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Cecilia Albala, médica: “El envejecimiento de los chilenos era un tema abandonado”

La profesora emérita de la Universidad de Chile aborda las complejidades del envejecimiento saludable y la nutrición, dos áreas de investigación en las que es pionera

Cecilia Albala en Santiago, Chile, el 31 de enero.SOFIA YANJARI

Cecilia Albala Brevis (Cauquenes, región del Maule, 83 años) no se cansa de contar esta historia. Cuando llegó a la Universidad de Chile —primero a Bioquímica y Química y Farmacia, en 1960, para pasar a Medicina en 1962—, le tocó presentarse junto a los demás estudiantes de primer año. Y allí, venciendo todo pudor provinciano, se animó a hablar fuerte y bien modulado después de que se presentaran mechones [los alumnos recién ingresados] provenientes de colegios de la élite santiaguina: “Me llamo Cecilia Albala y estudié en el Liceo de Niñas de Cauquenes”.

Declarada en 2019 hija ilustre de su ciudad natal —42.000 habitantes, 358 kilómetros al sur de Santiago de Chile—, vuelve a esta anécdota como quien reivindica una educación pública de otro tiempo sin perder el aplomo profesoral ni la chispa en la mirada.

Profesora emérita de la Universidad de Chile, tiene hoy un contrato ad honorem con el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) de la casa de estudios, por lo cual sigue haciendo clases de posgrado, al tiempo que avanza en investigaciones de largo aliento. Especialista en temas de salud pública, epidemiología, nutrición y envejecimiento saludable es, al menos en los dos últimos, una pionera. Eso sí, buena parte de lo ocurrido es atribuible al azar.

Así pasó después de que, en 1975, la universidad intervenida por la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) la despidiera, junto a su marido Álvaro Arroyo, fallecido hacer dos años y quien fue también profesor. Para su suerte, había cursado una beca mixta de salud pública y medicina interna, lo que le permitió abrir una consulta privada y defenderse en años severos.

Más curioso fue lo del INTA, creado en 1976 para combatir la desnutrición infantil. Su fundador y primer director, Fernando Mönckeberg, había convocado a profesionales “que no teníamos ni nos daban pega [trabajo]”. Cuando ella retrucó que tenía “prohibido pisar la universidad”, Mönckeberg le respondió, “¿y para qué voy a poner un letrero con tu nombre en la puerta?”. Complicada, Albala lanzó su último dardo: “Jamás he sido pediatra ni he trabajado en nutrición infantil”. “Ven para acá, nomás”, le dijeron.

Lo primero que le pidieron, principiando los ’80, fue que evaluara el funcionamiento de los comedores infantiles municipales. Tras comenzar una de las evaluaciones, advirtió una constante en las trabajadoras de un comedor: la obesidad, fruto de dietas que solían incluir té azucarado y pan con chicharrones. “Se me ocurrió, entonces, ofrecer un programa totalmente lateral que no les iba a costar un peso a las municipalidades ni al INTA”.

Al principio, rememora Albala, “las trabajadoras estaban un poco renuentes: ‘Van a creer que estamos gordas porque nos comemos la comida de los niños’, nos decían. Con las dietas que tenían, obviamente engordaban y tenían problemas metabólicos. Entonces, les hicimos un programa”. Acto seguido, vieron cuánto costaba lo que ellas comían y buscaron en ferias libres alimentación saludable por el mismo precio. Y fue un éxito.

Como una cosa lleva a la otra, a comienzos de los ’90 la Universidad de Concepción la invitó a trabajar como epidemióloga en un proyecto de demencias asociadas a la edad. Y así fue como terminó esa década avanzando paralelamente en investigaciones sobre obesidad, demencia y envejecimiento. Algunos de esos caminos no tardaron en converger y en convertir a la doctora Albala en una autoridad en gerontología, aproximación interdisciplinaria que considera, entre otros, factores de salud mental -como las demencias- en la vejez.

