¿Ha muerto la diplomacia?
La “licencia para matar” se ejerce sin ningún debate democrático ni limitación legal. El doble rasero occidental en estas circunstancias resulta alarmante
La humanidad se enfrenta hoy en día a múltiples desafíos. El reto de la inteligencia artificial y el futuro del Homo sapiens, la lucha contra el cambio climático para salvar el planeta, el hambre y la pobreza, y, sobre todo, la supervivencia de la humanidad ante esta multiplicación de guerras y conflictos en el mundo. Frente a esta situación, que ya hemos convertido en cotidiana, es legítimo preguntarse dónde está la diplomacia. ¿Qué hace para evitar y resolver crisis y conflictos? ¿Es necesaria la diplomacia hoy en día? Evidentemente, mi respuesta es rotunda y positiva. Cuando la negoc...
La humanidad se enfrenta hoy en día a múltiples desafíos. El reto de la inteligencia artificial y el futuro del Homo sapiens, la lucha contra el cambio climático para salvar el planeta, el hambre y la pobreza, y, sobre todo, la supervivencia de la humanidad ante esta multiplicación de guerras y conflictos en el mundo. Frente a esta situación, que ya hemos convertido en cotidiana, es legítimo preguntarse dónde está la diplomacia. ¿Qué hace para evitar y resolver crisis y conflictos? ¿Es necesaria la diplomacia hoy en día? Evidentemente, mi respuesta es rotunda y positiva. Cuando la negociación y el arreglo pacífico de los conflictos se han impuesto, la solución alcanzada ha permitido vivir un futuro mejor.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la fecha —casi un siglo— hemos podido gozar, en líneas generales, de uno de los períodos más pacíficos de nuestra historia, a pesar de sufrir distintos y dramáticos conflictos. Durante estos 80 años, siempre se ha buscado la solución política-diplomática. Todos los actores, a pesar de estar enfrentados, han buscado, antes o después, un final negociado y una solución diplomática. Recordamos con nostalgia aquel tiempo en que los políticos solían decir: “no hay solución militar, solo solución política”. En los distintos conflictos que se han sucedido en estas últimas décadas, la diplomacia ha logrado alcanzar acuerdos de alto el fuego, soluciones interinas o incluso la finalización de conflictos armados. Muchas vidas humanas se han salvado gracias a compromisos diplomáticos no siempre perfectos ni justos, pero sí humanos.
Sin embargo, hoy se ha perdido por completo la fe en la diplomacia. Está abandonada, subestimada y desaparecida. La mayoría de los responsables políticos internacionales considera que solo la fuerza puede resolver los enfrentamientos. La “ley de la fuerza” se ha impuesto sobre “la fuerza de la ley”, y la ley internacional, es decir, todo el avance jurídico-diplomático impulsado y defendido por la humanidad, se aparta y se hace añicos para pasar a una etapa en la que la coacción, la amenaza y la fuerza militar se imponen. Incluso en la catastrófica intervención occidental de 2003 en Irak, sus responsables intentaron obtener la aprobación del Consejo de Seguridad e intentaron aprobar hasta el final una segunda resolución que les permitiese intervenir militarmente. No lo consiguieron.
Ahora, la mayoría de nuestros dirigentes, salvo algunos casos como el Papa León XIV, el secretario general de las Naciones Unidas y el presidente del Gobierno español, elogian y aplauden la violencia y la destrucción, sin agotar previamente cualquier esfuerzo diplomático. Parece que nadie piensa en los cientos de miles de víctimas inocentes que perderán sus vidas por estas acciones. La “licencia para matar” es el derecho supremo que poseen algunos, y este se ejerce sin ningún debate democrático ni limitación legal alguna. El doble rasero occidental en estas circunstancias resulta alarmante.
Hace dos años, en una conferencia de un prestigioso think tank español, señalé que estábamos al borde de una tercera guerra mundial. Lo manifesté a propósito para sacudir la ceguera occidental y alertar sobre los riesgos de una lógica de concatenación que toda guerra produce. Al parecer, este mensaje no se ha escuchado y hoy nos acercamos peligrosamente a un Armagedón final.
Por ello, es hora de volver a dar a la diplomacia su lugar legítimo y necesario. Como apuntó el político francés Georges Clemenceau, y parafraseando: “la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los guerreros”, pues estos nos llevan a una muerte segura y anunciada.