Sixena, Sijena
El envoltorio de viejos agravios jurídico-políticos en torno a las pinturas del monasterio dificulta que la solución definitiva sea pacífica
Bajo esos dos nombres equivalentes se conoce un monasterio románico tan voceado como escasamente conocido, construido en el siglo XII en los Monegros y propiedad de la Orden de Malta. Su nombre es Sixena/Sijena, o Sijena/Sixena: el orden de los factores no altera el cenobio.
Pero sí sintetiza la identidad variable, digamos “fronteriza”, propia de su emplazamiento en la “franja” aragonesa de habla también catalan...
Bajo esos dos nombres equivalentes se conoce un monasterio románico tan voceado como escasamente conocido, construido en el siglo XII en los Monegros y propiedad de la Orden de Malta. Su nombre es Sixena/Sijena, o Sijena/Sixena: el orden de los factores no altera el cenobio.
Pero sí sintetiza la identidad variable, digamos “fronteriza”, propia de su emplazamiento en la “franja” aragonesa de habla también catalana. Y cuyas señas especiales han sido validadas o recreadas durante siglos. Por ejemplo, la adscripción original de sus 111 parroquias, entre ellas Villanueva de Sijena/Vilanova de Sixena al obispado de Lleida, fue reatribuida en 1995 por el Vaticano al de Barbastro-Monzón.
Esa decisión ocasionó un litigio entre ambos sobre su patrimonio artístico. Y en 2013, la reclamación del Gobierno de Aragón —por Sijena— al de la Generalitat de Cataluña como protectora del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), depositario de algunas de sus obras, y joya europea reconocida en arte románico y gótico.
Un decenio de complejas disputas legales desembocó el 28 de mayo de 2025 en una sentencia del Supremo que dispuso la “restitución” a Sixena de los frescos murales de su parroquia de Santa María conservados en Montjuïc: 132 metros cuadrados de espléndida transición trasladados ahí en 1936. Para salvarlos de su destrucción guerracivilista, y ya deteriorados por un incendio iconoclasta. Una operación que alguna voz aragonesa califica de expolio.
El problema, ahora, es la ejecución de esa sentencia. El MNAC y sus técnicos alegan el peligro de que el descuelgue y traslado de la obra (serrándola en 72 piezas, con inevitable pérdida de pintura) le provoque un daño irreparable: pretenden una evaluación internacional y el arbitraje del Ministerio de Cultura. El Gobierno aragonés alega que si se produce daño, “lo repararemos”.
El envoltorio de viejos agravios jurídico-políticos dificulta que la solución definitiva sea pacífica. En realidad, solo un acuerdo generoso desde ambas administraciones y para beneficio de las ciudadanías aragonesa y catalana lo conseguiría. Alguien debería pensar soluciones válidas para todas las partes, que no son solo dos.
Una de ellas podría enhebrarse evitando el problemático traslado físico de la obra y asegurando su “restitución” mediante una solución barroca a un problema complicado.
O sea, un sudoku: el reconocimiento público, solemne y señalizado en Montjuïc de la propiedad sijenense/aragonesa de la obra; la vinculación de ambos gobiernos (directa o por vía de asociación) a los patronatos del MNAC y del monasterio; un ofrecimiento de préstamos de obra (no solo sixeniana) y otros apoyos de Montjüic para exposiciones temporales en los Monegros; un acceso privilegiado de los ciudadanos de la franja, o de todos los aragoneses, al museo barcelonés o a todos los museos catalanes. ¿Quién da un primer paso?