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En serio, ¿volverlos a votar?

Es probablemente cierto que antes del Gobierno actual hubiera más corrupción, pero nadie votó para que se robara “menos” ni para que hubiera una corrupción “diferente”

Félix Salgado levanta la mano de su hija Evelyn, candidata de Morena en Guerrero, en un mitin de campaña.
Félix Salgado levanta la mano de su hija Evelyn, candidata de Morena en Guerrero, en un mitin de campaña.José Luis de la Cruz / EFE

“Les entregaron un país en ruinas”, esta fue la primera idea —con variantes— sobre la que montaron la defensa del Gobierno sus partidarios más fieles, sus intelectuales orgánicos, sus aliados temporales, sus votantes inesperados y esa enorme franja de electores para los que tener esperanza era más importante que vivir en la eterna decepción.

Por supuesto, era y es una verdad incuestionable: el país que tras de sí dejaron los gobiernos priístas y panistas —cuando la historia revise las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI no habrá forma de diferenciar a los unos de los otros— era una ruina, un lugar desolado por la corrupción, la violencia, el abuso, el asesinato, la desaparición, las violaciones, las ofensas y la indiferencia. Yo mismo esgrimí aquella idea en diversas ocasiones.

“No se puede cambiar un país de la noche a la mañana”, esta fue la segunda idea —con variantes— sobre la que montaron la defensa del Gobierno sus partidarios más fieles —muchos de los cuales, nos iríamos enterando, habían pasado de partidarios a funcionarios o beneficiarios, lo cual no está prohibido, pero pone en entredicho su juicio—, sus intelectuales orgánicos, sus aliados temporales, algunos de sus votantes inesperados y muy pocos de aquellos que compusieron la franja de electores para los que tener esperanza era más importante que vivir en eterna decepción.

Se trata, otra vez, de una verdad difícil de cuestionar: el calado del daño que tiraba del país hacia el asolamiento —daño que, repitámoslo, fue impuesto por gobiernos del PRI y del PAN, a los que se sumaron, en el ámbito estatal, estos otros partidos que, increíblemente, siguen pidiendo nuestro voto: PRD, PT, MC y PVEM— era de tales dimensiones —atendamos, por ejemplo, al desmantelamiento de lo tangible, es decir, desde las infraestructuras más grandes hasta los sistemas de protección y cuidado más pequeños, y de lo intangible, es decir, desde la moral hasta las costumbres— que resultaba imposible dar resultados, si no inmediatos, en el corto plazo.

Yo mismo —antes de seguir, debo aclarar que en 2018 no solo voté por Morena, sino que llamé a hacerlo; bajo reserva, sobre promesa de ser crítico con su Gobierno, si es que, como sucedió, ganaban las elecciones, y en contra, esencialmente, de esa eterna decepción, de la desesperanza en que vivimos— esgrimí aquella idea varias veces y en diferentes circunstancias; aunque también, claro, su contraparte: la idea de que, aunque no se pueden cambiar las cosas de golpe, se pueden sentar las bases de un cambio, pero no solo cosmético. Es decir, las bases de un país diferente, no solo resanado por políticas que cubren las grietas de los muros —grietas intolerables, sí, pero grietas— pero no la cimbra.

“Antes estábamos peor, se robaba más y había más corrupción”, esta fue la tercera idea —con variantes— sobre la que montaron la defensa del Gobierno sus partidarios más fieles, sus intelectuales orgánicos —muchos de los cuales, nos iríamos enterando, tienen familiares que laboran en la Administración federal o en alguna de las empresas beneficiadas por el nuevo poder, lo cual no está prohibido, pero pone en entredicho sus juicios—, algunos de sus aliados temporales y muy pocos de sus votantes inesperados —quienes consideran, erróneamente, que al tener esperanza se equivocaron, cuando la equivocación, en todo caso, es de aquel que no llevó a cabo lo prometido: el elector no está obligado a ser vidente, pero el votado sí está obligado, según sus propias palabras, “a no fallar”—.

