Que no se filtre
Lo importante para el futuro de Colombia no es la contundencia de las palabras, sino la voluntad de cambio que tenga quien llegue al poder

Cuando se apagaron las cámaras que transmitieron el primer consejo de ministros televisado el 4 de febrero del año pasado, el entonces director del Departamento Nacional de Planeación, Alexander López, se dirigió a todos los que estábamos allí con expresión seria y tono grave: “Bueno, cuidado va y se filtra algo de lo que se dijo acá”.
Los presentes irrumpimos en una carcajada colectiva de desahogo de uno de los momentos más extraños de nuestra vida. La advertencia de López solíamos hacérnosla unos a otros cuando, pese a haber tenido que dejar nuestros teléfonos celulares a la entrada del salón del consejo de ministros en un ritual que nos recordaba la privacidad de nuestras deliberaciones, lo que ocurría allí terminaba apareciendo en la prensa del día siguiente.
Junto a López, Francia Márquez, Gustavo Bolívar, Susana Muhamad, Augusto Rodríguez y otros funcionarios le habían dicho de frente al presidente y ante todo el país lo que antes solo susurrábamos en los pasillos y los salones del Palacio de Nariño por los que nos paseábamos mientras esperábamos que iniciaran nuestras reuniones semanales: traer al hoy ministro del Interior, Armando Benedetti, al gabinete no tenía presentación. Tampoco era aceptable que la otrora pupila de Benedetti, Laura Sarabia, siguiera teniendo en el primer gobierno de izquierda del país más influencia que los liderazgos que llevaban décadas defendiendo la causa de los más excluidos.
La insatisfacción de quienes se pronunciaron ese día en televisión en vivo no obedecía solo a los presuntos nexos de Armando Benedetti con el crimen organizado señalados por Augusto Rodríguez y de los que varios teníamos indicios. Tampoco obedecía únicamente a los cuestionamientos a la eficacia de la gestión de Laura Sarabia. Se debía a que Benedetti, Laura y otros como ellos hacen parte de una forma de hacer política que es la responsable de que el Estado colombiano no pueda garantizar la seguridad, la salud, la educación y los demás derechos que la Constitución nos otorga a todos. Esa forma de hacer política mantiene impunes a los responsables del mal manejo de un Estado que, infiltrado por los intereses del narcotráfico, la minería ilegal, la trata de personas, el tráfico ilegal de armas y el lavado de activos a través del contrabando, avanza mucho más despacio que lo que exige una ciudadanía cada vez más consciente de su capacidad de sacudir al establecimiento.
Nadie puede argumentar que ese tipo de política haya estado ausente desde la campaña presidencial. Ha sido parte de todas las campañas victoriosas y de todos los gobiernos de este siglo, y de buena parte de los del anterior. Pero el agravio de los más cercanos al presidente se debía a que, cuando se pactaron esas alianzas, la promesa fue trabajar con los políticos tradicionales pero sin convertirse en ellos. La promesa había sido liderar una transformación política que, a través del ejemplo, creara una nueva manera de manejar el Estado.
Era una visión utópica pero genuina, y aunque la naturaleza de las utopías es que no se pueden alcanzar porque no están en ningún lado, sí deben ser la inspiración de la marcha. No obstante, lo que estábamos viendo era que cada vez el Gobierno del cambio estaba más lejos de la transformación política que se había propuesto y más cerca de aquello que había prometido dejar atrás.
Hoy, más de un año después de esa explosión de sinceridad y a menos de un mes de las elecciones presidenciales, la tensión persiste. Los insatisfechos con la presencia de Benedetti en el gabinete tuvieron una victoria importante, ya que, más que ser el candidato del presidente Petro, Iván Cepeda es el candidato de la mayoría de la izquierda representada en ese consejo de ministros.
En política, ganar a cualquier costo suele convertirse en la única meta, y por eso el presidente Petro se encargó de apagar la candidatura de Gustavo Bolívar, quien, hace una eternidad –es decir, hace menos de un año–, lideraba las encuestas presidenciales. La justificación del veto a la candidatura de Bolívar era que, en una segunda vuelta, sería visto como alguien demasiado de izquierda, y la victoria en segunda vuelta requería un acercamiento al centro, como el que –se presumía en aquel entonces– podía capturar un candidato como Roy Barreras.
Bolívar y otros tomaron una decisión sorprendente en un contexto político en el cual todos les piden a los otros “dejar atrás los egos”, pero nadie lo hace. Se unieron en una causa común y apoyaron la candidatura de Iván Cepeda, quien en el cálculo político de hace un año era visto por los analistas como alguien que sin duda perdería en segunda vuelta. Si Gustavo Bolívar era, en esos cálculos, demasiado de izquierda para ganar, ¿qué podía decirse de Iván Cepeda?
Pese a todos los cálculos, hoy Iván Cepeda es el favorito para ganar la presidencia según las encuestas y los mercados de apuestas. Millones de personas tienen claro que volver al país de 2022 no es una opción que les interese, incluso si eso implica continuar en un salto a lo desconocido que ha traído –como es común reconocer dentro de la izquierda, así sea en voz baja y en privado– grandes decepciones y nuevas incertidumbres.
La incertidumbre principal se remonta a ese consejo de ministros del 4 de febrero de 2025: ¿cuál va a ser el papel de figuras como Benedetti, Roy Barreras y Laura Sarabia en el gobierno de un presidente Cepeda? Es vox populi que Iván Cepeda se niega a involucrar a Benedetti en su campaña, y el candidato se ha pronunciado en contra de cualquier presunto uso del Gobierno en favor de su campaña.
A los utópicos les gustaría que esos pronunciamientos fueran contundentes, continuos y sin ambigüedades. Temen, sin embargo, que con ello se le den municiones a la derecha o que se desmotive a un electorado popular que en su día a día ve la mejoría en sus condiciones económicas, ve a un Gobierno que por primera vez les dice a los poderosos las cosas que millones de personas siempre quisieron decir, pero solo podían susurrar, y desconfía de las acusaciones de corrupción que transmite una prensa de cuya veracidad duda.
En últimas, lo importante para el futuro de Colombia no es la contundencia de las palabras, sino la voluntad de cambio que tenga quien llegue al poder. Quienes nos hemos esforzado por contribuir a que nuestra sociedad sea justa, igualitaria y honesta, esperamos que en estas elecciones la victoria del cambio sea real, no solo discursiva.







































