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Columna
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México, lecciones del poder unipersonal

2021 ha sido un año solar para López Obrador. Demostró que él define las órbitas de la agenda. Ni los fallecidos en el metro, ni los niños con cáncer, ni las familias de los desaparecidos lo harán salirse de su programa

Salvador Camarena
El presidente López Obrador y su esposa, durante el mensaje de año nuevo en Palacio Nacional.
El presidente López Obrador y su esposa, durante el mensaje de año nuevo en Palacio Nacional.Presidencia de México (Presidencia de México EFE)

El año se partió en dos varias semanas antes de que el calendario marcara la mitad del 2021. La noche del 3 de mayo la Línea 12 del metro capitalino crujió como nunca antes. A la altura de la estación Olivos dos vagones acabaron en medio de los escombros en un derrumbe sin precendentes. La tragedia se tragó el futuro de 26 personas, dejó a un centenar de heridos y mostró cuán dispuesto está Andrés Manuel López Obrador a defender, de todos y de todo, un libreto donde solo importa su Gobierno y que contempla un escenario único para 2024: que su movimiento retenga la presidencia de la República.

La historia sentenciará que en los supuestos nuevos tiempos mexicanos las tragedias son iguales: cobran víctimas abajo, pero por ellas nadie de arriba pierde el sueño, ya no digamos las aspiraciones presidenciales.

Al momento del percance, López Obrador encabezaba el embate contra opositores para ganar los comicios del 6 de junio. Cuando el derrumbe ocurrió, se esforzó por reducir los costos electorales del mismo, así como en cuidar a sus delfines y aliados. No fue fácil ni inmediato, pero tras semanas de minimizar los hechos y desdeñar a las víctimas impuso el guion donde ni los que construyeron ese metro, Marcelo Ebrard y Carlos Slim, ni la gobernante que debía vigilarlo, enfrentarían más cuestionamientos. Asumió la vocería única de ese tema para hacer lo que mejor sabe: sofocar aquello que no le conviene.

El éxito mediático de esa maniobra no estuvo exento de costos electorales. Cuánto de la derrota en alcaldías de la capital y en diputaciones en el Congreso federal se debe a las imágenes de la noche del 3 de mayo es imposible de determinarlo. López Obrador resintió esas derrotas, pero no obtuvo de ellas un mensaje de que debía cambiar de discurso o de método. Al contrario.

Mientras analistas y opositores creyeron que las curules son un ábaco rígido, en el que al presidente luego del 6 de junio no le daban los números para pasar reformas constitucionales, el mandatario asume que los votos en la legislatura son de quien los trabaja. Si el descarrilamiento de vagones del metro no le obligaron a cambiar, por qué iban hacerlo unos cuantos resultados adversos en las legislativas.

Así como sacó de la agenda el tema de la estación Olivos, lo mismo ocurrió con su no mayoría en la llamada cámara baja del Congreso. El derrotado anunció tres reformas constitucionales. Y semanas después, el que no tenía los votos, forzó en agosto un intento de aprobación legislativa de una reforma reglamentaria que pudo haber sacado sin fatigas en septiembre. Lo que pretendía, y logró, era definir que es su agenda, y ninguna otra, la que se impone. Pierda o gane. Que no será cabús. Que el timón no se comparte. Que manda en su partido, en los otros –porque los hace girar sobre sus temas— y en la opinión pública entera.

2021 ha sido un año solar para AMLO. Demostró que él define las órbitas de la agenda. Ni los fallecidos en el metro, ni los niños con cáncer y sin medicinas, ni las familias de los desaparecidos, ni los asesinados por los delincuentes, ni la pandemia, ni migrantes detenidos a patadas o masacrados en el cajón de un tráiler o calcinados por criminales, ni las leyes de transparencia o mitigación ambiental, ni la inflación cabalgante o el cambio climático. Nada ni nadie lo hará salirse de su programa.

No expandirá su poder. Porque tiene el que desea, el de nombrar las cosas. México 2021, tercer año del gran aturdimiento nacional. Las chachalacas han triunfado. El ruido de lo que se dice en Palacio ahoga cualquier disenso, toda idea, socava no pocas resistencias.

Y a pesar de su demostración de poder, el año que termina demandó del presidente cambios y muñequeos. Ha modificado su equipo para galvanizar la ejecución de sus deseos. En las siguientes líneas se exploran una docena de aspectos del tercer ciclo de Andrés Manuel, incluidos asuntos de actores que orbitan sobre el modo imperial del tabasqueño de ejercer la presidencia.

