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Quién dice la verdad

Vivimos bajo la industria de la mentira más poderosa que haya existido nunca, pero en las palabras de algunos sigue habiendo certezas

Fran Pulido

Uno de los grandes poemas de amor de García Lorca estremece desde su mismo título: El poeta dice la verdad. Suena como un axioma general —no hay poesía que de un modo u otro no diga la verdad— y todavía más como un aviso, como la declaración personal de alguien que ha decidido prescindir de cualquier simulacro. Otro de los mejores, Percy Bysshe Shelley, escribió que los poetas son los legisladores secretos de la humanidad. Aunque parezca una afirmaci...

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Uno de los grandes poemas de amor de García Lorca estremece desde su mismo título: El poeta dice la verdad. Suena como un axioma general —no hay poesía que de un modo u otro no diga la verdad— y todavía más como un aviso, como la declaración personal de alguien que ha decidido prescindir de cualquier simulacro. Otro de los mejores, Percy Bysshe Shelley, escribió que los poetas son los legisladores secretos de la humanidad. Aunque parezca una afirmación excesiva, se vuelve más sobria y precisa si la conectamos con esa determinación insobornable de verdad de García Lorca, y de tantos y tantas poetas en ese trance máximo que Emily Dickinson llamó “a soul in white heat”, un alma al rojo vivo. Cuando Jorge Manrique dice “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir” está enunciando una verdad tan lapidaria como una fórmula química, igual que Miguel Hernández resume un sombrío diagnóstico mental en cuatro versos de un soneto: “Sobre la pena duermo, solo y uno; / pena es mi paz y pena mi batalla, / perro que ni me deja ni se calla / siempre a su dueño fiel, pero importuno”.

Nos hemos acostumbrado a considerar la poesía un arte nebuloso, pero no hay que olvidar que una de las obras maestras de la lengua latina, las Geórgicas de Virgilio, es un manual completo y riguroso de apicultura, agricultura, arboricultura y ganadería, o que la primera descripción plenamente materialista del universo, la vida y la mente humana la hizo Lucrecio en los más de 7.000 versos de su De rerum natura. Y nadie ha expresado mejor el consuelo y la compañía de la lectura que nuestro Francisco de Quevedo cuando se vio desterrado de Madrid en su finca de Torre de Juan Abad: “Retirado en la paz de estos desiertos / con pocos, pero doctos, libros juntos / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”. La imposibilidad física de escuchar con la vista queda abolida cuando al leer nos parece que estamos escuchando la voz del autor en las palabras que escribió hace siglos, como nos pasa sin ir más lejos con ese soneto de Quevedo.

Si el poeta resuelve, cueste lo que cueste, decir solo la verdad, a nosotros lectores y ciudadanos nos corresponde la decisión equivalente de detectar el embuste y pararnos a distinguir las voces de los ecos. Ernest Hemingway decía que un escritor necesita un built-in bullshit detector, un detector incorporado de tontería o palabrería, que salta automáticamente cuando encuentra una muletilla verbal inaceptable de tan manoseada, o una evidente falsedad o exageración disfrazada de sinceridad, de emoción profunda, de valerosa vehemencia. Inspirado por el detector de Hemingway, yo especulé con la invención de otro, digital y mucho más avanzado, que determinara el porcentaje de bullshit, de puro fraude y de impostura, en diversas tareas y profesiones, como esos contadores Geiger que medían el nivel de radiación atómica. Hay extremos a mi juicio indiscutibles: en la cirugía cerebral, por ejemplo, el margen de error, y por lo tanto de bullshit, es cero; en la publicidad, la astrología, las elucubraciones sobre literatura y arte, la oratoria electoral, por citar unos casos, el porcentaje calculo que oscilará entre 90 y 100. A la gente de letras, las ciencias duras nos inspiran una especie de reverencia envidiosa, pero según leo por ahí hay carreras científicas sostenidas sobre papers falsos y experimentos chapuceros que luego nadie logra replicar.

