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Después de Noelia

El caso de la joven insta a abreviar los tortuosos procedimientos legales de la eutanasia

Manifestación por el derecho a una muerte digna, en noviembre de 2015 en Madrid.Marcos del Mazo (LightRocket / Getty)

Después de Noelia, algunos dilemas difíciles quedan iluminados. También el ejercicio de la condición de padres. Sabíamos que perder a una hija, a un hijo, es lo peor que le puede suceder a una persona. Adivinábamos que iba contra la ley de la vida, esa pretendida secuencia natural de las cosas: que los progenitores se van primero. Cuando ...

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Después de Noelia, algunos dilemas difíciles quedan iluminados. También el ejercicio de la condición de padres. Sabíamos que perder a una hija, a un hijo, es lo peor que le puede suceder a una persona. Adivinábamos que iba contra la ley de la vida, esa pretendida secuencia natural de las cosas: que los progenitores se van primero. Cuando en realidad no existe tal ley, sino probabilidad estadística.

Pero causa dolor. Aunque, ¿acaso no es más punzante el de quien no encuentra oído, ni complicidad ni asistencia cuando experimenta su vida como una no vida, una muerte que se arrastra? Noelia tenía razón, no quienes se la negaban. Tanta, que la ha honrado con su propia vida. Tanto, que la explicó a todos. Una vez, por muchas en contra de quienes opinaban no desde ella, sino desde ellos. Reconocimiento, también, a quienes posibilitaron ese testimonio. Respeto a quien eligió libremente su libertad.

A veces, nos tienta identificarnos en los hijos, incluso de forma abusiva, y abrasiva. Carentes o sobrados de sentido de trascendencia buscamos así —egotistas— prolongarnos en ellos, como extremidades sucedáneas. Síndrome perverso, pues conduce a que nuestro interés prevalezca sobre su derecho.

Entonces nos arriesgamos a dejarnos seducir por ayatolás de una falsa cristiandad cruel, que no entiende de compasión, misericordia, bienaventuranzas, ni siquiera de comprensión, ese meterse bajo la piel del otro, para percibir como él o ella. Y, por supuesto, nos inclinamos a rechazar la ley que consagra el derecho a la libre determinación de todos.

El derecho es de todos. El último argumento ultra, de feroz apariencia sensata, estriba en que se le debe negar a los menos calificados. Como cuando se prohibía el voto a pobres e iletrados, porque la falta de riqueza o de ilustración se entendía como reflejo de idiotez, y pues, causa de incapacidad para discernir. Y con esa misma argucia se troca una discapacidad física o mental en impedimento para ejercer un derecho común, universal.

Por supuesto, esa coartada apela a una inversión de papeles y se convierte en un ataque a lo público porque lo público estaría condenando al incapaz de decidir. Cuando es justamente al revés: lo público reconoce el poder del ciudadano individual a ejercer sus derechos, incluidos los más íntimos y fundamentales. El derecho a la vida se acompaña del derecho a renunciar a ella si se ha convertido ya en muerte cruel, adelantada, que va durando largo tiempo.

El legado de la joven que se ha despedido consiste precisamente en que empuja a la abreviatura del complicado y tortuoso procedimiento para llegar a un final digno, eso que aprovechan los contrarios al ejercicio de derechos, los partidarios de una justicia lenta que, por definición, recala en injusta tortura añadida. Noelia les ha vencido. Quería irse “ya en paz”, y puede “al fin, descansar”. Tristes, celebrémosla.

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