El debate | ¿Qué fuerza tiene el republicanismo en España?
95 años después de la proclamación de la Segunda República, el sentimiento republicano en España existe pero no logra una cristalización política
95 años después de la proclamación de la Segunda República española, el sentimiento republicano en España existe, según los sondeos de opinión —aunque el CIS no pregunta sobre la forma del Estado desde la abdicación de Juan Carlos I— pero no logra una cristalización política. ¿Por qué en España el republicanismo no termina de ser más que una esperanza? ¿Qué república quieren los españoles que quieren una república? ¿Qué fuerza real tiene el movimiento republicano?
Debaten sobre el estado del republicanismo político, casi un siglo después del 14 de Abril, la profesora de la Universidad C...
95 años después de la proclamación de la Segunda República española, el sentimiento republicano en España existe, según los sondeos de opinión —aunque el CIS no pregunta sobre la forma del Estado desde la abdicación de Juan Carlos I— pero no logra una cristalización política. ¿Por qué en España el republicanismo no termina de ser más que una esperanza? ¿Qué república quieren los españoles que quieren una república? ¿Qué fuerza real tiene el movimiento republicano?
Debaten sobre el estado del republicanismo político, casi un siglo después del 14 de Abril, la profesora de la Universidad Complutense de Madrid Cristina Monge y el profesor de Historia de la UNED Eduardo Higueras Castañeda.
Más republicanos que antimonárquicos
Cristina Monge
La disyuntiva entre monarquía o república no encabeza el ránking de las preocupaciones de la ciudadanía ni forma parte de los debates que tensan España. Ni siquiera cuando se fueron conociendo los escándalos de la vida paralela de Juan Carlos I y sus delitos fiscales se produjo un cuestionamiento masivo de la institución, al calor de las movilizaciones críticas con la monarquía y la caída de popularidad. La muralla que levantó entonces la actual Casa Real consiguió que la crítica quedara perimetrada en torno a la persona de Juan Carlos I y su entorno más íntimo, y sólo en círculos muy reducidos trascendió a un cuestionamiento de la monarquía como forma de Estado.
La Historia explica la importancia que la aceptación de la monarquía por parte de la izquierda tuvo en la Transición como elemento para encauzar el proceso de reforma institucional. Desde entonces nadie ha considerado que este fuera un debate lo suficientemente prioritario como para hacer bandera de él y volver a sacarlo a escena. Quizá por eso el CIS nunca ha preguntado a los españoles si preferirían optar por una república o una monarquía, algo ampliamente demandado por fuerzas progresistas. Esto, no obstante, no significa que no existan opiniones encontradas ni que el asunto no sea trascendente.
Sabemos por estudios de opinión que aproximadamente la mitad de la ciudadanía revalidaría la opción monárquica, mientras que la otra mitad —algo más de la mitad en algunos sondeos y algo menos en otros— optaría por la república. También es habitual que estas investigaciones señalen menos adhesión monárquica entre la izquierda y en territorios como Cataluña o el País Vasco. No obstante, la falta de datos sistemáticos y continuados en el tiempo dificulta valorar cómo evoluciona esta opinión pública y cómo reacciona en momentos de especial tensión política. Valgan, por tanto, estas líneas, como una reivindicación —una más— para que el CIS pregunte de forma habitual sobre este asunto como lo hace sobre otras instituciones o cuestiones de importancia.
Las adhesiones republicanas por la izquierda tienen, sin duda, un fuerte anclaje histórico: el de la Segunda República contra la que se produjo el alzamiento fascista. República es, en el imaginario progresista y en el contexto de la historia reciente de España, sinónimo de democracia. No obstante, el acomodo que la monarquía constitucional ha ido encontrando, con un papel tasado en el ordenamiento jurídico y un rol cercano al de otras monarquías del norte de Europa, ha rebajado la tensión en torno a su figura. Tal es así que su cuestionamiento arrecia cuando se intensifica el papel político de su actuación. Dos ejemplos, ambos fundacionales de dos reinados, lo muestran: el papel del rey Juan Carlos I la noche del 23-F, y el discurso de Felipe VI el 3 de octubre de 2017, dos días después del referéndum independentista en Cataluña y en plena tensión por el procés.
En los últimos años los cambios de posiciones más llamativos han venido por la derecha. Si bien los conservadores se han considerado históricamente monárquicos hasta el punto de que no han faltado los intentos de apropiarse de la institución, la ultraderecha se ha situado en posiciones contrarias a la Casa Real. No lo hacen en este caso en defensa de ideales republicanos, sino como una muestra más de su posición pretendidamente antisistema, fuera de los consensos habituales. Se distancian y critican a la familia real cuando da muestras de respeto a la pluralidad lingüística hablando catalán o profesa valores democráticos en defensa de los derechos, por ejemplo, de personas con discapacidad, como lo hacen respecto a la Iglesia católica cuando algunos de sus representantes critican el racismo, la xenofobia y los discursos de odio.
