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Elecciones, transgresión y Carnaval

El homenaje a Lula en Río es la primera estación de un viaje que busca un Congreso brasileño que salve el planeta y no lo destruya

Desfile de la escuela de samba Acadêmicos de Niterói este domingo en el carnaval de Río de Janeiro, en homenaje a Lula da Silva. Bruna Prado (AP)

Nada expone los conflictos con más verdad que el carnaval en Brasil. Tanto en la transgresión, la esencia de la fiesta, como en los persistentes intentos de reducirla a mercado, lucro, apropiación, explotación, espectáculo. Así, ha sido en el Sambódromo de Río de Janeiro donde se ha visto la primera ruidosa muestra de lo que se avecina en las elecciones de 2026. ...

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Nada expone los conflictos con más verdad que el carnaval en Brasil. Tanto en la transgresión, la esencia de la fiesta, como en los persistentes intentos de reducirla a mercado, lucro, apropiación, explotación, espectáculo. Así, ha sido en el Sambódromo de Río de Janeiro donde se ha visto la primera ruidosa muestra de lo que se avecina en las elecciones de 2026. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que ya ha confirmado su candidatura, fue el tema de la escuela de samba Acadêmicos de Niterói, que contó la trayectoria del niño pobre del árido sertón del nordeste que se convirtió en líder sindical en el estado de São Paulo (y luego en presidente de Brasil). Hace semanas que la extrema derecha acusa a Lula y a la escuela de hacer “propaganda electoral anticipada” y las críticas y las denuncias en el sistema de justicia electoral han inundado las redes sociales y los grupos bolsonaristas estos días. En una de las secciones del desfile, una carroza con el payaso Bozo vestido de preso hacía una sátira explícita al expresidente ultraderechista Jair Bolsonaro, encarcelado, entre otros delitos, por golpe de Estado.

Si no se produce ningún giro inesperado, todo apunta a que las elecciones presidenciales de 2026 se disputarán entre Lula y el actual senador Flávio Bolsonaro, primogénito de Jair. El “cero uno” del criminal que llama a sus hijos por números ya se ha convertido en el principal oponente de Lula en los comicios de octubre, a pesar de su portentosa mediocridad, o probablemente por eso.

Una vez más, la disputa será entre el centro, con un Lula que ya ha superado los 80 años y que nunca ha permitido que se creara un sucesor en el Partido de los Trabajadores, y la extrema derecha encabezada por el clan Bolsonaro. Lula busca ahora ampliar sus posibilidades designando como vicepresidente a un político de uno de los grandes partidos que pueden apoyar o no a uno u otro candidato, según soplen los vientos del momento. El actual presidente sabe que solo podrá repetir las elecciones en las que derrotó —por muy poco— a Jair Bolsonaro y que lo llevaron a su tercer mandato si logra una vez más formar una coalición (muy) amplia.

El tema de otra escuela de samba, la icónica Mangueira, 20 veces campeona del carnaval de Río de Janeiro, pone de manifiesto la corrosión de una política en la que el bien común está tan al borde de la extinción como el jaguar de la Amazonia. Mangueira rindió homenaje a Raimundo dos Santos Souza, el Maestro Sacaca, un profundo conocedor de la medicina de la selva en el estado amazónico de Amapá, presentado por la escuela como “el Guardián de la Amazonia Negra”.

El Maestro Sacaca, que murió en 1999, merece todos los homenajes, al igual que la población negra de los quilombos de la selva, que lleva siglos resistiendo y luchando por la naturaleza viva. Pero el sentido del reconocimiento se retuerce al saber que el presidente del Congreso brasileño, el senador Davi Alcolumbre, del partido clientelista Unión Brasil, fue el “impulsor” e intermediario entre Mangueira y su aliado, el gobernador de Amapá, Clécio Luís, que busca la reelección. De las arcas públicas de un Estado con muchas dificultades, Mangueira recibió el “apoyo” de 10 millones de reales (casi dos millones de dólares).

Todo se complica aún más por el hecho de que el presidente del Congreso es el principal artífice de la revocación de los vetos de Lula al denominado Proyecto de Ley de la Devastación, que con su orquestación acabó con la protección medioambiental en Brasil en el mayor retroceso desde la dictadura militar (1964-1985). El gobernador de Amapá es aliado también del senador Randolfe Rodrigues, del Partido de los Trabajadores, líder del Gobierno de Lula en el Senado. Los tres son grandes defensores de la explotación de petróleo en la desembocadura del río Amazonas, en la costa de Amapá. Ninguna de sus acciones sugiere que sean defensores de la Amazonia, y mucho menos de la Amazonia negra, el tema de Mangueira.

Vencer la podredumbre del Congreso brasileño, hoy habitado por una mayoría de defensores de los combustibles fósiles, las empresas mineras, la industria de la carne, la soja, los pesticidas y los ultraprocesados, entre otras corporaciones que destruyen la naturaleza, es el principal desafío del campo progresista. Más que el presidente, quien determina el rumbo de Brasil es el Congreso, principalmente el Senado. Cambiar su composición en las elecciones de 2026 es el objetivo de todos los que luchan contra el colapso del clima y por la protección de los derechos. Una lucha (muy) dura, con resultados impredecibles.

Si estos son ejemplos de la política en el carnaval, al mismo tiempo son su negación. La política que teje el carnaval brasileño es la de los cuerpos, y representa lo mejor de Brasil. No es un momento en el calendario, que oficialmente dura cuatro días, sino una reafirmación del compromiso con la vida que perdura hasta el carnaval del año siguiente, cuando una vez más se reafirmará la resistencia por medio de la alegría y la transgresión del orden opresivo y desigual.

El intento de controlar el carnaval y, por lo tanto, los cuerpos en catarsis es antiguo, y los ataques persisten: como las élites blancas que dominan los palcos del Sambódromo; las marcas que se adueñan del evento como prueba de que el mercado le saca provecho y supuestamente lo controla; las megacomparsas, con artistas y patrocinios que compiten por las calles con las comparsas tradicionales.

El capitalismo es activo y reactivo. Aun así, el carnaval continúa denunciando la desigualdad, el racismo y el patriarcado; es la rexistencia en movimiento (resistir para existir). Pero rexiste y denuncia mediante la transgresión, y la mayor transgresión es la alegría, esa poderosa fuerza vital que se escapa por las rendijas del Estado y del capital.

Brasil solo tendrá posibilidades en las elecciones de 2026 si la política escapa de las apropiaciones del mercado y se recupera como potencia de los cuerpos en movimiento colectivo e interdependiente. Si hay algo que el mundo puede aprender de Brasil es la fuerza vital del carnaval, esa llama que ni siquiera el capitalismo es capaz de extinguir.

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