierda anémica

Que la izquierda carezca de proyecto intelectual es un problema de marca mayor para el país. No solo porque conviene contar con oposiciones leales, sino porque una izquierda sin ideas tiene la tentación de movilizarse con el puro poder como objeto

Gabriel Boric en el Palacio de la Moneda, en Santiago (Chile), el 15 de diciembre de 2025.

El Gobierno de Gabriel Boric comenzó con una tesis política incorrecta: subordinar su agenda al resultado del plebiscito constituyente. El resultado quedó a la vista con la derrota del proyecto de la Convención Constitucional; el Gobierno tuvo que empezar su segundo tiempo con el primero apenas iniciado. Aunque la izquierda todavía no aquilata el fracaso en toda su profundidad, desplazó la atención de otro problema quizás más grave: haber fundado su Gobierno en una alianza sin contenido entre el Socialismo Democrático, el Frente Amplio y el Partido Comunista.

Aunque la vieja guardia concertacionista fue vista como el salvavidas de un Gobierno que hacía agua, la alianza en sí nunca estuvo bien constituida. Apenas meses antes, en la segunda vuelta que enfrentó a Gabriel Boric y José Antonio Kast, se levantó un frente común ante el peligro que representaba el hoy presidente electo. Fue un contrato de pura negatividad: no somos esto, entonces vamos a unirnos. En teoría, el peso ideológico recaería en el naciente Frente Amplio. Mal que mal, eran quienes habían levantado la tesis fuerte del reemplazo de la Concertación —con el auspicio entusiasta de Michelle Bachelet— y de la superación del neoliberalismo. En teoría, también, había un programa claro: herramientas nuevas, jóvenes graduados en el extranjero, una generación no contaminada con las lógicas del poder de los últimos 30 años.

A pesar de tanta credencial académica, la idea quedó en el aire. Es cierto que gobernar Chile es difícil para cualquiera. El sistema está trabado, las expectativas son enormes, los márgenes escasos. Pero su entrada al poder mostró que no solo faltaban propuestas; el diagnóstico mismo estaba errado. Y no porque las construcciones intelectuales fueran incorrectas —que lo eran—, sino porque no había siquiera una lectura asentada de qué era Chile y qué implicaba representarlo. Juan Pablo Luna los criticaba con dureza en una entrevista de 2022: “El Frente Amplio hace política por aire, por redes sociales y con operaciones comunicacionales. Toma decisiones desde arriba, sobre la base de diagnósticos poco densos, a consignas simplistas”. ¿Cómo podían gobernar un país que no conocían?

Fue todo un bluff, una jugada que nació muerta. Se notó rápido con Izkia Siches arrancando de los balazos en Temucuicui a menos de una semana de iniciado el Gobierno. No había ideas, pero tampoco “territorio”, por más que se abusara de la expresión. Pese a lo duro de la crítica contra sus antecesores, al menos la Concertación había hecho un largo y descarnado camino de renovación intelectual. No era perfecto, pero lograba dotar de sentido a su acción política, darle un marco de orientación que no dependía de los rostros ni del marketing.

En ausencia de ideas, todo descansó sobre las personas. Sobre todo, el presidente —su imagen, sus lecturas, hasta su perrito Brownie— cargó con el peso de un Gobierno que anduvo a los tumbos. Quizás nada lo revela mejor que la pésima conferencia de prensa en que Boric intentó explicar el manejo del caso Monsalve: la defensa de lo indefendible, sostenida en las puras virtudes de quien hablaba. Como no había tesis, lo que quedó fue un pragmatismo raro, de volteretas, sin justificaciones, tan flexible que no podía mantenerse en pie.

Pero no fue un problema exclusivo del Frente Amplio o de Boric. El Socialismo Democrático tampoco tenía mucho que ofrecer, salvo una moderación poco creíble: habían cedido demasiado durante la fiebre constituyente como para reclamarla ahora. La renovación intelectual de los 80 no tuvo continuidad. Eso explica, en parte, su subordinación al Frente Amplio dentro de la coalición.

Que la izquierda carezca de proyecto intelectual es un problema de marca mayor para el país. No solo porque conviene contar con oposiciones leales capaces de identificar las debilidades del adversario, sino porque una izquierda sin ideas tiene la tentación de movilizarse con el puro poder como objeto. El tono de las primeras reacciones al gabinete de Kast fue destemplado, más cercano a la descalificación que al análisis. Cuando no hay ideas que ofrecer, solo queda el ruido. El diputado Daniel Manouchehri dijo que era “un gabinete armado a los tumbos, con las segundas o terceras opciones, al servicio de grandes grupos económicos. (...) Gabinete con fecha de vencimiento y desconectado del país real”. Ese será el tono desde el 11 de marzo en adelante.

La izquierda tendrá cuatro años para hacer lo que no supo en esta administración. La pregunta es si usará ese tiempo para elaborar un diagnóstico serio del país o si repetirá lo que hizo durante el segundo mandato de Sebastián Piñera: un festival de acusaciones, frases destempladas y deslealtades, olvidando que lo que se jugaba era un país. Eso, mientras hoy se tiran los platos por la cabeza. El Socialismo Democrático llamó a su propia jornada de reflexión, dejando fuera explícitamente al Frente Amplio y al PC. Linda manera de terminar un Gobierno que quiso cimentar “la más amplia unidad de las izquierdas”.

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