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Blanca Valdivia, socióloga urbanista: “Madrid cuida peor. Barcelona es una ciudad mucho más próxima”

La investigadora y socia del Col·lectiu Punt 6 debatirá sobre el impacto de la vivienda digna en la salud mental en el Brain Film Fest de Barcelona

Blanca Valdivia, socióloga especialista en urbanismo, fotografiada en el pasaje Sert de Barcelona, este lunes. Albert Garcia
Barcelona -

Si alguien sabe de la importancia de colocar un banco en la calle es Blanca Valdivia (Móstoles, 44 años). Esta socióloga educada en el colectivo okupa y en la Complutense de Madrid ya se había doctorado en Gestión y Valoración Urbana por la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) con la tesis La ciudad cuidadora. Calidad urbana desde una perspectiva feminista cuando un...

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Si alguien sabe de la importancia de colocar un banco en la calle es Blanca Valdivia (Móstoles, 44 años). Esta socióloga educada en el colectivo okupa y en la Complutense de Madrid ya se había doctorado en Gestión y Valoración Urbana por la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) con la tesis La ciudad cuidadora. Calidad urbana desde una perspectiva feminista cuando un diagnóstico de demencia y párkinson cambió su dinámica familiar hace ahora 17 años. Cuando su padre empezó a enfermar, el centro de salud al que debía acudir regularmente le quedaba a 10 minutos caminando desde casa, pero siempre tenía que venir una ambulancia para trasladarlo.

“Una persona con párkinson necesita sentarse cada poco porque se cae, pero en el trayecto no había bancos”, explica desde su despacho la también socia de la cooperativa Col·lectiu Punt 6, formada por arquitectas, sociólogas y urbanistas cuyo objetivo es repensar los espacios domésticos, comunitarios y públicos desde una perspectiva feminista. “Somos la correa de transmisión, traducimos el lenguaje de los vecinos al técnico que requieren las instituciones mediante informes. No se trata de animar a construir más, sino de gestionar mejor los recursos y ayudar a que las administraciones se pongan de acuerdo”, resume.

Profesora en el Máster de Estudios de Mujeres, Género y Ciudadanía de la UAB, Valdivia debatirá la semana que viene en el Brain Film Fest de Barcelona sobre por qué el acceso a la vivienda es un factor clave de la salud mental. La vena reivindicativa le viene de familia. “Soy del sur de Madrid, de un barrio de clase trabajadora. Mi madre, que es muy peleona, se dedicó a mandar cartas al Ayuntamiento de Móstoles porque, desde el punto de vista de gestión de lo público, sabía que era mucho más caro pedir la ambulancia para vecinos que tener bancos en la calle. Lo consiguió. Ahora hay varios en ese trayecto”.

Pregunta. ¿Cómo está afectando a nuestra salud mental la crisis de la vivienda?

Respuesta. Desde la cooperativa reivindicamos la vivienda como pilar de estabilidad. No solo de tus actividades domésticas cotidianas, sino de tu vida relacional en el barrio. Vivimos en un estado de alerta por la interrupción constante y el terror a ser expulsados. Si les pasa a los que se consideran clase media, imagina a las personas migrantes o en situación de dependencia, que son mucho más vulnerables. Según un informe de Provivienda, el 99% de las inmobiliarias aceptan cláusulas racistas.

P. ¿Qué consecuencias tiene?

R. Que ni tus hijos ni tú tengáis amigos en el barrio. Que no haya vínculos políticos ni comunitarios. Esa sensación de sospecha de expulsión te aisla e imposibilita generar redes con tu entorno. Nunca nos encontramos porque vivimos en sitios donde vamos en coche a todos lados, no hay espacios públicos y el objetivo es llegar rápido, producir rápido y todo, además, pasa fugazmente.

P. ¿Por qué es importante una ciudad que cuida?

R. Los cuidados son una actividad que no podemos dejar de hacer, ocurren en todo momento. Que se lo pregunten al sindicato de madres cuidadoras con hijos que tienen multicapacidad o multidependencia, a los que tienen que cuidar no solo cuando son pequeños. Reivindicamos que la ciudad no te penalice si eres cuidadora.

P. ¿En qué sentido?

R. Pues que no tengas que hacer una pirueta increíble si vas al hospital en transporte público. Acceder a espacios públicos de socialización y de juego en tu camino del colegio a casa. Que en tu recorrido cotidiano haya bancos, que son muy requeridos por personas de movilidad reducida, dependientes o embarazadas. Cuando desaparecen de nuestras calles, también lo hacen personas muy específicas. Y no solo eso, que también haya sombras, árboles, mesas y fuentes.

