Colombia no quiere extremistas
Las elecciones legislativas y las consultas presidenciales demuestran que existe un espacio para la moderación
Las elecciones legislativas y las consultas presidenciales celebradas este fin de semana en Colombia dejan un país lejos de la calma, pero también una señal que conviene no subestimar: los extremos no avanzan con la fuerza que muchos temían. En una región donde la política suele oscilar con brusquedad entre proyectos refundacionales y promesas de mano dura, el resultado colombiano sugiere que aún existe un espacio para la moderación y para la política entendida como negociación, no como confrontación permanente.
El electorado ha enviado un mensaje más complejo. Los proyectos que aspiraban a capitalizar el descontento mediante discursos maximalistas han quedado contenidos, sobre todo el ultraconservadurismo más visceral, ejemplificado en Abelardo de la Espriella, cuya fuerza ha quedado frenada por el auge de Paloma Valencia.
Eso no significa que Colombia haya escapado de sus viejos fantasmas. Al contrario: la elección sigue marcada por dos sombras que llevan décadas proyectándose sobre la vida política del país. Gustavo Petro y Álvaro Uribe continúan siendo los polos simbólicos alrededor de los cuales se ordena buena parte del debate público. La polarización que ambos representan, cada uno desde su trinchera, ha sido uno de los rasgos más persistentes y corrosivos de la democracia colombiana en el último cuarto de siglo.
Precisamente por eso, el momento exige algo distinto de quienes aspiran a gobernar. Para Iván Cepeda, que emerge como una de las figuras centrales del campo progresista, el desafío consiste en demostrar que puede ser algo más que el heredero político del ciclo de Petro. Su candidatura no puede limitarse a prolongar el impulso de una izquierda que, desde el poder, ha sacudido las estructuras tradicionales del país pero también ha generado incertidumbre institucional y tensiones innecesarias. Si quiere convertirse en una opción mayoritaria, Cepeda deberá construir una voz propia: una izquierda capaz de dialogar con el centro, de respetar los equilibrios del Estado y de abandonar definitivamente los peores reflejos ideológicos del siglo XX.
El reto no es menor para Valencia. Su ascenso dentro del campo conservador confirma que la derecha colombiana sigue teniendo una base política robusta. Pero si su proyecto quiere trascender la fidelidad del uribismo deberá demostrar que puede construir una derecha más amplia que la que ha dominado el escenario en las últimas décadas, incluyendo también a sectores del centro. Valencia tendrá que mostrar que es capaz de caminar con autonomía respecto a Álvaro Uribe y evitar que la campaña vuelva a quedar atrapada en el duelo permanente entre uribistas y petristas.
Colombia conoce demasiado bien las consecuencias de esa lógica. Durante años, el país ha vivido en una tensión política casi permanente, donde cada elección parecía una batalla existencial y cada victoria se interpretaba como la derrota absoluta del adversario. Esa dinámica ha erosionado la confianza en las instituciones y ha dificultado la construcción de consensos básicos.
Las elecciones de este fin de semana no resuelven ese problema, pero abren una oportunidad. La contención de los extremos sugiere que existe un espacio político para quienes estén dispuestos a romper el ciclo de la confrontación. Cepeda y Valencia tienen ahora la responsabilidad de demostrar que pueden ocuparlo. Colombia no necesita otro capítulo de su larga guerra política. Necesita, por fin, una tregua democrática.