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La unanimidad sospechosa

La del 23-F es una historia protagonizada y narrada por hombres, hombres en despachos poco ventilados, de los que dependía la continuidad de la recién estrenada democracia

El rey Juan Carlos I y Alberto Núñez Feijóo, el 23 de marzo de 2018. XOÁN REY (EFE)

Llegó la noche del 23 de febrero de este 2026 y en la tele pública nos mostraron las portadas de los principales periódicos. Virgen Santa, qué unanimidad. Era como si por segunda vez en la historia pudiéramos respirar tranquilos dado que se nos aseguraba que ...

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Llegó la noche del 23 de febrero de este 2026 y en la tele pública nos mostraron las portadas de los principales periódicos. Virgen Santa, qué unanimidad. Era como si por segunda vez en la historia pudiéramos respirar tranquilos dado que se nos aseguraba que la actuación del rey Juan Carlos había sido intachable. Era una unanimidad impuesta por una serie de pruebas irrefutables que nos negaban el espacio a la duda, porque las dudas eran los recelos de esos aguafiestas que nunca están contentos con nada, las dudas eran conspiranoicas. Algunos periodistas e historiadores que levantaron la patita para esgrimir alguna duda razonable fueron mandados con cariño a la cama, como los niños, porque para una vez en la vida que nuestro territorio patrio es atravesado por la estrella de la unanimidad habrá que dejar que brille. Pero, ay, amiga, al cabo de unas horas, cuando el amanecer rompió esa nueva noche de los tiempos, comenzamos a mostrar lo que puede hacer un español con la unanimidad.

Un español toma la unanimidad y la moldea como la plastilina, la patrimonializa de inmediato. En tiempo récord, el español se ha montado en ese barco al que llama Unanimidad, como Perales llamara Libertad al suyo, y animado por el viento salino esboza una teoría. Ese es Feijóo. Feijóo se acostó unánime y se levantó preclaro. Había tenido un sueño: la primera consecuencia de la nueva unanimidad había de ser permitir que el antiguo Rey volviera a la patria como Ulises, viejo, cansado y heroico. Feijóo convertía así la nueva Unanimidad en un reproche al Gobierno. Entonces, va el Gobierno y responde que la vuelta de Juan Carlos I no depende de él. En esto, va la Casa Real e interviene para asegurar que el Emérito puede volver cuando quiera siempre y cuando responda ante el fisco de esta patria ingrata. El viejo Rey, que ha demostrado ser un aficionado al enredo, va y reclama regresar al palacio de la Zarzuela. Se aprecia que padre e hijo discrepan en los términos, pero lo que se intuye es que si la derecha defiende los derechos supuestamente arrebatados al emérito es porque el Rey actual... No se van a atrever a tildarlo de sanchista como en algunos foros del bando extremo, pero sienten que no han conseguido llevárselo del todo a su terreno, al terreno, obviamente, de su intransferible unanimidad.

De esta unanimidad acordada en una noche loca (“la noche nos confunde”) para que sirviera de escudo contra las teorías conspirativas hemos conseguido generar un nuevo guirigay: que si la vuelta del emérito, que si la mala salud del presidente, que si los papeles dan por sentado que el Rey salvó la democracia o que si los papeles no resuelven las maniobras orquestales del Rey antes de la Tejerada. El rey Juan Carlos, dijo con muy buen tino el periodista Martínez Soler, era un lenguaraz y andaba fantaseando a espaldas de Suárez con un nuevo amanecer. Nativel Preciado, astuta entrevistadora de los protagonistas de la tragicomedia, trataba de hablar de pruebas desaparecidas, de palabras en boca de personajes secundarios, pero en la noche de la unanimidad no había lugar para sembrar sospechas. Y es que esta es una historia protagonizada y narrada por hombres, hombres en despachos poco ventilados, de los que depende la continuidad de la recién estrenada democracia. Hombres que, como en aquellas películas agobiantes de submarinos, actúan ajenos a lo que sucede en la superficie.

No hay desclasificación que cambie este cuento donde solo aparecen unos cuantos hombres. Ni sindicatos, ni estudiantes, ni asociaciones de vecinos, ni partidos clandestinos, ni el puro afán de libertades intervienen en la historia. Ni tan siquiera en la noche de la gran Unanimidad se mencionó que cuatro días más tarde un pueblo que defendía su libertad tomó las calles, de la más grande a la más pequeña avenida de España. Tal vez aquel 23-F alguien soplara al oído del monarca que su futuro dependía de nosotros. Coño.

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