Líbano, el siguiente ‘reality’
La cadena de atrocidades no es una tragedia; es una técnica, una dinámica que fragmenta la atención y reduce la presión pública sobre cada caso individual
Israel dice buscar el control militar del 10% de Líbano. Habla de “zona de seguridad”, de “medida defensiva” y “operación de estabilización” para no nombrar lo que todos podemos ver: la invasión de un Estado soberano reconocido por la comunidad internacional, con Gobierno propio, ...
Israel dice buscar el control militar del 10% de Líbano. Habla de “zona de seguridad”, de “medida defensiva” y “operación de estabilización” para no nombrar lo que todos podemos ver: la invasión de un Estado soberano reconocido por la comunidad internacional, con Gobierno propio, con ejército propio, y que ha declarado explícitamente que no quiere esta guerra. Líbano no atacó a Israel. Lo hizo Hezbolá, pero Hezbolá no es el Estado libanés. Y no es la primera vez. Ahora sabemos que Gaza no es solo un genocidio: es un laboratorio. Israel ha comprobado que demoler un territorio, desplazar una población, ocupar la Franja e ignorar las resoluciones del Consejo de Seguridad, el Tribunal Internacional de Justicia y la Asamblea General le puede salir gratis. El coste político es manejable. El ministro de Defensa israelí lo dice sin disimulo: el objetivo es aplicar en Líbano “el modelo de Gaza”. ¿Y qué significa exactamente? Destruir primero las infraestructuras esenciales, forzar después el desplazamiento de la población y ocupar finalmente un territorio vaciado. No es una operación militar; es ingeniería demográfica: la segunda fase de un experimento cuya primera fase nadie detuvo.
¿Y por qué no la paramos? La escritora turca Ece Temelkuran tiene una respuesta que incomoda. No es que no viéramos lo que ocurría. Gaza es el primer genocidio emitido en directo, durante más de dos años y en nuestros teléfonos. Lo vimos todo y lo vimos todos. Como dejó escrito Maruja Torres desde Líbano: “Todos sabíamos que iba a ocurrir algo. Ahora todos sabemos que algo ha ocurrido”. El problema, como señala Temelkuran, es que hemos construido un sistema de normalización del horror tan eficaz que ya no hacen falta ni órdenes ni censura. Nadie nos dice que miremos hacia otro lado; simplemente se nos ofrecen distracciones mientras “la idea de humanidad se desgarra”. La cuestión no es tanto la falta de conciencia como un entorno saturado de estímulos triviales que dispersan nuestra atención moral. Lo terrible no se oculta, queda diluido entre mil contenidos banales. Es la distracción como mecanismo para debilitar nuestra capacidad de reaccionar ante el sufrimiento ajeno. No es que nos distraigamos con el meme de turno: el sistema genera una crisis nueva cada día precisamente para que no veamos la conexión.
Gaza, de todos modos, no queda impune por indiferencia pasiva. Lo hace porque Occidente ha elegido la complicidad activa: el veto, el armamento, la cobertura diplomática. Ahora Líbano llega al mismo destino por la misma razón: Irán ya ha ocupado el centro de atención y todos miramos ya al siguiente reality. Porque la cadena de atrocidades no es una tragedia: es una técnica. La acumulación de conflictos no solo funciona como una concatenación de dramas independientes; es una dinámica que fragmenta la atención y reduce la presión pública sobre cada caso individual. Y la respuesta no puede ser únicamente más indignación.
Judith Butler lo ha señalado a propósito de Trump: la indignación es exactamente lo que esa técnica consume y neutraliza con pasmosa eficacia. Lo que necesitamos es exactamente lo contrario: nombrar la conexión. No ver cada atrocidad por separado, sino ver y denunciar el patrón que las une. Gaza, Líbano, Cisjordania. No son tres crisis. Son tres aplicaciones del mismo método, sostenido por la misma impunidad, financiado por los mismos actores y tolerado por el mismo silencio. El suyo, pero también el nuestro.