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Hombres que envejecen

Creer que el rock, o cierta estética ‘indie’ conserva algún halo de vanguardia es el aviso de que ya estamos llegando tarde

Una de las mayores conquistas del machismo es el tabú que existe sobre lo mal que envejecemos los hombres. Los varones nos exponemos al paso del tiempo de una forma ridícula, suspendidos entre la vulnerabilidad y la soberbia. Durante déca...

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Una de las mayores conquistas del machismo es el tabú que existe sobre lo mal que envejecemos los hombres. Los varones nos exponemos al paso del tiempo de una forma ridícula, suspendidos entre la vulnerabilidad y la soberbia. Durante décadas se ha escrito sobre cómo a las mujeres se las ha tiranizado con la exigencia de una juventud perpetua, mientras nuestras propias vergüenzas intentaban escamotearse detrás de una Triumph o de una novia 20 años más joven. El trampantojo, naturalmente, ya es insostenible.

El hombre que se niega a envejecer suele cortejar una rebeldía impostada. A todos nos ha pasado. Creer que el rock, o cierta estética indie que se lo digan al presidente— conserva algún halo de vanguardia es el aviso de que ya estamos llegando tarde. Hay un punto en el que la chupa o esos giros supuestamente desenfadados no son más que pequeñas luces de alarma que anuncian que hay algo que se agota. Son señales de un tiempo caducado que confirma que nuestro arrojo adolescente pertenece a una cosmovisión ya prescrita.

La complicidad pandillera, la mueca ladeada, estrechar la mano en la oficina como si siguieras en la plaza o cambiar la suela de cuero por deportivas aunque lleves traje suelen ser síntomas de una masculinidad abollada. Es ahora cuando queremos ajustar cuentas con las fragilidades del chaval que fuimos, sin darnos cuenta de que el plazo para la reparación expiró hace rato. A partir de cierto momento, uno haría mejor en asumir su condición de veterano, abrazar cierta sobriedad y dejar paso a los chavales que empujan la puerta con ganas. Pero nos educaron para imponernos. Y acabamos refugiados en el patetismo de quien, para intentar no envejecer, prefiere no madurar.

La pesadilla se completa porque a los hombres no nos permitieron ensayar el derrumbe. Tampoco aprendimos a nombrar el fracaso ni a compartir nuestras inseguridades. Las mujeres hablan de la menopausia, de sus flaquezas o de sus sombras; nosotros seguimos rindiendo culto al yo con gestos marciales, como si aún pudiéramos intimidar a alguien.

Estos síntomas son especialmente corrosivos en los oficios que hipertrofian el ego. El cantante, el actor, el periodista de fama o el profesor universitario son —o somos— criaturas propensas a salirnos de la curva. El canallismo empático, la travesura de impugnar en público las reglas o la erosión de nuestra propia dignidad son las últimas brazadas del que se está hundiendo. Sería más honesto decirlo claro: lo único que nos pasa es que tenemos miedo.

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