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ELECCIONES EN COLOMBIA
Tribuna

Cómo se construye un manual de populismo electoral

El populismo no es un fenómeno instintivo; responde a patrones reconocibles que pueden observarse en diferentes contextos. No pertenece exclusivamente a la izquierda o a la derecha. Su fuerza está en su capacidad de interpretar, simplificar y movilizar

Elecciones legislativas en Bogotá (Colombia), el 8 de marzo.Diego Cuevas

Durante siglos, las sociedades han temido a quienes saben hablarles a las emociones colectivas. Desde la demagogia en la Antigua Grecia hasta el “pan y circo” del Imperio romano, la historia ha registrado múltiples formas de conexión directa entre poder y masas. Sin embargo, el populismo —tal como lo entendemos hoy— es un fenómeno más reciente y, sobre todo, más sofisticado. Distinguiéndose así que la demagogia y el pan y circo pueden ser elementos utilizados por populistas, pero no se asimilan a este fenómeno político.

Su verdadera consolidación emerge con los movimientos de masas del siglo XIX y comienzos del XX, en un contexto marcado por la industrialización, la migración hacia las ciudades y la profundización de las desigualdades. Pensadores como Le Bon o Freud, aun con diferencias marcadas, advirtieron que las multitudes alteraban la forma en que los individuos piensan, sienten y deciden. No obstante el efecto sobre las masas urbanas, los primeros movimientos populistas fueron de carácter agrario, y originarios de dos países muy diferentes: Rusia y Estados Unidos.

El populismo ha mostrado a través de la historia su carácter cíclico: aparece, desaparece y reaparece. Las condiciones más favorables para su llegada se relacionan con las crisis económicas, los desajustes y el descontento previo a conflictos políticos y guerras, las pospandemias, los vacíos de poder y el aumento de las desigualdades. Situaciones que tienen en común el debilitamiento profundo de valores, generando malestares que dividen poblaciones y fortalecen el individualismo. Por tanto, un programa político basado en la retórica, el culpar a un grupo de las desgracias de otro, que se identifica con una imagen carismática, cuya voz y presencia pueda asimilarse a la de un héroe o salvador -potenciado por el marketing político-, suele tener acogida y lograr el respaldo de las clases populares.

Este nuevo ciclo de populismo, de los últimos 20 años, coincide con la expansión de las “autocracias electorales”, sistemas que no necesitan interrumpir la democracia para deteriorarla desde dentro. En este contexto, el populismo deja de ser un fenómeno irregular de la política para convertirse en una herramienta estratégica, capaz de adaptarse a distintos espectros políticos, pero constante en su lógica de construcción.

Mi investigación de los últimos años se inscribe en esa línea de análisis, pero observa un giro clave en el siglo XXI: el resurgimiento de un nuevo populismo que no reemplaza las características del pasado, sino que las potencia. Hoy, las emociones colectivas ya no se movilizan únicamente desde la plaza pública o la radio, sino a través de algoritmos, plataformas digitales y redes sociales, ampliando su alcance y acelerando su impacto.

El populismo suele analizarse desde sus efectos, pero no desde su modus operandi. En ese marco, el populismo electoral representa una de sus fases más visibles, el momento en que estas dinámicas se organizan estratégicamente para movilizar apoyo y garantizar la continuidad del poder.

El populismo no es un fenómeno instintivo; responde a patrones reconocibles que pueden observarse en diferentes contextos, sin distinción ideológica. No pertenece exclusivamente a la izquierda o a la derecha. Su fuerza está en su capacidad de interpretar, simplificar y movilizar.

Más que una doctrina, el populismo opera como un método. Uno que se construye, paso a paso. Las principales etapas de este método son las siguientes.

1. Identificar una emoción latente

Todo comienza con una lectura precisa —aunque no siempre explícita— de frustraciones sociales acumuladas: desigualdad percibida, falta de reconocimiento, sensación de abandono o desconfianza institucional.

