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En colaboración conCAF

Cuando la ciencia cruza el río: la cruzada por evaluar el deterioro cognitivo de los habitantes de la amazonía peruana

Expertos aterrizan en Iquitos para valorar signos de demencia en los adultos mayores e integrar los resultados a los documentos de salud nacionales

Comunidad de Palizada, departamento de Loreto, EN ENERO DE 2024.Alexander Kornhuber

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Lo primero que hace Grimaldo Chujutalli cuando cae la tarde es sentarse en su hamaca y tomar su vieja Biblia para leer la declaración de fe del Libro de Job. Ha leído el pasaje varias veces y lo seguirá leyendo hasta que sus ojos resistan. “Mi esposa no sabe leer. Yo le he pedido a Dios que me dé la visión y me la ha dado. Le he pedido la inteligencia para poder leer y me la ha dado porque yo no fui al colegio”, dice, y se le arruga la cara curtida por el sol. La deficiencia visual severa es solo uno de los males que acechan a la población de Palizada en Perú.

Ubicada en la región amazónica de Loreto, provincia de Nauta —en tierras regadas por el río Marañón— la comunidad nativa de Palizada, perteneciente a la etnia kukama kukamiria, enfrenta graves problemas de acceso a la salud pública y la indiferencia de la sociedad. El 90% de la población es originaria del lugar y vive tratando de esquivar las grietas que dejan ver las desigualdades en el sistema nacional de salud.

En este parche boscoso marcado por el ciclo hidrológico del río —la creciente y la vaciante—, no hay electricidad, agua potable ni alcantarillado. No llega nadie, no pasa nada, no se siente ni el susurro del viento. El tiempo transcurre a un ritmo imperceptible. A pesar de las demandas de sus habitantes por mejorar sus condiciones de vida, la última persona ajena a la comunidad que los visitó fue un hombre que prometió instalar paneles solares para generar electricidad, cobró veinticinco soles (casi ocho dólares) a cada familia y nunca volvió.

“Así resulta aún más difícil esperar que llegue hasta esta comunidad una cobertura sanitaria capaz de diagnosticar correctamente y contar con recursos para tratar a los pacientes”, afirma la neuróloga peruana Maritza Pintado, quien ha navegado más de tres horas para llegar hasta aquí y realizar un estudio descriptivo que caracterice el estado cognitivo de la población.

Su objetivo es identificar signos y síntomas de deterioro cognitivo o demencia en 30 adultos mayores de 60 años, lo que representa el 26% de la población evaluada. Cada análisis puede extenderse más de dos horas; es un proceso minucioso que exige paciencia y atención, y que inicia con una entrevista a profundidad.

La reciente publicación del Plan Nacional para la Prevención y Tratamiento del Deterioro Cognitivo, la Enfermedad de Alzheimer y otras Demencias, considera que este tipo de estudio servirá como recurso para incluir grupos poblacionales con diversidad cultural y educativa en el documento. Sin diversad, no puede existir una medicina de precisión verdaderamente integral ni equitativa.

“Cuando implementamos pruebas cognitivas en comunidades vulnerables, solemos encontrarnos con dos tipos de retos comunes: problemas con las propias pruebas y retos relacionados con las personas que las realizan”, asegura Elena Tsoy, neuropsicóloga clínica y profesora asistente en el Edward and Pearl Fein Memory and Aging Center de la Universidad de California, San Francisco. “A veces las pruebas que queremos validar pueden no estar bien adaptadas al idioma o la cultura locales. Y en el aspecto humano, las personas que nunca se han sometido a una evaluación de la salud cerebral pueden sentirse incómodas con la configuración del ejercicio, nerviosas por utilizar una tecnología desconocida o inseguras sobre qué esperar de los procedimientos de la prueba”, agrega la experta especializada en la detección temprana y el diagnóstico de enfermedades neurodegenerativas en poblaciones desfavorecidas.

En la evaluación que hace Pintado, el 70% son mujeres. En cuanto a escolaridad, el 33% de las personas es iletrada, el 23.3% cuenta solo con primer grado de primaria y el 50% ha cursado hasta segundo o tercer grado. Todos los participantes hablan castellano como lengua materna.

Clotilde Canariquiri es una de las primeras en la fila. Tiene 65 años y llegó de Yurimaguas, también ciudad de Loreto, hace veintiuno. Desde entonces ha salido pocas veces de Palizada. No asistió a la escuela y no tiene hermanos. “Mi mamá murió cuando tenía tres meses. Mis familiares me han criado como una madre cría a sus hijos”, dice, primero con timidez y después se va soltando. Trabaja su chacra de yuca y maíz en las mañanas, y cuida a sus cuatro nietas que viven entre un catre, ropa y juguetes desperdigados que salen de todas partes. Una pared de triplay, también conocido como contrachapado, hace de pizarra escolar.

