UE-Mercosur: comunicar en tiempos de cólera
El problema al que nos enfrentamos estriba una vez más en una versión de la vieja pregunta de cómo comunicamos Europa
Son muchas las razones por las que el acuerdo UE-Mercosur supondrá un beneficio neto y tangible para los europeos. Baste mencionar que consolidará un mercado para los sectores primario, industrial y servicios de la economía europea en un momento en el que el brutal escenario geopolítico impone a la UE la necesidad vital de diversificar su política de alianzas comerciales.
En este sentido, uno no puede más que...
Son muchas las razones por las que el acuerdo UE-Mercosur supondrá un beneficio neto y tangible para los europeos. Baste mencionar que consolidará un mercado para los sectores primario, industrial y servicios de la economía europea en un momento en el que el brutal escenario geopolítico impone a la UE la necesidad vital de diversificar su política de alianzas comerciales.
En este sentido, uno no puede más que lamentar la decisión del último pleno del Parlamento Europeo de referir el acuerdo al Tribunal de Justicia de la UE, lo que en la práctica podría retrasar la ratificación del tratado un año y medio o dos años. Su aplicación provisional llegaría mucho antes si la Comisión decide utilizar la autorización otorgada por el Consejo cuando aprobó la firma del Tratado el pasado nueve de enero.
La exigua mayoría de 10 votos que propició el bloqueo nos trae al sistema político de la Unión un ejemplo claro de filibusterismo parlamentario que casa poco con la tradición europea. Esta sí que es una importación no deseada aunque muy significativa, pues apunta a las corrientes subterráneas que nos han traído hasta aquí.
Vaya por delante que las posturas en contra del acuerdo resultan legítimas, ya vengan desde posiciones proteccionistas, medioambientales o de soberanía económica. Es más, los sectores agrícola y ganadero tienen razones a la hora de oponerse a algunos recortes de la Política Agraria Común, pero Mercosur no va de eso y hay mucho más en Mercosur aparte del sector primario.
Está claro que las narrativas en contra de la competencia de productos provenientes de los cuatro países de Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) así como dudas relativas a la calidad o seguridad alimentaria de algunos de estos productos, por mencionar las críticas más habituales a Mercosur, se pueden rebatir contundentemente sobre la base de una lectura detallada del acuerdo y de las medidas para proteger el mercado europeo si ello fuera necesario.
La defensa del acuerdo descansa también en la realidad del comercio agroalimentario entre los dos bloques y el potencial generador de prosperidad del resto del acuerdo. Pero interpretar y defender el texto de un farragoso acuerdo de libre comercio es algo sin duda difícil que necesariamente va más allá de la pericia comunicativa de negociadores y expertos en comercio internacional.
Al hacer la autopsia del momento de bloqueo en que nos encontramos, es evidente que se ha producido un fallo grave a la hora de comunicar Mercosur, tanto explicando sus beneficios como abordando y refutando los argumentos en su contra. Parece que el problema al que nos enfrentamos estriba una vez más en una versión de la vieja pregunta de cómo comunicamos Europa.
Explicar casi cualquier asunto relativo a la Unión Europea, un proyecto tecnocrático cuya gobernanza se asienta en complejos conceptos jurídicos y en una densa jerga comunitaria inteligible sólo para iniciados, se convierte en un reto particularmente difícil. Especialmente si los Estados miembros deciden dejar a su suerte a la Comisión Europea por razones más tácticas que estratégicas.
El patrón es claro: al menos desde el Brexit, retóricas extremas y populistas, ayudadas por la desinformación online, surgen con virulencia en cualquier momento clave para la UE y sus Estados miembros. Son estas retóricas y la desinformación online las que la UE tiene que combatir. El principal escollo es que, una vez entrados en materia, explicar los beneficios del punto 9 de la parte b del anexo 18 de un tratado internacional se hace imposible frente a la sencillez del meme o el zasca en X del troll populista de turno. En muchos casos la UE no está ni tan siquiera en el medio adecuado donde defender sus propuestas.
¿Cómo comunicar frente al populismo? Sobre la base de nuestra experiencia en materia de comunicación política e institucional y para contribuir al debate, entendemos que la UE debe seguir ciertos principios.
En una sociedad fragmentada y polarizada, es necesario que la comunicación institucional de la UE sea constante, intensa e integral. Para lograr un impacto real, las instituciones europeas deben combinar los canales tradicionales con una estrategia sólida que involucre a líderes de opinión con presencia online, apoyados en una red de portavoces que mantengan un mensaje unificado.
La UE debe comunicar sus valores con una carga emocional estratégica. La emoción no es la enemiga de la razón. Para que su comunicación sea verdaderamente persuasiva, la UE debe transitar hacia mensajes racionalmente emocionales que se centren en las personas y su vida cotidiana. Es fundamental conectar las vivencias individuales con el proyecto colectivo. El uso de experiencias y testimonios personales llegará de manera efectiva al corazón y a la mente de los ciudadanos, potenciando así el alcance de la narrativa europea.
¿Se ha hecho esto con Mercosur o es demasiado tarde? ¿Se puede repetir este escenario de bloqueo con el acuerdo de libre comercio UE-India, cuyas negociaciones concluyeron la semana pasada? La intensidad de los ataques a los logros del proyecto de integración europea no va a disminuir. Es el momento de que tanto las instituciones como las empresas se tomen en serio la comunicación institucional y corporativa. Nos va mucho en ello.