No se trata solo de detectar problemas, sino de conectar con la manera como estos son vividos emocionalmente por amplios sectores de la población.

2. Simplificar la complejidad

A partir de ahí, realidades estructuralmente complejas se reducen a narrativas comprensibles. Se configuran marcos como “nosotros frente a ellos”, donde las causas de los problemas se condensan en actores identificables y hostilidad étnica o de clase. Autores como el neurofilósofo Al-Rodhan señalan que este tipo de simplificaciones facilita la movilización, favorece el sentido de pertenencia y el estímulo de emociones como el miedo, basadas en predisposiciones ancestrales.

3. Construir una conexión emocional directa

El liderazgo populista tiende a establecer vínculos que trascienden lo programático. La autenticidad percibida, lo aparentemente espontáneo y la capacidad de confrontación pública se convierten en señales de cercanía. Más que coherencia ideológica, lo que se valora es la sensación de representación: “alguien que piensa como nosotros” y actúa en consecuencia.

4. Ofrecer soluciones de alta visibilidad

Las propuestas de gobierno suelen centrarse en medidas de impacto inmediato y fácilmente comunicables. Incrementos no sostenibles de salarios, subsidios, transferencias o beneficios directos pueden generar una percepción de mejora en el corto plazo, incluso cuando sus efectos estructurales a largo plazo sean discutibles o impliquen costos fiscales relevantes.

5. Redefinir los criterios de legitimidad

En este proceso, los conceptos de mérito, experiencia o institucionalidad pueden ser reinterpretados. Se cuestionan como mecanismos excluyentes, mientras se posiciona la voluntad política como criterio suficiente para la toma de decisiones. Esto puede ampliar la inclusión simbólica, pero transforma negativamente los valores asociados a la formación, la especialización y la gestión pública.

6. Sostener la narrativa en el tiempo

El mantenimiento del modelo requiere una narrativa constante. Las tensiones se reactivan, los antagonismos se refuerzan y las emociones se mantienen en circulación. En este punto, la evidencia empírica es respaldada por la neuropolítica: los estudios sugieren que, cuando existe identificación emocional con un líder, la capacidad de procesar información contradictoria sobre este es limitada.

7. Gestionar el conflicto como recurso

La polarización no es necesariamente un efecto colateral para el populismo, es un mecanismo funcional. El conflicto activa, moviliza y cohesiona. Y en ese contexto, las respuestas tradicionales de oposición pueden, paradójicamente, reforzar la dinámica que buscan contrarrestar. Así los opositores, terminan fortaleciendo a los populistas.

Reflexión final para los electores

El populismo no es un fenómeno aislado ni excepcional. Ha estado presente, en distintos momentos en la historia de numerosos países. Enfrentarlo implica el entendimiento del fenómeno. A menudo requiere tiempo, aprendizaje colectivo y en algunos casos, procesos complejos de ajuste institucional y social; tal vez por eso, se fracasa más de una vez en su intento por detenerlo, cuando sus efectos ya son visibles. El desafío está en reconocer sus patrones a tiempo y anticiparse. No para simplificar el debate, sino para comprender mejor lo que está en juego, y poder reaccionar oportuna y estratégicamente.

En contextos electorales, estas dinámicas tienden a intensificarse y adquirir formas más visibles, como promesas fantasiosas, estrategias de comunicación emocionales y decisiones orientadas al corto plazo que buscan movilizar apoyo de manera efectiva. Más que desprecio y choque, el populismo electoral debe enfrentarse con herramientas efectivas, antes de que logre su fase de consolidación. Por ello, su reconocimiento temprano resulta clave para cualquier sociedad. Como señala Al-Rodhan al analizar los extremismos y populismos, aun con el aumento de los estudios de neurociencia sobre nuestras emociones y acciones, sigue siendo válido responder al populismo y sus prejuicios con la educación, instituciones sólidas y electores responsables, que fomenten la tolerancia y el diálogo con quienes piensan distinto.

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