Se trata, una vez más, de una verdad, aunque tramposa: es cierto que antes estábamos peor, es cierto que antes se robaba incluso más y es cierto —o muy probablemente—, que antes había más corrupción —una corrupción “diferente”, también nos dicen, una corrupción mucho más grosera, dolorosa e inaceptable—. Es verdad, sin embargo, que nadie votó para estar “menos” peor, tampoco para que se robara “menos” ni —esto no tendría ni que escribirse— para que hubiera una corrupción “diferente”. Nadie votó, pues, para que la justicia (en todas sus acepciones) fuera parcial, partidaria o fraternal, nadie votó para que el poder eligiera señalar —en lugar de ver— o para que eligiera qué guardar —en lugar de procesar—.

Al final, aquella tercera idea —que me niego a defender, aún habiendo llamado a votar por Morena y reconociendo que las demás opciones de nuestro sistema estaban y están peor—, no responde a la verdad: sin darse cuenta —o peor, conscientes de ello—, el poder y sus aliados —desde empresarios hasta líderes sindicales, pasando por curas de iglesia o de papel—, en su obsesión, en su necedad de convertir su decepción en falsa verdad, en vez de combatir la corrupción, la volvieron camaleón —pensemos en las medicinas, las estancias infantiles, los fideicomisos—. De ahí que crean que estamos “menos” mal, aunque no bien; que estemos “diferente”, aunque no mejor.

“No ven que el beneficio está llegando a quienes no llegaba”, esta es la cuarta idea —con variantes— sobre la que han montado la defensa del Gobierno sus partidarios, varios de sus intelectuales orgánicos y muy pocos de sus aliados temporales, muchos de los cuales, al parecer, son incapaces de ver —imposible, a estas alturas, saber si su ceguera es voluntaria— quiénes son las mayores víctimas de la pandemia, de la crisis económica, de la deserción escolar, del repunte de la pobreza extrema, de la guerra por el territorio.

(Pareciera que, quienes en realidad no ven, son exactamente los mismos que acusan al resto de la población, con dedo flamígero y lengua apresurada, de no ver: aquellos que tampoco ven que durante 2019 y 2020 —según cifras de esa misma administración a la que tanto necesitan justificar— se alcanzaron los números más altos con respecto a desaparición forzada de personas y con respecto a inmigrantes detenidos —cazados, en realidad— en la frontera sur).

Y es que, aunque es verdad que se revolucionó el salario —por voluntad, pero también por el T-Mec—, aunque se reconozca Jóvenes Construyendo el Futuro —como estrategia de recomposición del tejido social— y aunque se aplauda la reforma contra el outsorcing, también es verdad —o, sobre todo— que los apoyos directos —centro de la política actual— reducen los derechos universales a dádiva.

Lo sé… hablan mis privilegios; esto dirán aquellos que sostienen la cuarta defensa de la Cuarta Transformación, emocionados y vehementes, pero incapaces de ver que ese sentimiento de culpa que no les permite ver que aquello que llaman privilegio debiera ser un derecho universal, es lo mismo que no les permite ver el mecanismo de lo de las dádivas.

No hay nada más neoliberal —al final, se toma una mentira y se le empieza a envolver, con la baba de la oruga; se le enrolla hasta convertirla en algo diferente, hasta hacerla parecer un algo más, hasta lograr, pues, que sea una verdad— que hacer pasar por privilegio un derecho universal.

¿Qué hacer, entonces, al interior de la casilla electoral? De un lado están los neoliberales de antes y, del otro, los neoliberales de ahora, que se precian de ser “diferentes” y a quienes tantas babas —la militar, por ejemplo— engalanan.

Esto me pregunto y me recuerdo una y otra vez, desde hace semanas. Y siempre, no sé por qué, termino pensando en La muerte tiene permiso.

En el final, de hecho, del cuento de Edmundo Valadés:

“—La asamblea otorga permiso a los de San Juan de las Manzanas para lo que solicitan.

Sacramento, que ha permanecido en pie, con calma, termina de hablar. No hay alegría ni dolor en lo que dice. Su expresión es sencilla, simple.

—Pos muchas gracias por el permiso, pero como nadie nos hacía caso, desde ayer el presidente municipal está difunto”.

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