2001-2008: la década del terror global
El atentado que sacudió el mundo abrió una era oscura que sembró el odio que vino después. El terrorismo y las guerras que desató el 11-S se cebaron con las poblaciones de Oriente Próximo, y en Occidente el miedo alimentó el virus de la xenofobia
Raro es que alguien no sepa dónde se encontraba el 11 de septiembre de 2001. Las imágenes de los aviones impactando contra las Torres Gemelas de Nueva York dejaron atónitas a millones de personas en todo el plane...
Raro es que alguien no sepa dónde se encontraba el 11 de septiembre de 2001. Las imágenes de los aviones impactando contra las Torres Gemelas de Nueva York dejaron atónitas a millones de personas en todo el planeta. El choque del segundo reactor evidenció que aquello no era un accidente; tampoco un atentado terrorista al uso (otro aparato se estrelló contra el Pentágono y uno más fue derribado por el pasaje). El simbolismo del golpe contra la ciudad paradigma de EE UU enviaba un mensaje inconfundible de odio hacia lo que representaba. La súbita vulnerabilidad de la superpotencia se proyectó sobre todo Occidente. De repente, el mundo había cambiado. ¿O no fue para tanto?
Aún no estaba claro si los autores eran unos locos iluminados, una panda de inadaptados vengativos o instrumentos de una organización empeñada en destruir el modo de vida occidental. Tal vez una mezcla. Enseguida, una oleada de solidaridad abrazó a EE UU. La comunidad internacional respaldó de forma unánime las resoluciones del Consejo de Seguridad que legitimaron su respuesta militar contra Al Qaeda y los talibanes afganos. Pero la bautizada como “guerra contra el terrorismo” no solo iba a vengar la muerte de casi 3.000 personas y a castigar a los responsables de un ataque sin parangón. Los neoconservadores y el negocio de la seguridad iban a utilizarla como pretexto para sus intereses abriendo las puertas a una peligrosa política intervencionista que se prolonga hasta la actualidad.
Derribar el régimen talibán no fue lo más complicado. De hecho, aquellos enturbantados no esperaron a que las tropas estadounidenses llegaran a Kandahar, sede de su líder supremo, sino que escaparon hacia la cordillera del Hindu Kush, en la frontera con Pakistán, donde la guerra mutó en un mortífero juego del ratón y el gato. No hay estadísticas de cuántos civiles perecieron bajo los bombardeos contra las cuevas y aldeas afganas donde se escondieron aquellos milicianos fundamentalistas. Tras la retirada de EE UU de Afganistán en agosto de 2021, el proyecto The Costs of War de la Universidad de Brown estimó en 243.000 los muertos causados directamente por la guerra durante esas dos décadas, un tercio de ellos civiles.
El horror no se detuvo allí. Apenas un año y medio después del ataque en Nueva York, EE UU se lanzó a otra aventura bélica en Irak. Esta vez sin el respaldo de la ONU y con la justificación de unas armas de destrucción masiva que se demostraron inexistentes. Los afganos se sintieron abandonados. Muchos analistas respaldaron su sensación de que Washington dejaba el trabajo a medias. El traslado de tropas al nuevo frente contribuyó al resurgir de los talibanes. Los iraquíes, por su parte, vieron horrorizados cómo la improvisación y el desconocimiento del terreno convertían su país en un campo de batalla; sus esperanzas por el fin de la dictadura de Sadam Husein se ahogaron en la angustia de un conflicto civil sectario. La apuesta por resolver los problemas a cañonazos también dio alas a los islamistas violentos (yihadistas) que argumentaban que Occidente había declarado la guerra al islam.
En ese caldo de cultivo, Al Qaeda reclutó afines en medio mundo dispuestos a morir matando. España y el Reino Unido fueron objetivo de los dos principales ataques en territorio europeo, en 2004 y 2005, respectivamente. El atentado del 11 de marzo en Madrid, que causó 192 muertos y dos millares de heridos, estremeció a una sociedad que se sentía lejos de la contienda. El efecto psicológico fue enorme. Primero, para los supervivientes, que dos décadas después aún sufren estrés postraumático, depresión o ansiedad. En general, se perdió la sensación de seguridad y se extendió el miedo. Aunque no de forma generalizada, hubo episodios de racismo y xenofobia contra personas musulmanas o percibidas como tales. Se había inoculado un virus peligroso.
También tuvo un profundo impacto político, ya que buena parte de los españoles concluyó que el Gobierno del PP había mentido al atribuir su autoría a ETA. La consiguiente disputa, apenas tres días antes de unas elecciones generales, supuso un vuelco en el resultado. Como consecuencia, se produjo un giro en las políticas de seguridad y cooperación contra el terrorismo yihadista, así como el replanteamiento de la participación de España en conflictos internacionales, con la retirada inmediata de las tropas desplegadas en Irak.
Por más dolor que el terrorismo transnacional haya causado en Europa, quienes más han sufrido su violencia indiscriminada han sido las poblaciones del gran Oriente Próximo. El caos en el que se sumió Irak tras la ocupación estadounidense sacó a la luz fracturas étnicas y confesionales alimentadas durante décadas de opresión. En un vecindario de autocracias obsesionadas con la homogeneidad nacional, hubo países que quisieron defender sus intereses apoyando a comunidades hermanas (Irán a los chiíes, Arabia Saudí a los suníes). Las minorías quedaron a su albur en medio de esa lucha fratricida y, cuando el peso de la demografía inclinó la balanza del lado de los islamistas chiíes, entre los humillados suníes surgió una nueva reencarnación del yihadismo. El autodenominado Estado Islámico (también conocido como ISIS y Daesh) llegó a controlar una región entre el sudeste de Siria y el noroeste de Irak de una extensión similar a Castilla y León, y con casi 10 millones de habitantes. También se hizo responsable del atentado de la Rambla de Barcelona, el 17 de agosto de 2017, poniendo de relieve el lado oscuro de la globalización.
Casi 25 años después de aquel 11-S que inauguró el siglo XXI, las guerras que le siguieron han causado la muerte directa de casi un millón de personas e indirecta de otros 3,5 millones (según el estudio antes citado), gran parte de ellos civiles. Otros 38 millones se han visto desplazados de sus hogares en Afganistán, Pakistán, Siria, Libia, Yemen, Somalia y Filipinas, hasta donde han llegado los ecos del conflicto. Nadie ha salido indemne. Las libertades y los derechos humanos se han erosionado en todo el mundo. No se trata de que aeropuertos y estaciones de tren se hayan convertido en una pesadilla de controles que obligan a quitarse el cinturón, el reloj y hasta los zapatos. Tales molestias palidecen frente a los efectos del odio en Occidente.
El miedo expande la xenofobia que se ceba con los inmigrantes, en especial con aquellos identificados como musulmanes por sus países de origen o su apariencia. Pocos se esfuerzan en distinguir entre el islam, una religión con la que se identifican 2.000 millones de personas (una cuarta parte del planeta), y el uso político de ella que hace una parte de esa comunidad, o su manipulación por grupúsculos que están detrás de las acciones terroristas. Es una pescadilla que se muerde la cola. A más desconfianza y discriminación, más aislamiento y terreno para que los islamistas vendan su proyecto separatista, que a su vez aumenta el recelo del resto. El 11-S, como el 11-M y otros atentados ocurridos desde entonces, han extendido un virus para el que aún no hemos encontrado vacuna.