Cómo independizarse de un EE UU convertido en adversario
Europa afronta el dilema entre ganar tiempo para construir acomodando o plantar cara y avanzar precipitando un estado de necesidad
No debe de quedar ya ningún europeo que considere que EE UU es un aliado. Si algún vestigio de duda permanecía en alguna mente, Washington se encargó de volarlas lanzando una granada en forma de plan de paz para Ucrania que era un regalo para Rusia, ni n...
No debe de quedar ya ningún europeo que considere que EE UU es un aliado. Si algún vestigio de duda permanecía en alguna mente, Washington se encargó de volarlas lanzando una granada en forma de plan de paz para Ucrania que era un regalo para Rusia, ni negociado y ni siquiera anunciado a los europeos. A estas alturas, la única duda que permanece es cómo debe moverse Europa en un mundo en el que Estados Unidos ya no es un aliado, sino una amenaza.
La cuestión es de gran complejidad. La premisa es que Europa depende de EE UU en materia militar y tecnológica, y esa dependencia influencia el camino europeo en otros ámbitos, como el comercial o el regulatorio. Para simplificar esa complejidad, conviene visualizar dos polos.
Por un lado, una estrategia de construcción de autonomía —de independencia, como dijo Merz nada más ganar las elecciones— prudente, que busque evitar una ruptura abrupta con EE UU, que gane tiempo para avanzar mientras se mantienen en vida aspectos de la relación con Washington que son muy importantes, sobre todo en materia de seguridad, y que de alguna manera siguen de pie por inercia pese al cambio de relaciones.
Europa no dispone de capacidades militares cruciales, empezando por redes de satélites y otros sistemas facilitadores esenciales. Ucrania se halla ya en una situación extremadamente frágil, de agotamiento, como para prescindir del apoyo que, previo pago y mediante actitud acomodadora, EE UU todavía facilita.
Por el otro, una estrategia mucho más asertiva, que plante cara a un EE UU que se ha tornado en una amenaza, como con el intento de subyugación digital, la ofensiva arancelaria, o las ententes cordiales con el Kremlin. Una actitud, pues, que avance sin concesiones hacia la independencia, por ejemplo canalizando el grueso de las inversiones en defensa en la industria europea o regulando sin contemplaciones en materia de plataformas digitales para favorecer el nacimiento de un ecosistema europeo.
Como ha señalado Giuliano da Empoli mientras reflexionaba en materia de ecosistema digital en un desayuno celebrado en la sede madrileña de EL PAÍS esta semana, una acción decidida europea causaría serias turbulencias por la reacción de EE UU, pero también crearía en Europa esa sensación de necesidad imprescindible para dar un verdadero salto hacia la integración y la autonomía. Puede ser mejor pagar el precio de una grave turbulencia a corto plazo que acabe generando independencia en el medio-largo, que optar por una contemporización hoy que no acabaría de producir una independización mañana, argumentó el ensayista.
El problema es que la interconexión entre los distintos factores es explosiva y la debilidad en el sector de la defensa carga de tintes muy oscuros el riesgo de turbulencia. Ucrania se halla en una situación de enorme fragilidad, en el campo de batalla y en el frente interno político, como demuestra la dimisión este viernes de Andrii Yermak, hasta ahora jefe de la oficina del presidente, en medio de una investigación por corrupción. Los líderes europeos sienten que el momento es peligroso, que el riesgo de un corte abrupto con EE UU es enorme, que Ucrania se tambalea, y que, si cayera, la victoria del Kremlin imperialista generaría una situación profundamente inquietante para el continente. Tienen graves dudas de poder sostener a Kiev solos. Bélgica dio este viernes un golpe durísimo a la perspectiva de uso de los activos congelados rusos para prestar dinero a Ucrania.
Es por ese miedo que contemporizan. Es por eso que, si bien estaban decididos a luchar contra el plan abusivo de paz, el comunicado que emitieron tras reunirse de urgencia en el G-20 dio la “bienvenida” a un documento diplomático que era una granada que les había arrojado Trump; es por eso que tragaron con la imagen bochornosa y el contenido decepcionante del acuerdo comercial sellado en el campo de golf de Trump en Escocia; es por eso que renuncian a implementar a fondo las regulaciones en materia digital o de IA.
Da Empoli tiene toda la razón en su análisis sobre la necesidad de una sensación de urgencia para dar los pasos imprescindibles. Ocurrió con la pandemia y los eurobonos. La solución ideal sería conseguirla por la mera fuerza de la concienciación de la ciudadanía en vez de a través de una ruptura dramática con EE UU. ¿Seremos capaces?
Hay señales en ese sentido. Mandos militares y de inteligencia europeos hablan cada vez más claro y cada vez con mayor frecuencia en público. Así también muchos políticos. Francia y Alemania parecen intentarlo, y las iniciativas para activar distintas formas de servicio militar son elocuentes en ese sentido. Italia estudia algo parecido. España está en una longitud de onda diferente.
La realidad es, a estas alturas, meridianamente clara: EE UU ya no es ni un aliado ni un amigo. Es una amenaza y un adversario. Debemos apañarnos solos en un mundo brutal, de amenaza militar rusa, de hostilidad comercial y tecnológica estadounidense y china. Debemos actuar con contundencia y rapidez. Si no es con los activos rusos congelados, con eurobonos; si no es los Veintisiete juntos, con cooperaciones reforzadas; y así sucesivamente.
Quien crea que esto se solventa con algunas reformas limitadas e inversiones por décimas de PIB o bien no se está enterando de nada o bien antepone cálculos subjetivos al interés general de los europeos.