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Columna

Contra el sentido común

Cada vez escuchamos más apelaciones a lo que realmente es un sinsentido

Trump, en los jardines de la Casa Blanca.CONTACTO vía Europa Press (CONTACTO vía Europa Press)

Los que crecimos con las dos Alemanias divididas tras las II Guerra Mundial nos acostumbramos a saber que la que se conocía como República Democrática era precisamente la que no era una democracia. Y así crecíamos aprendiendo sin demasiado esfuerzo que las palabras a veces son retorcidas sin su consentimiento. Por eso ahora sabemos que cuando a algo lo llaman democracia puede no serlo. No es democracia un lugar don...

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Los que crecimos con las dos Alemanias divididas tras las II Guerra Mundial nos acostumbramos a saber que la que se conocía como República Democrática era precisamente la que no era una democracia. Y así crecíamos aprendiendo sin demasiado esfuerzo que las palabras a veces son retorcidas sin su consentimiento. Por eso ahora sabemos que cuando a algo lo llaman democracia puede no serlo. No es democracia un lugar donde el Gobierno asesina a civiles indefensos por participar en protestas, ni tampoco es democracia un país que aplasta a sus vecinos o rivales sin someterse a las leyes internacionales. En los últimos tiempos aprendimos que la palabra libertad también podía prostituirse con idéntica facilidad. Libertad podía significar privilegio, exclusión, desprecio, desigualdad e injusticia. Así que le perdimos un poco el respeto a la palabra, aunque nos queda el sabor de la idea, como una especie de reto personal. Reconocemos la libertad por lo que concedemos al otro, no por lo que disfrutamos nosotros. Ahora le ha tocado el turno a la expresión “sentido común”. No oímos más que hablar de lo que manda el sentido común, lo que dicta el sentido común, de imponer el sentido común. En realidad se refieren a una particular idea de lo común, casi siempre expropiada a los demás, y de una particular idea del sentido, casi siempre identificable con la mera costumbre o directamente el sinsentido.

Si nos remontamos en el tiempo descubrimos que era de sentido común que el hombre sometiera a la mujer. Se le ofrecía un resguardo paternal al módico precio de dominar sus movimientos, su deseo, su autonomía y hasta su maternidad. Igual en tiempos de la esclavitud el sentido común justificaba no concederle a las razas diferentes ninguno de nuestros privilegios. En épocas industriales el sentido común dictaba horarios y condiciones de explotación que hoy nos resultan abominables y también era de sentido común que trabajaran los niños, contaminar los ríos y talar los bosques. Por no hablar de las religiones, cuyo sentido común imponía negar al disidente y perseguir cualquier desviación por mínima que fuera del dogma establecido. Así que el sentido común, digámoslo así, ha sido siempre el sentido común que dictaba el interés particular. En las últimas décadas se ha recurrido al sentido común para decirle no a los derechos de las personas trans, a reconocer la dignidad de los homosexuales y a impedir la evolución lógica, o incluso la desaparición, de algunas costumbres y tradiciones atroces. Todo en nombre del sentido común.

Los que nos hemos dedicado a las aficiones artísticas hemos estudiado con sorna el rechazo en nombre del sentido común a cualquier vanguardia o alternativa atrevida. Hasta el punto de que el sentido común nos resultaba en muchas ocasiones una expresión más de lo rancio y lo caduco. Supongo que por sentido común se han quemado y prohibido libros que luego han significado hitos del avance cultural y por sentido común se burlaban nuestros bisabuelos paletos de los cuadros de Picasso. Hace muchos años le leímos algo a Vladímir Nabokov que nos curó para siempre de la tentación de tomar las apelaciones al sentido común como algo respetable y serio. Escribió esto: “El sentido común pisotea el riesgo, el talento creador, las verdades aún no aceptadas. El sentido común es invasivo, agresivo, inmoral. El sentido común es un sentido hecho común que devalúa todo lo que estudia. Las cosas brillantes aparecerán bajo otra luz”. Estas palabras sí que son de sentido común.

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