La ocupación de Bucareli

Fue un año de cambios en la gente en su entorno. Salieron Julio Scherer de la Consejería Jurídica, Olga Sánchez Cordero de Gobernación, Arturo Herrera de Hacienda e Irma Eréndira Sandoval de la Función Pública. Llegó Rogelio Ramírez de la O a hacerse de las finanzas pero, sobre todo, al Gabinete se integró en agosto Adán Augusto López Hernández, que ocupa, en todo los sentidos de la palabra, Bucareli.

La incorporación de Adán Augusto es una comprobación de que para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo. El exgobernador de Tabasco ha venido a meter la pierna por el presidente en todas las cosas que antes él resolvía prácticamente solo. Dique y mensajero. Representante y alter ego. Operador y cancerbero. Y –toda una innovación en este Gobierno— público interlocutor con opositores y agentes de poder. Ayuda a la imagen de una Administración diseñada de forma refractaria. Es un reducto de diálogo y un embrión de sucesor. Un nombramiento sin costos y que en un cuatrimestre ha dado más que Olga en dos años y medio. No es poca cosa.

Hora de las traiciones

Un presidente mexicano es ingrato. Como en otras materias, Andrés Manuel cumple con esa característica del presidencialismo nacional. Para con algunos –Scherer el más claro— ha tenido deferencias a la hora de la despedida, para con otros –Herrera el más evidente-- apenas protocolarias frases de agradecimiento. Y grosería con Irma Eréndira. Este mandatario tiene dos tiempos: promete, mas si es necesario olvida sus promesas. El proyecto es primero. El proyecto es él y solo él. Ergo él sabe que el proyecto no tiene deudas con nadie. Se apellide como se apellide ese alguien, haya estado ahí por décadas o años. Un presidente mexicano es ingrato. Este año así lo resintieron varios.

Ataques 2.0

Contra la UNAM, contra el CIDE, contra la prensa, investigadores y académicos, el INE, el INAI… el común denominador de los denuestos presidenciales es que quienes los resienten poseen capacidad para socavar la credibilidad de su proyecto. No es personal, es estrictamente un negocio para debilitar toda crítica, para encarecer el ejercicio de la independencia, el derecho de la autonomía. Si en este año se amplió el abanico de los atacados --hasta Carmen Aristegui padeció grosera inquina presidencial-- es porque resulta oportuno de cara a la segunda mitad: sirve para recordar a quien haga falta que no será un pato cojo, que tiene combustible para tres años o más, y que no depende de nadie.

Mesero, sírveme otro pato por favor

Pero es cierto que de vez en cuando un escándalo logra prenderle la mecha a este Ejecutivo, alérgico como el que más a reaccionar a los aullidos de la opinión pública. El caso Lozoya es de esos pocos episodios. Su testigo estelar en la trama que busca encarcelar a la mala a un excandidato presidencial –revancha pura de quien jura que no le mueve la venganza— está en la cárcel porque resultaron incompatibles las imágenes del exdirector de Pemex en un restaurante de postín con el discurso de combate a la impunidad. Emilio está en el bote no porque lo merezca –Rosario Robles tampoco lo merece en esta etapa procesal que ya dura casi dos años y medio— sino porque bodas y festines se le atragantan al presidente que de tan austero se fue a vivir a Palacio Nacional.

El apagón de la transparencia

La vida pública es menos pública que nunca. El decretazo con que AMLO cerró el año no será un golpe de Estado, pero sí es un golpe a las normas y a la promesa de campaña de apertura. En 2021 se ha vuelto acuerdo de Gobierno publicado en el diario oficial lo que ya era la costumbre de esta Administración y su partido: la opacidad y el desdén por el cumplimiento de los ordenamientos de transparencia. No es necesario exagerar el significado del acuerdo: de un plumazo suspende procedimientos y leyes, desdeñado instituciones y organismos. De un plumazo deja a la ciudadanía a oscuras en términos de rendición de cuentas.

