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Estar sin estar
Columna

La Bombilla de Trump

De las bufonadas del estadounidense solo se filtra una amarga baba de falsedad ridícula, banalidad ignorante y vodevil inconcebible capaz de confundir no sólo la memoria de los hechos sino la palpitación del instante

Columna Jorge F. Hernández

El Dr. Rafael López Hinojosa estuvo circunstancialmente en la malograda comida de junio de 1928 en el restaurante La Bombilla cuando José de León Toral asesinó al general Álvaro Obregón, presidente reelecto de México. El doctor asistió casi colado, pues la comida fue organizada por paisanos guanajuatenses. El asesino venía venadeando a su víctima desde la avenida Jalisco (hoy Álvaro Obregón), y el general cayó fulminado con siete balazos, distraído por un dibujo de él mismo que el asesino le puso frente a los ojos, con el brazo sobre el hombro izquierdo, mientras descargó los tiros con la mano derecha y a quemarropa.

Cuando el abultado cuerpo ensangrentado se resbaló bajo la mesa, López Hinojosa corrió desde la punta de la herradura que hacían las mesas, lo tomó en sus brazos y lo vio boquear, mientras varios diputados de Guanajuato agarraban a Toral entre gritos de “¡No lo maten!” y se derretía el eco de las notas de la canción Limoncito, que el propio difunto había pedido a la orquesta del maestro Esparza Oteo como para abrir boca (nunca mejor dicho) al servirse el banquete. Toral era profesor de dibujo en el Colegio San Borja (rebautizado Simón Bolívar para no cambiar de siglas por la persecución religiosa desatada por el presidente Plutarco Elías Calles) y lo dibujó de perfil con medio manubrio de bigote, las gafitas a media nariz y una buena calca de su papada, así que lo último que vio en vida Obregón fue su propio perfil.

El Dr. Rafael López Hinojosa fue mi abuelo materno. cinco décadas después del magnicidio, aceptó que lo grabáramos unos compañeros y yo desde nuestras inquietudes en la preparatoria. Ya pintábamos para historiadores, cronistas, detectives o, simplemente, escritores en un proyecto alentado por un gran profesor de Historia que nos llevó a conocer el México en sepia y a por lo menos dos de los conspiradores católicos que le facilitaron el arma y los ánimos a José de León Toral.

Mi abuelo tenía intacto el olor a pólvora del mantel, la sangre rojísima que también manchó su propia ropa, el orificio de salida en la quijada colgada de una bala que había entrado por la base del cráneo de Obregón y la mirada clara de un bulto presidencial que en ese instante se volvía cadáver. Nos aseguró no haber visto balazos en el pecho, como se ha conjeturado a lo largo del tiempo, y que logró volver al centro de Ciudad de México por un milagroso anónimo que lo subió a su cochecito Ford 1925 sin reclamo ni preguntas.

Mi abuelo llegó a casa, abrazó a sus tres hijos varones de entonces y mi Oma quemó la ropa, luego de esconder unas fotografías del artista Casasola que dan testimonio de estos párrafos donde se ve al manco general Obregón rodeado de cuevanenses: mi abuelo de bastón y leontina, casi pareciendo político, sin dejar de ser no más que un médico homeópata y delicadísimo dentista que optó callar todo el terror; el miedo; la confusión y la sangre; los golpes y empujones hasta que su nieto y sus compañeros lo entrevistaron medio siglo después para saciar una curiosidad de Clío. Pero nunca dejó de pulsar la electricidad casi indescriptible que emana de las tragedias, el sigiloso miedo y la pinche sangre.

En los pasados días, el inmenso bufón Donald Trump parece haber orquestado otra pantomima peligrosa. Instantes antes de que se escuchasen los balazos, un juglar llamado mentalista enseñaba un papel con un críptico mensaje por encima del hombro de Trump. No era un dibujo de estiércol ni la figura ondulada de una mujer desnuda donde la firma sismográfica del propio Trump simula su sexo. Era un jueguito de adivinanzas contratado en vez de cualquier cómico de moda que era la tradición obligatoria de ese ágape cada año: la prensa acreditada ante la Casa Blanca favorecía por lo menos una noche de carcajadas donde se daba rienda suelta al rostizaje del presidente en sus propias narices. Trump ha cancelado también el humor.

La Bombilla de Trump está fundida en su hipotálamo senil y desvariante. Su demencia, dizque simulada, suma a diario un nefando peligro y una náusea generalizada. Su pañal tiene goteras y su peluca languidece en el viento. Presume calificaciones en un examen para retraso mental, confunde Iraq con Irán y, minutos después del orquestado atentado, ofrece una ridícula conferencia de prensa con sonrientes sicofantes y no pocos periodistas vestidos de gala, donde nadie habla del olor a pólvora, de la ubicación exacta del frustrado atacante, no hubo empujones ni corredera donde todos los asistentes menos uno se echaron pecho a tierra, escudándose con los manteles impolutos de las mesas como el inefable director del FBI en su estrábico extravío. No muestran la sangre ni la real trayectoria de la bala que hirió a un desconocido agente del servicio secreto ni las bolsas de cátsup con las que se podría aliñar el maquillaje de Melania o la otra mejilla de Trump.

98 años después del asesinato de Álvaro Obregón se siguen sin saber con precisión todas las aristas y guiños de esos relámpagos casi de agosto que le cegaron la vida. Decía mi maestro Álvaro Matute que Madero murió en abono del Sufragio Efectivo, pero que la No Reelección se la debíamos a José de León Toral y de aquella efervescencia siguen vigentes no pocas promesas pendientes para el pueblo, no pocas grillas y corruptelas y tantísimas balas ensangrentadas… pero de las bufonadas de Trump sólo se filtra una amarga baba de falsedad ridícula, banalidad ignorante y vodevil inconcebible capaz de confundir no sólo la memoria de los hechos sino la palpitación del instante mismo como inteligencia artificial u ocurrencia palpable donde lo visto es invisible, lo vivido es simulado y hasta un bombardeo se esfuma pronto en amnesia, a contrapelo de quienes han sido testigos de pólvora indeleble, la cara de la muerte o la sangre rojísima. Hablo de quien siguió su vida homeopática lo más alejado posible de los periódicos, con la quijada apretada en silencio por un recuerdo innegable…porque así sucede cuando las cosas pasan en realidad.

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