El republicanismo hoy, tanto en España como en otros países de nuestro entorno que mantienen casas reales más próximas a la diplomacia y al papel cuché que a la acción política, tiene más que ver con los ideales republicanos que con una posición militante antimonárquica. Si bien decir republicanismo es referirse a un amplio abanico de teorías, todas ellas tienen en común elementos como una comprensión de la libertad positiva que lleva al autogobierno, la defensa del bien común, el pluralismo político, la virtud cívica y la participación, y sobre todo y de forma destacada, la apuesta por una revalorización del espacio público como lugar de generación de consensos y gestión de los disensos. Aspectos todos estos que resuenan como claves para superar la crisis de desconfianza por la que atraviesan las democracias occidentales. En este sentido, hoy, defender la democracia pasa también por actualizar y llevar a la práctica los viejos ideales republicanos, más allá de las casas reales.
Un latido en busca de un cuerpo
Eduardo Higueras Castañeda
Es difícil negarlo: el pulso republicano late hoy en una parte significativa de la sociedad española. Lo que no resulta fácil es medirlo. No porque no exista, sino porque hace tiempo que se decidió dejar de mirarlo. En 2015, tras la abdicación de Juan Carlos I, el CIS dejó de preguntar por la valoración ciudadana de la monarquía. No fue un olvido técnico, sino una decisión política: se trataba de retirar del espacio público un indicador incómodo en un momento de evidente desgaste institucional. Desde entonces, la ausencia de datos constituye una forma elocuente de diagnóstico. Cuando una institución deja de ser evaluada, no es que haya dejado de importar, sino que ya no es defendible sin matices.
Ni los gobiernos de Mariano Rajoy ni los de Pedro Sánchez han considerado oportuno recuperar una pregunta cuya ausencia solo puede leerse como el negativo de una dilatada crisis institucional. En todo caso, conviene no simplificar: la república no es el simple reverso de la monarquía.
El republicanismo nació en España en el siglo XIX como impugnación del Estado liberal. Frente al liberalismo, propuso una idea más ambiciosa de democracia, basada en una ciudadanía activa, comprometida con el bien común y sustentada en la igualdad política y social.
Hoy ese horizonte ha cambiado, pero no ha desaparecido. Permanece, sobre todo, su núcleo más exigente: la libertad entendida como no dominación. Es decir, no basta con no ser oprimido por los poderes del Estado; es necesario no estar sometido a ningún poder, del tipo que sea, que no pueda ser controlado, cuestionado o revocado.
En las últimas décadas, la tradición republicana ha atravesado una revitalización estimable. La coyuntura que siguió a la crisis de 2008 contribuyó a ello al menos desde tres ángulos: la crítica al llamado “régimen de 1978” y al hecho de que la ciudadanía nunca fuera consultada específicamente por la monarquía; el auge del movimiento por la memoria histórica; y una creciente exigencia de profundización democrática con un fuerte componente feminista.
Es cuestionable, eso sí, que estas dinámicas hayan generado un movimiento republicano, en la medida en que la sensibilidad republicana, manifiesta en movilizaciones dispersas en diferentes puntos del territorio, no obedece a un solo impulso ni apunta en una única dirección. No cabe duda de que esta meta es muy diferente para las organizaciones republicanas de Cataluña, Euskadi o Madrid, e incluso dentro de un mismo territorio. Esto tampoco es una novedad en la tradición republicana, cuya fragmentación ha sido una nota característica durante la mayor parte de su historia.
Por eso, no extraña la desunión de los partidos que en la actualidad se declaran republicanos, un arco que aglutina a todas las siglas con representación parlamentaria a la izquierda del PSOE. El intento más explícito de ocupar este espacio fue el de Podemos, que trató de ensanchar sus bases fijando un “horizonte republicano” como clave de un nuevo pacto constitucional. Pero esa apuesta no ha cristalizado. El hecho es que las maniobras tendentes a unificar electoralmente a la izquierda, a día de hoy, no parten de esa aspiración, sino de algo más inmediato: la contención de la extrema derecha.
Cabe negar, por otra parte, que la geometría electoral actual permita pensar en un consenso constituyente en torno a la república. La simpatía republicana en sectores amplios del PSOE nunca ha tenido traducción política efectiva. Y el desagrado con el que una parte del electorado de la derecha y la extrema derecha mira al monarca no debe ser leído en clave antimonárquica. Como mucho, expresa el deseo de una monarquía aún más activa en la batalla política para contrarrestar a sus rivales.
No obstante, debe recordarse una clave del movimiento republicano, que fue por primera vez consciente de su fuerza en las elecciones municipales de 1868 y logró imponerse en las elecciones municipales de abril de 1931. El republicanismo se originó, sobrevivió y se materializó desde abajo, en el espacio donde la ciudadanía se organiza y se reconoce.
Hoy, cualquier proyecto republicano viable tendría que partir de esa premisa. No basta con denostar la monarquía ni con invocar un lejano cambio de régimen. La república puede construirse como alternativa creíble si se ancla en prácticas democráticas concretas, como un mayor control ciudadano, el fortalecimiento de lo público o la exigencia de responsabilidad a todos los poderes del Estado.
En definitiva, el problema del republicanismo español no es su debilidad social, sino su insuficiente articulación política. Existe el pulso. Lo que falta es el cuerpo.