Columna
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El candidato perenne

La consulta sobre la revocación de mandato mantendrá a López Obrador exultante porque le dará la justificación para hacer lo que más le gusta: candidatearse

El presidente Andrés Manuel López Obrador, en Veracruz el 26 de julio.
El presidente Andrés Manuel López Obrador, en Veracruz el 26 de julio.MEXICO'S PRESIDENCY / Reuters

Cuando veo a Andrés Manuel López Obrador convertido de tiempo completo en vocero de sí mismo me viene a la memoria la famosa frase de Groucho Marx: “Tardé tanto tiempo haciendo la reseña, que no tuve oportunidad de leer el libro”. Al escuchar las mañaneras o leer sobre las giras en las que pasa largos ratos vendiendo las bondades de su Gobierno y de su persona, en ocasiones me pregunto si la dedicación de tantas horas a la promoción no le estará quitando tiempo a la tarea de gobernar mejor.

Incluso los que simpatizamos con las banderas que enarbola Andrés Manuel López Obrador tendríamos que preguntarnos si ha sido un buen presidente. En lo personal lo prefiero a los anteriores, pero eso no es mucho decir y en todo caso estoy convencido de que podría haber sido mejor. Desde luego, una respuesta honesta requeriría, de entrada, definir los parámetros de lo que sería un buen presidente. De lo que no hay duda es que López Obrador ha sido un extraordinario candidato, lo ha sido toda su vida. Y quizá parte del problema es que no dejó de serlo a lo largo del sexenio. La consulta que habrá de venir sobre la revocación de mandato, en marzo próximo, lo mantendrá exultante porque le dará la justificación para hacer lo que más le gusta hacer: candidatearse.

Por lo demás, la consulta sobre revocación de mandato es una apuesta segura para el presidente. Primero, porque a lo largo de tres años ha mantenido niveles de aprobación en torno al 60% y eso no va a cambiar en los próximos ocho meses. Segundo, porque podemos dar por descontado que muchos ciudadanos, incluso sin estar de acuerdo con su Gobierno, mantienen un relativo respeto por la institución presidencial y preferirán que el lapso para el cual fue elegido concluya sin más contratiempos. No olvidemos que la consulta tendrá lugar a dos años y medio de distancia del final; muchos asumirán que no tiene sentido intentar un cambio a esas alturas. Y luego están los catastrofistas, aquellos que aseguran que la deposición de López Obrador supondría un peor escenario porque Morena estaría en control del poder y su reacción podría derivar en la elección de un personaje radical para completar el período. Algo que, insisto, está fuera de cualquier probabilidad, pero en la medida en que algunos se lo crean López Obrador tendrá más facilidad para arrasar en la consulta de marras.

La posibilidad de revocar el mandato presidencial a mitad del sexenio no es una idea del todo mala. Seis años son muchos si lo comparamos con otros países en los que el periodo de gobierno consiste en quinquenios o cuatrienios, aun cuando en la mayoría cabe la posibilidad de reelección para uno o varios periodos adicionales. En los sistemas políticos parlamentarios, incluso, la posibilidad de remover a un mandatario que ha perdido el apoyo popular está vigente desde el primer momento de su Gobierno.

Así pues, en principio, no está mal la posibilidad de ofrecer a los ciudadanos un mecanismo para echar del poder a un gobernante ostensiblemente deplorable, a juicio de las mayorías. Pero aterrizar la idea resulta más complicado. Originalmente se había considerado que la mitad del sexenio era el momento más propicio para organizar una consulta de esta naturaleza, pero el hecho de que coincida con las elecciones intermedias distorsionaría el sentido de esta evaluación al cruzarse simultáneamente con boletas para elegir gobernadores, alcaldes, diputados locales y federales. Ese es el motivo por el cual en esta ocasión se decidió postergarlo casi un año.

Ese problema lo seguiremos arrastrando sexenio tras sexenio. El calendario no ofrece alternativas cómodas: hacerlo apenas a dos años lo convertiría en un ejercicio inútil, toda vez que es aún muy poco tiempo para que la mayoría del electorado modifique drásticamente la decisión que asumió dos años antes al elegir al mandatario en funciones. Incluso si existen muchas personas desencantadas con la gestión gubernamental, es probable que prefieran extender algunos meses más el beneficio de la duda. Y, por otro lado, trasladar tal consulta al cuarto año de gobierno incurre en el riesgo, ya mencionado, de que muchos de los inconformes asuman que causa más daño o inestabilidad buscar una alternativa que dejar que termine el sexenio que corre.

En esta primera ocasión podemos dar por descontado que la consulta de revocación de mandato tendrá consecuencias jurídicas nulas para efectos prácticos. Pero en términos simbólicos el obradorismo lo convertirá en un hito político de la mayor trascendencia. López Obrador habrá de ganar con amplio margen y la victoria será convertida en una suerte de juicio histórico encomiable y definitivo sobre su Gobierno por parte del pueblo y al margen de lo que digan sus críticos.

Quizá el principal inconveniente de esta consulta, ahora y en el futuro, es que instaura en México prácticamente dos campañas presidenciales por sexenio; la primera entre varios contendientes, la segunda exclusivamente sobre el soberano. Algo que, desde luego, viene de perlas al presidente que en cierta manera nunca ha querido dejar de ser candidato.

@jorgezepedap

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