“Y el 2000 se cruzaron estas dos cosas”, recuerda: la Organización Panamericana de la Salud (OPS) le encargó conducir un estudio multinacional en salud, bienestar y envejecimiento. “Empecé a preocuparme del envejecimiento de la población chilena”, cuenta acerca de las previsiones a 20 o 30 años que empezó a hacer con permiso de la demografía. Machacaba con el tema, explica hoy, “porque estaba abandonado, nadie se preocupaba”.

Se inició en el año mencionado un estudio de cohortes —de los que siguen a grupos de personas a lo largo del tiempo— que le ha permitido estudiar “fundamentalmente la importancia del envejecimiento saludable, las brutales desigualdades socioeconómicas que existen en Chile a este respecto y los factores que pueden predecir la demencia”.

Acá, una palabra clave fue edentulismo, la pérdida de piezas dentarias definitivas. ¿En qué inciden esas piezas y su ausencia? “Hay una conexión de las raíces dentales con el cerebro, por lo cual la masticación es muy importante: trabajan todos los músculos de esa zona, que están conectados al cerebro. Ahora, cuando ves que a la mitad de las personas mayores [de 65 años] en Chile les faltan todos o la mayoría de los dientes, tienes un factor importante de riesgo de demencia”.

Los escáneres muestran, le hizo ver un odontólogo, un mayor el flujo de sangre en la zona en que se realiza un implante dental. “Y si al ponerte un diente te aumenta el flujo, quiere decir que la gente sin dientes tiene disminuido el flujo, por lo que ahí está la asociación”. La investigación, aún en curso, consideró una serie de cruces que permitieron pasar de la correlación a la causalidad y, en ese esfuerzo, cambiar la mirada: “Tú podrías decir, a tal persona se le cayeron los dientes, no come, está desnutrido, no conversa, no socializa”, como si lo primero no ayudara a explicar lo demás.

Hay ahí un área en que la calidad de vida puede mejorar, hace ver la académica, quien entra a plantear en esta línea cuestiones que pueden sonar contraintuitivas, si es que no impopulares.

Hoy, por ejemplo, mantiene su respaldo al informe publicado en 2015 por la Comisión Asesora Presidencial sobre el Sistema de Pensiones, la Comisión Bravo, creada a instancias de la Michelle Bachelet y que la contó a ella entre sus 24 integrantes. El documento consignaba que Chile es uno de los países que había envejecido más rápidamente y que seguiría haciéndolo a un ritmo acelerado en las siguientes décadas (y así ha venido siendo, al punto que las muertes acaban de superar a los nacimientos). ¿Qué hacer para financiar las pensiones si no hay recambio suficiente? Por lo pronto, el informe recomendaba aumentar la edad de jubilación de las mujeres de 60 a 65 años, a razón de medio año anual.

Sin embargo, la recomendación no flotó políticamente. “Entiendo por qué”, dice la doctora con alguna resignación, aunque no ve mucha alternativa si las nuevas generaciones van menguando: “Alguien se tiene que tirar a la piscina con la edad de jubilación”.

Lo otro es el envejecimiento saludable, sostenido en dos pilares: funcionalidad y autonomía. “La salud en la persona mayor no se define igual que en el resto de la población. No se define por el número de enfermedades que tienes, sino por tu capacidad para funcionar en tu entorno”, expone. Distinto es vivir en un quinto piso de un edificio con ascensor que sin él. “Porque la funcionalidad abarca no solo cuestiones biomédicas, sino también ambientales: están los hoyos en las calles al salir a caminar, o la inseguridad, o la cercanía de lugares para hacer compras. Si vivo en un entorno adverso, no voy a poder funcionar”.

¿Y la autonomía de los mayores? Un tema delicado e insuficientemente abordado. Acá, Albala apunta a quienes piensan, por ejemplo, que es una estupenda idea resolver el desplazamiento de los padres o de los suegros pidiéndoles cada vez un viaje en vehículo de aplicación en vez de enseñarles a esos mismos padres y suegros a descargar la aplicación en sus celulares. Todos ganarían y no sería muy difícil, pero ya lo dijo un escritor: la costumbre es la tiranía a la que nos sometemos por comodidad.

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