FF AA: su mayor irresponsabilidad

Andrés Manuel renunció muy pronto a mejorar el imperfecto lego burocrático que heredó. Eso ya constituía una irresponsabilidad de su parte. Pero ordenar a las Fuerzas Armadas que ocupen tantos aspectos de la administración pública será, a la postre, su mayor irresponsabilidad. Muy pronto los mexicanos descubrirán que así como en el pasado reciente los uniformados demostraron ser incapaces para la acción policial y de seguridad pública, su misma formación de obediencia y cerrazón probará su incompatibilidad con la función pública, donde se trata no de acatar sino de servir a la ciudadanía, no de obedecer instrucciones sino de crear soluciones. La frustración será tal que incluso impedirá a las FF AA reconocer sus fallos, lo que —paradójicamente— dificultará quitarles tareas para las que soldados y marinos no están preparados. Y todo lo anterior sin mencionar el riesgo de que puestos “donde hay”, como decía el viejo Reyes Heroles, se corrompan. El saldo de estas decisiones de López Obrador apenas se cocina, pero será un amargo legado.

Los empresarios son del régimen

Tan clásico es nuestro presidente que cierra el año sin cumplirle la promesa al viejo de San Quintín que el tabasqueño siempre refiere. Nada de separar el poder político del económico. Como antes, y más que antes, los empresarios son del régimen. A saber quién de entre el empresariado o el mandatario está más satisfecho en este sexenio con tan clásica fórmula del priismo. Si antes les pasó la charola para la no rifa del avión, ahora come con ellos para celebrar un año de economía flaca pero vacas privadas gordas.

La favorita

De corcholata a nombre de refresco hay solo un paso. Falta mucho para el 2024 pero hoy todo México sabe a quién prefiere el mandatario. Claudia Sheinbaum, la favorita, tiene sin duda merecimientos para estar entre los presidenciables. Su campaña de vacunación anticovid, por ejemplo, es un éxito sin par en los estados. Aprovechó la ventaja de tener acceso al presidente y ordenar sus propios esquemas de inmunización, sin duda, pero eso no le quita mérito. Y tras el regaño por las derrotas el 6 de junio ha emprendido una metamorfosis. Back to basics, dijo ella: sí a todo lo que diga el presidente, traducción popular. Tanta antelación, los riesgos de una ciudad quebradiza en servicios y estructuras, y algunos de sus compañeros de partido la separan de la presidencia. Pero sobre todo que así como un día fuiste la favorita, al día siguiente si el tabasqueño quiere no lo serás más.

Monreal y Marcelo, ¿corriente democrática?

Qué harán los herejes de Morena si Palacio Nacional impone una encuesta no encuesta para una selección no selección de candidato presidencial. El líder del Senado ya dijo que no aceptará ese método. Si el canciller también se rebela la legitimidad del proceso podría sufrir un descalabro. Ebrard tiene la palabra. ¿Serán este par una fuerza que obligue a Morena a constituirse como partido antes que como voluntad lopezobradorista movilizada? ¿Nacerá un nuevo éxodo encabezado por estos expriístas? Así fuera porque este año se consolidaron como los candidatos internos a vencer, el brindis para despedir al 2021 habrá valido la pena. A saber qué harán con su autonomía en 2022.

Pero por lo visto a finales de año, antes de decidir si defeccionan o dan la batalla interna harán todo por destacar en “el baile de las corcholatas”, eso que además de la ambición es lo único que une a Monreal, Ebrard y Sheinbaum. Si Andrés Manuel ataca al INE, estos suspirantes no conocerán límite a la hora de tratar de reinterpretar, para mal, los designios del presidente. El titiritero ni siquiera tiene qué esforzarse para hacerlos danzar a su son.

La (ausente) oposición

Un PAN sin ambición, un PRI calculador, un MC prometedor pero aún lejos de pesar. ¿Cuántos años necesitará la oposición para encontrar el camino de la relevancia? ¿O será que a los actuales panistas y priístas eso no les interesa? El PRIAN es lo más funcional que pudo haber imaginado el presidente. Casi más que los propios soldados como constructores o administradores. Y la última prueba de ello es la forma en que el presidente ha terminado por desbaratar la resistencia de los gobernadores. El tabasqueño se toma en diciembre, y en su tierra Villahermosa, la foto con todos, incluidos el perseguido de Tamaulipas y el desdeñoso de Coahuila. Pasada la elección, nadie se le resiste, nadie se le opone.

