Soltar Amarras
Hay que poner sobre la mesa la posibilidad de que el “momento unitario” del centro hacia la izquierda haya llegado a su fin. En ello descansa la posibilidad de aspirar a construir una mayoría social, política y cultural

Las fuerzas políticas del centro a la izquierda en Chile sufrieron, en la elección presidencial recién pasada, su derrota electoral más estrepitosa desde el advenimiento de la democracia de masas. Pese a llegar a esa instancia con un amplio abanico de respaldos, desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Igualdad, en primera vuelta reunieron apenas un 26% de los votos. Un resultado que refleja la orfandad política de un sector que, hace apenas un lustro, cayó de hinojos al embrujo del llamado estallido social, al punto de aspirar a modificar radicalmente la arquitectura institucional del país.
En un escenario semejante, lo esperable sería observar un álgido debate con miras a replantear las líneas ideológicas y estratégicas del sector que apoyó a Jeannette Jara, así como intensas discusiones y diferencias sobre los caminos a seguir. No ha sido el caso.
Aunque muy publicitados, y sin duda más valorables que el silencio de otras dirigencias, los documentos de Giorgio Jackson y Gonzalo Winter están más en el registro del diario de vida con pretensiones académicas que del ensayo político. Abundan en ellos los giros exculpatorios y una fatuidad intelectual que la combinación de ambos géneros permiten. De hecho, entre una andanada de citas que parecen fuera de lugar, el primero de ellos atribuye casi por entero la derrota a un cambio en las reglas electorales. Con ello genera la ilusión de que la seguidilla de derrotas que el oficialismo ha sufrido desde el 4 de septiembre de 2022 sería apenas el fruto de un error de cálculo, y no de una muy austera epistemología para la intelección de la sociedad chilena.
Sin embargo, más preocupante aún es el hecho de que, salvo algunas excepciones puntuales y loables, todas estas divagaciones apuntan a mantener acríticamente la unidad que sostuvo la candidatura de Jara.
El hecho de que ningún dirigente de los partidos que respaldaron a Jara haya puesto su cargo a disposición luego de la segunda vuelta parece confirmar que en las huestes del “arco progresista” reina el conformismo. A ello se suma una inconfesable certeza: por la fuerza de los hechos, bastaría un candidato carismático y el inexorable desgaste republicano para volver a La Moneda en solo cuatro años más. Bajo esa convicción, solo queda resistir, haciendo de la unidad la excusa perfecta para no abordar los múltiples problemas derivados de esta estrategia.
Es necesario, creemos, recordar que ese no es el único camino posible. Al menos, poner sobre la mesa la posibilidad de que el “momento unitario” del centro hacia la izquierda haya llegado a su fin. Aunque suene paradójico, creemos que en ello descansa la posibilidad de aspirar a construir una mayoría social, política y cultural que permita impulsar transformaciones estructurales en el mediano plazo.
En primer lugar, la unidad es una estrategia eminentemente defensiva y de repliegue. En un momento como este, en que el espacio político se abre en varias direcciones, pueden emerger alternativas novedosas y propuestas heterodoxas. Luego de competir entre sí, estas podrían arribar a una síntesis capaz de recobrar una mayoría social y política que hoy se encuentra en manos de la derecha. La obsesión con la unidad, por el contrario, conlleva el riesgo de sepultar este proceso creativo. No es eso lo que necesitan los derrotados. Tras tocar fondo, se requiere espacio para pensar y desplegar fórmulas nuevas.
En segundo lugar, la unidad obstaculiza la ampliación de la base de la izquierda. Al homogeneizar su discurso y unificar sus pautas de acción, sus fuerzas pierden autonomía, versatilidad y credibilidad ante sus potenciales electores. Los costos de la unidad, además, son asimétricos. Quienes se ubican en sus flancos laterales deben sacrificar la posibilidad de disputar otros espacios políticos, permitiendo que el adversario crezca en el vacío que se produce en los márgenes de la unidad.
Por último, la estrategia unitaria ejerce una fuerza asfixiante sobre la discusión estratégica e ideológica del sector. Uno de los principales problemas que aqueja hoy a la izquierda y al centro reformista es su carencia de reflexión intelectual crítica. Sin ella resulta difícil superar el entrampamiento actual, que en buena parte es fruto de las limitaciones analíticas y de los giros normativos que han inspirado a sus principales dirigentes en las últimas décadas.
Hay quienes sostienen que la separación de caminos conduce inevitablemente a la perdición de quienes se atreven a intentarla, y suelen citar como advertencia los casos de Amarillos y Demócratas, hoy en la derecha, o de Jorge Sharp, que buscó su camino a la izquierda del Frente Amplio. Y, desde un punto de vista estrictamente pragmático, puede que no les falte razón. El problema, sin embargo, es otro. Creer que no existe una forma distinta de interpelar a las franjas del electorado que se han alejado equivale a asomarse al abismo. Supone aceptar que esos públicos han sido efectivamente capturados por la derecha, en alguna de sus variantes, y que lo único que resta es aguardar su eventual desencanto. Una reflexión de este tipo, cuyo único horizonte estratégico es el desgaste o la demonización del adversario, difícilmente puede conducir a algo distinto que un puñado de victorias pírricas en el corto plazo y a una derrota prolongada en el largo.
El problema no es entrar o no a un Gobierno, ni tampoco a una coalición u otra. En cualquier democracia los partidos entran y salen de los gobiernos de acuerdo con las condiciones y con sus propias reflexiones internas. Pero lo hacen desde proyectos claramente delimitados y sustentados en una batería de elaboraciones políticas e intelectuales robustas. De eso es precisamente de lo que más carecen hoy los partidos que ven en el totemismo de la unidad una forma de maquillar sus contradicciones. No se trata, por cierto, de un alegato con validez universal. Creemos que terminar con la unidad es necesario en este momento y en este lugar, por las razones expuestas.
¿Cómo debe darse esta separación de caminos? Una elaboración más detallada excede este espacio. Por ahora, huelga decir que no será rejuntando siglas. Debe darse en torno a la identificación de diferencias fundamentales y estructurantes entre las fuerzas que hoy conforman la unidad oficialista. Como diría un famoso izquierdista, que quizá en el Chile de 2025 también estaría participando de la más amplia unidad, permitiendo que mil flores florezcan.
La izquierda radical podría, sin lugar a duda, tener una posibilidad mayor de reactualizar las tradiciones de las cuales desciende, comunista y mirista, si se plantea desde proyectos propios y sin amarrar su destino al de fuerzas históricamente antagónicas. De hecho, allí donde pueden hacerlo sin sacrificar intereses inmediatos, como en el mundo universitario, la izquierda radical mantiene hasta el día de hoy una actitud hostil hacia quienes pertenecen al tronco histórico de la centroizquierda. El caso de esta última, que sin duda requiere una examinación más cuidadosa, resulta aún más triste por razones conocidas. Se trata de culturas y tradiciones riquísimas, hoy limitadas al pirquineo electoral y a la sumisión política. Una realidad a la cual, huelga decir, no tiene por qué estar condenada.
La unidad ha devenido, para decirlo con Kant, en una intuición sin concepto. Tomarse en serio los resultados del último mes significa soltar amarras.
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