La tradición ilustrada nos dice que el ejercicio de la ciudadanía se basa en la capacidad de emitir juicios y tomar decisiones basándonos en un conocimiento sólido y suficiente de la realidad, del cual nace el espíritu crítico, gracias al que podemos distinguir lo cierto de lo falso, lo útil de lo dañino, lo justo de lo injusto, lo factible de lo desatinado; en resumen, la verdad de la mentira. Durante décadas, los teóricos del esnobismo posmoderno se dedicaron persuasivamente a negar no ya la posibilidad del conocimiento verdadero, sino la realidad misma. Todo serían discursos más o menos equivalentes, ninguno de ellos comprobable, “relatos”, “narrativas” al servicio de intereses de poder, de género, de raza. Todas estas ideas prepararon el terreno, con extraordinaria eficiencia, para la edad de las fantasmagorías políticas y tecnológicas en la que vivimos ahora, sometidos —gozosamente, en muchos casos— a la industria de adoctrinamiento y mentira más poderosa que haya existido nunca. Las imágenes de guerra generadas por la inteligencia artificial parecen más verdaderas que las obtenidas gracias al coraje de los cámaras y los fotógrafos que se juegan la vida en los mataderos del mundo. Entre los videojuegos bélicos y los bombardeos de verdad la única diferencia son los muertos, a los que no se ve nunca. Cuando un partido político que se declara progresista recurre a la inteligencia artificial para hacer bromas o dañar al contrario está poniéndose a la altura de los conspiradores contra la verdad.

Y, sin embargo, hay quien sigue diciéndola. Tengo guardada la entrevista de Nuño Domínguez con Michel Mayor, el Premio Nobel de Física que en 1995 descubrió el primer planeta situado fuera de nuestro sistema solar. Michel Mayor es uno de esos octogenarios que no se callan ni debajo del agua porque lo han vivido todo y no tienen tiempo para tonterías ni para vaguedades. Dice Nuño Domínguez que habla con la pasión de un joven: también con la impertinencia y la ironía de alguien que no admite ni el porcentaje más bajo de bullshit. No accede ni a una sola generalidad. Asegura que las misiones Apolo fueron interesantes, pero solo “porque nos dieron información geológica de la Luna, como los isótopos presentes en sus rocas”. En unos tiempos en los que Donald Trump, más Lex Luthor que nunca, ordena la instalación de centrales nucleares en nuestro pobre satélite indefenso, Michel Mayor considera que sería un sueño tener un radiotelescopio en su cara oculta, pero en seguida se contiene: “¿Es una buena idea, teniendo en cuenta el enorme coste que tendrá? No estoy seguro”. Frente a las fantasías de colonizaciones planetarias de los milmillonarios, enfermos de una tardoadolescencia megalómana, Mayor es taxativo. No habrá millones de personas viviendo en Marte el próximo siglo, advierte. “Marte apenas tiene atmósfera. Es imposible terraformarlo para generar tanto oxígeno como sería necesario”. Y tampoco llegaremos nunca a uno de esos exoplanetas que él ha descubierto: “Imagínate que encontramos un planeta gemelo de la Tierra a unos 30 años luz. A escala galáctica, esto es muy cerca. Los astronautas [de Artemis 2] tardaron unos tres días en llegar a la Luna. A esa velocidad, tardaríamos millones de años en llegar a esa segunda Tierra”. Con su barba y su pelo blanco, y una expresión tranquila que no tiene nada de apocalíptica, Michel Mayor calcula nuestra esperanza de supervivencia como especie en un millón de años, “como mucho”. Los seres humanos nos imaginamos eternos, “pero la verdad es que somos animales y vamos a extinguirnos”.

Justo en los días en que Michel Mayor anduvo por España, alguien más estaba diciendo sin miedo la verdad, cortando como de un tajo valiente toda la palabrería. El papa León XIV dijo en voz alta y clara en Camerún: “El mundo está siendo devastado por una pandilla de tiranos… Los señores de la guerra fingen no saber que basta un instante para destruir, mientras que a menudo no basta toda una vida para reconstruir. Se gastan miles de millones en matar y devastar, mientras que los recursos necesarios para curación, la educación y la reconstrucción no se encuentran en ninguna parte”. En la voz profética de la verdad alza el vuelo la poesía, sea la verdad de la ciencia o la de la denuncia del sufrimiento humano. Fue en los versos finales de otro de sus poemas donde García Lorca resumió el más bello manifiesto político: “Porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra / que da sus frutos para todos”.

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