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Tercera edad
Opinión

La soledad no es ausencia

Quizás el desafío no sea solo cómo reducir la soledad, sino cómo entenderla mejor. Cómo acompañar no solo la ausencia, sino también esas presencias que permanecen

Amr Bo Shanab (Getty Images/Connect Images)

Durante más de 30 años he trabajado con personas mayores y, en ese tiempo, la soledad ha sido una presencia constante, aunque nunca igual a sí misma. La he visto aparecer como silencio, como tristeza, como distancia, pero también como memoria, como conversación interna, como una forma de compañía que no siempre es visible. Con los años he aprendido que la soledad no es un fenómeno homogéneo ni fácilmente clasificable. No es solo una experiencia incómoda del yo ni únicamente la falta de vínculos. Es algo más complejo, más cambiante, más profundamente humano de lo que solemos admitir.

Sin embargo, en el debate público tendemos a simplificarla. Hablamos de la soledad como si fuera un vacío. La medimos en número de contactos, en frecuencia de visitas, en redes de apoyo, y desde ahí diseñamos políticas que buscan —con razón—disminuir el aislamiento y promover la conexión. Pero tal vez la pregunta de fondo no esté bien formulada, porque la soledad, en muchos casos, no es la ausencia de otros, sino la transformación de la forma en que esos otros siguen estando.

Quien ha amado durante décadas no deja de estar acompañado cuando pierde a su pareja. Quien ha construido su vida con otros no queda en un mundo vacío cuando esos otros ya no están físicamente. Permanece algo, y no como un recuerdo distante, sino como una presencia que sigue organizando la vida. Está en la memoria, en los gestos, en los hábitos, en la forma de tomar decisiones, en los objetos que se conservan, en los silencios que dicen más que muchas palabras. Lo vemos todos los días: personas que hablan con quienes ya no están, que mantienen rituales compartidos, que siguen consultando internamente a ese otro significativo. No es incapacidad de aceptar la pérdida, es otra forma de vínculo.

Esa dimensión, sin embargo, no aparece en nuestras mediciones ni en nuestras categorías. La soledad, tal como la entendemos, está construida sobre una idea implícita: que los vínculos solo existen cuando son visibles, actuales, medibles. Y que cuando desaparecen físicamente, lo que queda es ausencia. Pero la experiencia humana es más compleja que eso. La literatura lo ha dicho muchas veces con mayor precisión que nosotros. “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”, escribió Neruda, y en esa frase no hay desaparición, hay persistencia. Hay algo que no se va, que cambia de forma, pero que sigue estando.

Esto no significa negar que la soledad pueda ser dolorosa. Lo es, y profundamente. Hay soledades que aíslan, que deterioran, que requieren respuestas urgentes. Pero reducir toda la experiencia de la soledad a una carencia de vínculos es no verla en su complejidad. Y cuando no vemos bien un fenómeno, difícilmente podemos responder bien a él. Las políticas públicas han avanzado en reconocer la soledad como un problema social y sanitario, y han impulsado iniciativas valiosas para fortalecer redes y generar espacios de encuentro. Todo eso es necesario, pero quizás no es suficiente.

Tal vez falta reconocer que, en muchos casos, la soledad no es un espacio vacío que hay que llenar, sino un espacio habitado que hay que comprender. Que las personas no solo viven con quienes están, sino también con quienes han sido significativos en sus vidas. Que la memoria no es un ejercicio pasivo, sino una forma activa de presencia. Que la identidad, especialmente en la vejez, está hecha de vínculos que no desaparecen, sino que se transforman.

Quizás el desafío no sea solo cómo reducir la soledad, sino cómo entenderla mejor. Cómo acompañar no solo la ausencia, sino también esas presencias que permanecen. Cómo escuchar las historias de vida, los vínculos que siguen operando, las formas en que las personas continúan en relación con quienes ya no están. Porque, en muchos casos, la soledad no es estar sin nadie. Es estar con otros de otra manera. Y en esa forma —silenciosa, invisible, pero profundamente real— se juega no solo el dolor de la pérdida, sino también la continuidad del sentido de la vida.

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