Barcelona cuida mejor que Madrid. Cada barrio tiene su biblioteca, su mercado, su calle peatonal, su zona comercial, sus colegios y sus casales. Madrid es muy poco eficiente en los itinerarios cotidianos y está peor dotada

P. Ya no se ven muchas fuentes en las ciudades.

R. No sé cuál es la razón técnica exacta, pero sí sé que, muchas veces, el urbanismo decide eliminar determinados elementos para evitar más gestiones. Pasa mucho con los bancos y con los baños públicos, que tienen un coste de mantenimiento. El problema es que ahí no se está valorando qué impacto tiene sobre la vida de las personas el hecho de que se esfumen del espacio público. Las ciudades no deben estar regidas por la ley del más fuerte. Hay personas que no salen nunca de casa porque no hay bancos o baños públicos.

P. ¿Como quién?

R. Lo hemos detectado en muchas mujeres mayores con vivienda en propiedad. Viven en entornos muy turistificados donde son las únicas que quedan en su edificio. Igual no tienen ascensor y no salen porque se sienten muy vulnerables y solas. Piensan que si salen, si se caen, nadie las va a ayudar.

P. ¿Quién cuida mejor? ¿Madrid o Barcelona?

R. Madrid es peor. Barcelona es una ciudad mucho más próxima. Cada barrio tiene su biblioteca, su mercado, su calle peatonal, su zona comercial, sus colegios y sus casales. Barcelona está dotada de una infraestructura que la hace más compacta y más próxima, de usos mixtos. Madrid es más grande, más radial, muy poco eficiente en los itinerarios cotidianos y está peor dotada. Si vives en Vallecas y quieres ir a Villaverde, que son dos distritos que están al lado, tienes que ir de Vallecas al centro y del centro a Villaverde. No tiene ningún sentido. Y la inversión pública, históricamente, ha sido desigual. El Gobierno de Ana Botella destinaba un presupuesto de limpieza en las calles de 74 euros al año por habitante en el distrito centro: 55,2 euros en Salamanca y Chamartín, y solo 36,3 en Villaverde, Carabanchel y Usera.

La ciudad de los 15 minutos no funciona para todos los contextos y perfiles. Para una persona dependiente, en Barcelona, quince minutos es insuficiente. Para otra de un entorno más pequeño, puede ser hasta demasiado

P. Ahora se criminaliza determinado uso de espacios públicos. El alcalde de Badalona quería prohibir las sillas y mesas en la playa, formas de reunión que llevaban a cabo en su mayor parte personas migradas.

R. El capitalismo, de la mano del autoritarismo, ha normalizado una visión basada en el individualismo y que nadie te moleste. Es algo contrario a la noción en sí de la vida urbana. En las ciudades, obviamente, hay conflicto, pero se trata de encajar las diferentes necesidades sin que impere la ley del más fuerte. Ese es el reto. Ahora todo está mercantilizado. Ese tipo de discurso nunca aparece con los turistas de paso.

P. Organizan marchas exploratorias con mujeres por los barrios. ¿En qué consisten?

R. Es un recorrido para vecinas, no para perfiles técnicos. Se trata de una ruta urbana hecha por mujeres que se empezó a llevar a cabo en Canadá en los noventa y que después adoptaron las feministas de los países latinoamericanos. En Cataluña, desde 2017, hemos llevado a cabo unas 150. El objetivo es poder compartir espacios de la ciudad que previamente hemos delimitado e identificado, para poder hablar en confianza de qué cosas son las que nos generan inseguridad y cuáles nos generan confianza. Si no vienen hombres es porque las mujeres no hablamos igual de seguridad y violencias en entornos mixtos, pero sí son colectivas con el objetivo de no sentirse sola o revictimizada.

P. ¿Por qué es importante resaltar lo que sí genera seguridad?

R. Para no estigmatizar el espacio público y seguir apuntalando esa idea de que la calle es insegura para las mujeres. El espacio en el que más violencia sufre la mujer es en su propio hogar.

P. ¿Qué patrón suele repetirse en esas marchas?

R. Siempre salen estrategias colectivas. En una zona de Barcelona en la que se habían dado muchos casos de violación, las compañeras del barrio se organizaron para ir a sacar el perro por la mañana juntas. En las marchas aflora ese conocimiento que tenemos incorporado, pero lo ponemos en común y nosotras después lo llevamos a un informe técnico para que la administración pueda trabajar con esas impresiones desde una perspectiva que no sea revictimizadora.

P. Desde su cooperativa cuestionan el furor por la ciudad de los 15 minutos.

R. Lo hacemos por dos razones. En primer lugar, porque es una apropiación de la genealogía feminista. Ahora parece que el concepto lo inventó un señor asesor de la alcaldesa de París, pero la proximidad es una condición urbana reivindicada en el feminismo escandinavo y de América Latina desde los años setenta. La segunda crítica es porque estandariza una noción que no funciona para todos los contextos y perfiles. Para una persona dependiente, en Barcelona, 15 minutos es insuficiente. Para otra de un entorno más pequeño, puede ser hasta demasiado.

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