Inseguridad: el rey, y sus fuerzas armadas, van desnudas

La marcha del sexenio no es triunfal, se sabe. Porque una cosa es el discurso y otra los hechos. Y una de las realidades que más lo evidencia es que los homicidios siguen donde mismo: por los cielos. Se le dio al presidente lo que pidió. Tiene su Guardia Nacional militarizada. Y la diferencia es prácticamente nula. El poderío de los criminales es inocultable en el día a día y en las jornadas de comicios. El comandante supremo madruga todas las mañanas para oír lo mismo: se matan en idénticos volúmenes, no hacemos diferencia. ¿A los cuántos meses de oír lo mismo por parte de tus subalternos dejas de entender que no puedes con el paquete? ¿Esa fecha ya pasó o aún faltan decenas de miles de asesinatos para que ocurra?

Su fiscal carnal

El Gobierno de gabinete más flaco tiene un problema aparte en la Fiscalía General de la República. Su titular Alejandro Gertz Manero se ha constituido no solo en un fiscal de sus propios asuntos sino en uno que no le ayuda al presidente a abatir la impunidad. ¿La cabeza de Ricardo Anaya y algunos otros panistas vale tanto como para empeñar la imagen del sexenio lopezobradorista como uno en el que tampoco funcionó la procuración de justicia?

La epidemia del desabasto

México ha pagado un altísimo costo en muertes de más por la covid-19. Y sin embargo, es hora de establecer que aún estando lejos el fin de la emergencia por el coronavirus, la tragedia de los mexicanos en términos de salud es incrementada por un Gobierno incapaz, e indolente: el desabasto de medicinas que se provocó desde el arranque de la Administración no tiene para cuándo culminar, con las funestas consecuencias que ello implica.

Un sexenio de nuevos ejes

El presidente tiene prisa para afianzar sus asuntos. Todo lo demás le interesa poco o de plano nada. Por eso descapitaliza al Gobierno como nunca nadie antes. La herencia de López Obrador la constituirán un manojo de obras y nuevas coordenadas de la política pública traducidas en programas sociales o en un discurso de combate a la corrupción. Pretende así entrar a la historia por haber escrito un nuevo capítulo del nacionalismo mexicano.

En la primavera próxima inaugurará la primera de sus cuatro obras emblemáticas. El aeropuerto de Santa Lucía le servirá para enfatizar que cumplirá lo que prometió: no solo una refinería, un tren, un canal interocéanico y una terminal aérea, sino imponer la noción de que se terminan obras porque ya no se roba, porque su Gobierno es honesto y además efectivo.

AMLO quiere que el futuro revise a su Administración bajo la premisa de que triunfó un modelo que cambió los ejes. En el de la X se impuso la lógica de que “abajo los de arriba, y arriba los de abajo”, en el de la Y se fijará que el pasado fue corrupto y dispendioso mientras que el hoy es austero y honesto. Para lo primero heredará la universalización de pensiones a adultos mayores; para lo segundo es que alienta algunos juicios del cuestionado fiscal Gertz Manero.

El decretazo de noviembre no tiene excusa, pero en la lógica de AMLO tiene explicación. Él lo ha dicho: es para apurar el paso de las obras, qué más da si en el camino reventamos —eso no lo ha dicho pero se entiende— la ecología, los derechos de comunidades y la obligación con leyes y normas.

A nivel de los símbolos, lo anterior es poderoso, nuevos programas sociales, nuevas obras, capacidad de ejecución, sí, pero en la realidad es muy poco como para activar el potencial económico de un país como México. López Obrador quiso hacerlo todo él solo. Y en efecto, la economía que sobrevive es a pesar de él, y con ello no alcanza para el progreso de todos. Por eso según el Coneval hay más millones de pobres y hay más millones de pobres sin servicios de salud. No solo por la pandemia, sino por un modelo de decidir donde nada más que una voluntad, la presidencial, cuenta: el jefe del Estado ni escucha ni se deja ayudar. “Primero los pobres” porque lo digo yo aunque lo que haga yo los perjudique.

Eso es el 2021 mexicano. País y tiempo donde el líder invirtió su energía en cumplir la mitad del periodo sin perder el poder o el control del mismo. Un año más en que se fracasó al procurar para los mexicanos la debida atención en salud, menor impunidad o más seguridad; donde no se generaron oportunidades o facilidades para emprender. Un año más donde el discurso del presidente marca la vida desde las siete de la mañana, como si México hubiera renunciado a la pluralidad y a la diversidad, como si la nostalgia por el país de un solo hombre fuera un anhelo de todas y todos, uno donde ni las voces de las víctimas, de la violencia o del Metro, lo mismo da, tuvieran cabida. Como antes.

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