De Iniesta a Iniesta
Una nación es no una comunidad imaginada sino una imaginaria, un entretenimiento fantasioso que normalmente da resultados siniestros y sólo de vez en cuando da resultados inocuos
Venía flaqueando el fulgor de Andrés Iniesta como mito nacional compartido cuando otro Iniesta, este de nombre Robe, se reveló, tras su reciente muerte, como el inesperado candidato a protagonizar la narrativa que podía refundir una nación. Comentaristas de izquierdas,...
Venía flaqueando el fulgor de Andrés Iniesta como mito nacional compartido cuando otro Iniesta, este de nombre Robe, se reveló, tras su reciente muerte, como el inesperado candidato a protagonizar la narrativa que podía refundir una nación. Comentaristas de izquierdas, de derechas, de centro e incluso de extremo centro maldijeron el fallecimiento del trasunto de Jesucristo García con la misma pena biográfica: Robe Iniesta hablaba de la vida de todos los españoles, al parecer.
Es fácil entender por qué Andrés Iniesta se convirtió en el material del que estaría hecho ese sentido de comunión al que llamamos nación. Una patada precisa a un balón en el momento adecuado, orientada hacia el lugar deseado y en el escenario idóneo carecía de connotación política controvertida. Aceptar a Andrés Iniesta como ídolo común era muy poco comprometedor políticamente.
Pero es algo sorprendente y más difícil de explicar su relevo como leyenda nacional. Con ocasión de la celebración del V Centenario de la llegada de Colón a América, Robe Iniesta escribió y cantó cosas tan lúcidas como: “Centenario, celebrad / las mujeres y los niños por igual / celebrando masacrar / las mujeres y los niños por igual”. ¿Cómo pudo un venerable anti-España como Robe Iniesta convertirse en un tótem español? La explicación la dio él mismo con un candor hermoso en 2014.
En aquella ocasión, el presidente de la Junta de Extremadura, José Antonio Monago, le entregó el más alto reconocimiento de Extremadura. Monago, como es sabido, era y es del PP, un partido que se pone histérico —no es el único— con los discursos mínimamente críticos con la historia imperial de España. En su discurso de aceptación, Roberto Iniesta dijo: “He buscado razones para no estar aquí, pero no he encontrado ninguna y aquí estoy”. Era una declaración inequívocamente sincera, racional y mundana. Como el gol de su homónimo en Ciudad del Cabo en 2010, el discurso neutralizaba toda connotación política controvertida: un anti-España confesaba de manera racional —“he buscado razones”— que entendía por qué gustaba a los anti-anti-España —“pero no he encontrado ninguna, y aquí estoy”— . Así se construyen los mitos compartidos, así se perpetúan las naciones. Se imaginan espejos que reflejen idilios. Y se vive alimentado de esos idilios: de Iniesta a Iniesta, seguimos fantaseando con España.
¿Pero y si esos espejos actuaran de espaldas a la vida? ¿Y si la continuidad de una nación no conllevara la continuidad de una sociedad relativamente funcional? En no pocos países de América Latina, por ejemplo, hay naciones fuertes (hay muchas divisiones, pero ninguna acerca de que todos pertenecen a la misma nación) que son sociedades terriblemente débiles. El cemento de una sociedad no son los mitos nacionales compartidos sino unos hechos y unas ideas sociales en común. Nada de lo que permite perpetuar la fantasía que es una nación sirve para tejer las redes que conforman una sociedad. No es el mito nacional compartido lo que hace que una sociedad no se quiebre, sino un acuerdo, por ejemplo, acerca de la importancia del Estado del bienestar, de la inmoralidad de las grandes fortunas que evaden impuestos y, por encima de todo, del valor que tiene arrimar el hombro con quienes son distintos a nosotros.
Cuando no hay mitos nacionales compartidos, o cuando estos pierden su fulgor, nos miramos al ombligo y pasamos a preguntarnos —oh, maldición— “¿qué es España?”. Pero cuando dejemos de compartir las ideas más fundamentales acerca de una sociedad, nos miraremos a la espalda: temeremos al otro. No habrá sociedad, sólo un agregado de individuos que sospechan permanentemente de las intenciones del otro, escenario que constituye, al fin y al cabo, el gótico sueño del thatcherismo.
Según la conocida sentencia de Perry Anderson, una nación es una comunidad imaginada. Ese ejercicio de ficción estaría nutrido de los mitos nacionales compartidos. Yo, en cambio, creo que una nación es no una comunidad imaginada sino una imaginaria, un entretenimiento fantasioso que normalmente da resultados siniestros y sólo de vez en cuando da resultados inocuos, como en el caso de los Iniesta.
Así que, contra lo que se piensa normalmente, lo que impugnó el independentismo catalán en 2017 no fue la idea española de nación: ¿cómo podría destruirse una comunidad imaginaria? Lo que se impugnó fue una sociedad, esto es, el valor de que hay que arrimar el hombro con quienes son distintos a nosotros. La eventual llegada de Vox al Gobierno central volverá a poner a prueba las ideas más fundamentales que hacen que una sociedad sea digna de tal nombre.
España vive obsesionada con encontrar mitos nacionales compartidos para combatir el nacionalismo. Es un sinsentido. Me recuerda a un amigo que, llegada cierta hora de las noches de juerga y exceso, se me acercaba al oído terriblemente decepcionado y sobrio y me decía: “Me han puesto droga en la droga”. Hay que forjar sociedades, no naciones. Y para ello necesitamos ideas en común, no mitos.