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DICTADURA PINOCHET
Tribuna
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La recolectora de piedras

Al redactar estos cuentos, mi único propósito ha sido rescatar la memoria, salvar a las víctimas de la dictadura del olvido, honrar sus nombres y sus vidas. Mi escritura es una forma de reparar y consolar

50 años golpe de Estado en Chile
Manifestantes se dirigen hacia el Cementerio General en Santiago de Chile por la conmemoración de los 50 años del golpe de estado, en septiembre de 2023.Cristóbal Venegas

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Un día mi amada hija Catalina me preguntó por qué todos mis cuentos eran tan tristes. ¿Cuándo vas a escribir un cuento feliz, mamá? -remató con cierto tono de urgencia.

-No sé escribir esos cuentos-le contesté. Que los escriban otros-.

En rigor, tampoco habría querido escribir estos 11 textos que hoy lanzamos. Son relatos duros, que dan cuenta de vidas abortadas, improvisadas por la permanente emergencia y la barbarie. Como telón de fondo, las réplicas sísmicas de la dictadura de Pinochet: la desaparición, la tortura, la muerte, el asilo, el exilio, el secuestro, la clandestinidad, el regreso a una patria que no se reconoce. Un rosario interminable de violaciones a los derechos humanos que dejaron una huella común en las víctimas: la fractura.

Al otro lado, los victimarios, los represores, la llamada ecuación cívico- militar. Porque, al final, se estaba en una vereda o en otra. No había espacio para ambigüedades. Nos mintieron, nos amenazaron, nos prohibieron el duelo. Nos robaron el futuro y nos pisotearon el pasado. Pero no pudieron arrebatarnos nuestra dignidad ni la de nuestros caídos. Esa es nuestra gran victoria, aunque sigamos colmados de ausencia, contando cuentos tristes.

Es cierto: conocemos las historias. Las hemos reporteado y escrito durante años. Las hemos relatado dentro y fuera de Chile, y cuando las leemos o escuchamos por enésima vez, nos volvemos a conmover. Parece que fue ayer, porque fue ayer. La memoria está fresca, recién parida. Sólo las fotografías se han teñido de sepia.

Al redactar estos cuentos, mi único propósito ha sido rescatar la memoria, salvar a las víctimas del olvido, honrar sus nombres y sus vidas. Mi escritura es una forma de reparar y consolar. Y denunciar, porque también escribo para los que llegaron tarde o no se quisieron enterar. Los ciegos, los sordos, los llamados cómplices pasivos. Me niego a aceptar que tanto dolor haya sido en vano y siento terror al imaginar que la barbarie se vuelve a instalar en nuestro país, sin pestañear siquiera. El Nunca más me da vértigo.

Para soñar genuinamente en un mañana, debemos sumergirnos en la memoria y, si es necesario, en el dolor. Pero hay que tener la voluntad de saber y el coraje de recordar. La memoria no es una suma de recuerdos. La memoria nos valida, nos otorga una identidad. A través de ella los pueblos se explican y se reconocen en su historia, su origen, su razón de ser como comunidad y personas.

La escritora y feminista argentina Dolores Reyes dijo hace poco en una entrevista que “escribir es una forma de movilizar, de reaccionar activamente sin dejarte aplastar por la tristeza, por la bronca.” Recojo su reflexión porque hace años que libro una lucha silenciosa para que no me venza ni la tristeza ni la bronca. Sé que no estoy sola: terminada la dictadura, muchos nos pusimos a cazar palabras, las nuestras, las propias, tanto tiempo amordazadas. Después de casi dos décadas de escuchar las historias de otros, nos propusimos encontrar nuestras voces, como si fuesen objetos perdidos en una guerra sin destino, como son todas las guerras.

Añorábamos rescatar nuestra identidad como personas, primero, y como patria arrebatada, después. Nos sacudimos el miedo al amanecer y durante interminables noches enterramos el terror, la traición, el amor truncado, la promesa rota, la familia que se hizo trizas, la derrota. Marcados por el anhelo profundo de dejar atrás los tiempos del cólera, de aclarar la garganta, levantar la mano. Nos miramos al espejo, tanto tiempo empavonado, y, por si acaso, apagamos una vela como si bastara un soplo para borrar la pesadilla. Nos sorprendimos de estar vivos.

Fracturados, pero vivos.

Un día cualquiera, nos atrevimos a levantar la vista hacia el cielo y sentimos el sol tibio en el cuello, la fragancia del placer. Nos detuvimos para reanudar, para considerar, para echarnos a andar en busca de algo parecido al futuro. Sin prisa, sin miedo.

Entonces nos adentramos en las aguas de la escritura. Novelas, cuentos, obras de teatro, poesía, ensayos, lo que fuera. A tientas, como en una pieza oscura. Aleteos tímidos y torpes al comienzo, pero a medida que la democracia dejaba de ser una ilusión y el horror quedaba atrás, nacieron textos robustos, contundentes. Abrazamos la palabra como a una vieja amiga extraviada y magullada.

Sentí que había llegado a la orilla. Poco a poco, fui entrando a mi mundo profundo de claros y oscuros. Las palabras brotaban como callampas en un bosque húmedo y caían como una cascada de agua fresca en las cuencas de mis manos. Había tropezado conmigo misma y, como hija de la palabra y el dolor, me fui despojando lentamente de las telarañas del silencio, de la inercia en la cual me sentí entrampada durante tanto tiempo.

La escritura me salvó de la locura.

Dedico este esfuerzo a los jóvenes de Chile, cuyas vidas cambiaron, incluso antes de nacer, por los sueños que persiguieron sus padres y madres, abuelas y abuelos, unidos por un proyecto de país y de mundo que se rompió en mil pedazos, pero que entonces parecía posible.

“El mundo está plagado de piedras preciosas en bruto, tan atractivas como misteriosas”, asegura Haruki Murakami, quien el año pasado ganó el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Los escritores, dice, “están dotados de vista suficiente para dar con esas piedras. Con la actitud adecuada se pueden recoger y seleccionar tantas de esas piedras en bruto como uno quiera. ¿Acaso existe otra profesión que ofrezca una oportunidad tan maravillosa como esta?”, se pregunta.

Yo estoy en eso, recogiendo piedras, de aquí, de allá. Sin prisa, sin miedo. No podría haber elegido un mejor oficio.

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