La doctora Pintado empieza su entrevista. Si come sin sal o saladito, si alguna vez ha dejado la olla olvidada en el fuego, si viaja a otros lados, si todavía cocina, si oye las noticias. “A veces escucho, pero no entiendo”, dice Canariquiri. “Nunca he pisado un colegio para poner mi mente y aprender cosas. Así siempre he sido”, agrega, y su voz se pierde entre el murmullo del salón. Le cuenta a la doctora que a veces olvida: “Cuando era más fuerte no me pasaba”, dice mientras se acomoda la camiseta fucsia y el moño en un rodete.

Entre los 14 factores de riesgo asociados con enfermedades neurodegenerativas, se encuentra un bajo nivel educativo. Cuando la educación es limitada, la salud en la vejez se ve afectada y los marcadores de demencia tienden a subir. Según un estudio científico publicado la revista Alzheimer’s & Dementia y realizado entre la población de América Latina y Estados Unidos, las disparidades en el acceso a la educación influyen en la estructura y las funciones cerebrales “De hecho, las personas con bajo nivel de alfabetización o escolarización limitada suelen quedar excluidas de los estudios que validan las pruebas cognitivas, lo que supone un importante problema histórico en la investigación sobre la salud cerebral”, dice la doctora Tsoy.

Canariquiri arranca otra prueba con algunas preguntas sencillas, como ¿cuál es el lugar en el que se encuentran en ese momento? o ¿en qué estación del año están? No hay respuesta. La encuestadora continúa explicándole que le dará una lista de palabras, le pide que las escuche bien, sin prisa, y que las recuerde porque más adelante volverá a preguntarle sobre ellas. “Repita después de mí”, dice cautamente. “Tirar”. La repite dos veces más. Pero Canariquiri se queda sentada a su lado, mirándola en silencio.

La encuestadora vuelve a empezar. Intenta con las palabras que siguen —flor, película, piso, carne, calle, casco, culebra, cavar, paquete, lata—. “Ahora dígame todas las palabras que pueda recordar”, pide con amabilidad. “Tirar”, dice Canariquiri y no recuerda ninguna más. Pasan varios minutos antes de que vuelva a hablar. “Ya me olvidé todito”, dice sonriendo. Esto se repite con varios evaluados. Cerca del 90% tienen dificultades de culminar las pruebas por cuestiones culturales y educacionales. Otros aprietan las teclas de las tablets con temor y resistencia.

Resulta toda una odisea conducir este tipo de pruebas cognitivas en comunidades como Palizada. Nadie está pensando en cómo está su memoria o si está viviendo una vejez digna. Existe una percepción generalizada de que el envejecimiento es un proceso de declive irreversible. La mayoría está pensando en qué va a comer el siguiente día.

Sin embargo, dentro del salón hay movimiento. Una pareja conversa bajito en una esquina. De las paredes cuelgan retazos de cartulina verde y roja de la última celebración navideña. Un anciano con una joroba que empieza a pronunciarse sujeta su formulario y mira despistado. No corre aire. Varias ancianas se han sentado sobre las mesas porque no alcanzan las sillas. El tiempo es otro cuando se espera. Un adulto mayor no recuerda el año en el que vive.

De acuerdo a cifras publicadas por el Ministerio de Salud de Perú para 2025, hasta enero de ese año se habían atendido más de 6.195 casos de demencia en mayores de 60 años. Datos de Alzheimer’s Disease International Alzheimer’s Disease International, estiman que cada tres segundos una persona en el mundo desarrolla demencia. Aunque existen distintos tipos, la enfermedad de Alzheimer (EA) es la más común y también la más devastadora.

Han pasado casi tres horas desde que el equipo llegó a Palizada y los evaluadores aún no terminan de examinar la primera ronda de pacientes. Pintado toma notas en una libreta, se levanta de la silla, se vuelve a sentar y asegura que esta misión es importante para que la gente pueda hablar y los médicos escuchar. “Con este tipo de visitas buscamos que se fomenten las discusiones de temas como el diagnóstico oportuno. Los datos se logran conversando. Por otro lado, mientras más temprano detecto a la persona, más posibilidades tiene de conservar su capacidad cognitiva y de tomar decisiones por sí misma”, agrega.

Hay padecimientos que atender: 40 % presenta alteraciones visuales leves, sin llegar a ceguera, y 20 % problemas auditivos. También se detectan enfermedades cardíacas y neurológicas, casos de cáncer avanzado y patologías que no sabían que tenían. Hay pacientes que no están al tanto de que padecen la enfermedad de Parkinson.

El sol insiste en colarse hasta donde las especialistas continúan bebiendo agua, formulando preguntas y mostrando imágenes de llaves y acordeones a los evaluados. Con el tiempo, este registro se convertirá en data que luego será analizada. Esperan que no quede guardada en un disco duro o entre las líneas de una publicación científica, sino que sirva para crear políticas públicas y recursos que mejoren genuinamente la calidad de vida de quienes envejecen de espaldas a la sociedad.

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